Mein Engel über den Himmel ~ V. “El fin del mundo”.

LIII. Anamnesis – Primera Parte: “Sobre la inocencia y el asombro”.

   Un gato observaba en silencio mientras la mujer dejaba caer lentamente sus largos y dorados cabellos al suelo después de cepillarse constantemente frente al espejo, de vez en cuando quedaban flotando en el aire hasta que algo detuviera su trayecto. La luz atravesaba gentilmente las cortinas y construía haces de luz casi sólidos que adornaban la obscuridad adyacente de la habitación, una luz cálida y llena de esperanza, una felicidad interna que contagiaba de paz a cualquiera que tuviera la fortuna de despertar en esa condición. No era sino un gran placer recibir la vida de tal forma, tan solemne y esperanzada como una epopeya que duraba apenas unos minutos. El gato se arqueó elegantemente mientras se desperezaba, la vida le gustaba en esa casa y se sentía realmente atraído por el aroma de las personas que la habitaban. Era algo que nunca en otro lugar había sentido, ese placer inusual de convivir con humanos no era natural de su clan, pero a él no le importaba lo que los otros pensaran, estaba conforme incluso con el nombre absurdo que le había puesto la hija de la mujer. La nuña era una persona diminuta con cabellos rojizos y ojos felinos que nunca dejaba pasar una mañana sin que visitara a su madre frente al espejo, y hoy no era la excepción, pues había llegado, y el gato se levantó para saludar a esa extraña criatura que parecía siempre saber lo que estaba pensando. La niña siempre se presentaba tan jovial y llena de energía, atesorando cada momento que pasaba con su madre en calidad familiar íntima que no les importaba que el gato estuviera ahí; siempre alegres, siempre cumpliendo una rutina invariablemente adorable que el gato nunca se cansaba de mirar. La niña era diferente a todas las personas que vivían y habían vivido en esa casa, y no era el único que lo sabía, los demás gatos lo sabían así como el resto de las sombras que habitaban ahí, incluso los adimensionales estaban conscientes de lo que ocurría. El interés de todos ellos convergía en la niña, siempre en ella y estaban dispuestos a hacer lo que fuera por ayudarla, aunque no se los pidiera. Pero ese día había algo diferente, la calidad de luz, aunque era bella, se percibía distinta, como si la densidad de los fotones hubiera cambiado y eso siempre profetizaba malas noticias, así que mientras estuvo en la habitación, el gato no le quitó la vista a la niña.

   La niña había bajado corriendo por la escalera mientras esquivaba a la servidumbre que subía cuidadosamente, continuó corriendo hasta la cocina donde se recibía un hermoso aroma a pan recién hecho, dentro, los cocineros se movían al ritmo matutino, la niña robó un par de galletas que guardaría para después y salió caminando hacia el jardín trasero donde encontró a su padre sentado bajo la sombra de un árbol leyendo el diario mientras dejaba una taza de café sobre una mesita que descansaba a un lado de su banca, la otra silla era de su madre, pero normalmente la utilizaba en diferentes momentos del día, pocas veces coincidiendo con su esposo. Ese día el hombre había utilizado un terrón más de azúcar en su café, lo cual era inusual incluso para él. En el ambiente flotaba un molesto olor a anís que evitó que la niña saliera al jardín trasero así que decidió cambiar de rutina saliendo al frente. Triste por no haberse sentido cómoda para salir a saludar a su padre tomó un juego personal de no pisar las líneas del patio frontal, saltando mientras se le pasaba el asco. Odiaba el anís, y sobre todo el olor. Era algo que casi nadie sabía pero que era demasiado notorio como para ponerle atención. Por un momento sintió la mirada de alguien y volteó a su derecha mientras caminaba cabizbaja por haberse mareado, y al levantar la mirada notó que del otro lado de la reja había un chico de cabello opaco y ojos azules que estaba de pie frente a ella. Su padre siempre le había dicho que no se dejara ver por nadie fuera de la casa así que corrió a esconderse tras uno de los árboles y esperó unos minutos, en eso su mareo volvió y cerró los ojos. Pensó que si respiraba hondo se le pasaría, pero consiguió percibir un olor a lavanda que la tranquilizó por unos momentos y cuando abrió los ojos ya estaba más estable. El muchacho se había ido y en su lugar estaba algo que antes no estaba, una piedra blanca en forma de gota, era obvio que el chico la había dejado ahí por alguna razón. La niña tardó mucho tiempo en acercarse a la reja y cuidadosamente sacó la mano para recoger el extraño regalo y cuando la tuvo en sus manos pensó en el mundo exterior. Su primer contacto con alguien de fuera había sido aterrador, pero había culminado con un obsequio. Su mente se sintió tranquila y sacó una de las galletas para dejarla a cambio de la piedra, pero en eso escuchó su nombre a lo lejos. Su padre la miraba desde el arco de la puerta, entonces volvió, olvidando dejar su regalo para el extraño. No comentaría nada de lo que sucedió, pero sentía que algo había cambiado y no sabía cómo sentirse al respecto. Pasaría las siguientes horas pensando en lo ocurrido.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en octubre 12, 2015.

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