Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

L. Parábola

   Un rastro rojizo circundaba el viejo cementerio, dibujando una línea casi fantasmagórica a lo largo de las calles aledañas, como si fuera una fosa que separara un castillo de los invasores, no solo por la repugnante peste a sangre coagulada sino por el mismo terror que tal escena representaba. El silencio se había apropiado del pueblo, como si un velo de letargo mortal hubiera caído sobre la apática forma de vivir de todas las personas, una forma casi instintiva e indiferente como la pacífica vida de un otero. Ya no había actividad rutinaria, los habitantes solo salían cuando era de verdad necesario, y aún así lo dudaban. Por las noches sucedían cosas inexplicables y se agitaba mucho la actividad en los callejones, culminando invariablemente con un cuerpo cubierto por una sábana blanca por las mañanas. Pero el cuerpo de hoy era diferente, era un viejo dormido, como esperando ser tocado por los rayos del sol, Marcovick lo miraba de frente mientras pensaba un universo diferente cada segundo. “Murió tranquilo, solo se quedó dormido ¡Qué afortunado!” Se decía mientras sostenía el brazo de la viuda de Stern.

   -¿Qué voy a hacer, Nick? Cuando yo muera y llegue al cielo, y tenga que enfrentarme a mis pecados ¿Cómo le diré a Dios Padre que no pude darle santa sepultura a mi esposo?  ¿Con qué cara voy a verlo a él cuando esté ahí?

   -Evan murió en paz. Te aseguro que cuando se vuelvan a ver nada de esto importará y te recibirá con los brazos abiertos, exactamente como el día en que se casaron.- Janelle comenzó a sollozar en el hombro de Marcovick justo en el momento en que se prendía fuego al cuerpo de Stern. Y lo vieron consumirse hasta que el humo se volvía transparente. El Capitán era reconocido y querido por todo el pueblo, y aunque casi nadie acudió a su despedida, todos lamentaban su partida como si su escudo, su fortaleza se hubiera desprendido y caído al polvo. Jamás habían sentido tanto miedo. Y aunque Marcovick reforzaba sus unidades y había constantes batallas contra los Seis, también se sentía devastado, no solo se había ido un aliado, sino un viejo amigo, y eso es lo que más le dolía. Stern había estado ahí desde antes que Marcovick fuera elegido Superintendente, había visto sufrir al pueblo y le había dado fuerza y confianza para seguir adelante, convirtiéndose en el pilar más grande de la comunidad. Ahora todo estaba disperso, quebrado, caído. El humo se extinguía así como la presencia de las personas. El sol también desaparecía y nadie quería permanecer en el bosque entrada la noche, Marcovick acompañó a Janelle hasta su casa y dejó un par de agentes a su cuidado. Entonces regresó al cuartel donde se encontró con Abigail sentada en el escritorio del Capitán.

-Pudiste haber ido al funeral, tenías el permiso.

-No fue necesario ir. Además, ya he visto mucha gente ser cremada, y no siempre estaban muertos necesariamente.

-Lo lamento, no quise ser imprudente.

-No hay problema.

-¿Cuál es tu plan ahora? ¿Qué te gustaría hacer?.

-No lo sé. Pensaba ir a la casa Engelberg, pero no es buena idea, ya hay dos herederos ahí. Probablemente deba acuartelarme con los VanFleet. Pero no creo que me acepten tan fácilmente. ¿Qué me sugiere?

-No lo sé, en estos momentos no pienso con claridad. Sí sería buena idea contactar a Lucius, pero temo que es muy pronto. Necesito diseñar una estrategia. No podemos actuar irresponsablemente…– Marcovick fue interrumpido por una llamada de radio, era Shiratsu.

-“Jefe, Será mejor que venga ahora mismo.”

-Shiratsu ¿Qué sucede?

-“Apareció un viejo loco de pronto, burló toda nuestra seguridad y dice que va a entrar a la casa o algo así, lo detuvimos frente a la reja. Pero esto se pone incómodo.”

-Reténganlo lo más que puedan, voy para allá.- Marcovick se levantó, tomó su saco, revisó su arma y se echó unos cartuchos al bolsillo. Después de dar indicaciones a los agentes afuera regresó a la habitación.

-Probablemente no sea nada, pero si es lo que creo que es no tenemos mucho tiempo. Ve a la granja VanFleet y convéncelos de todo. Usa cualquier método para lograrlo, y partan rumbo a la casa Engelberg en cuanto puedan. […] Yo, Nickolaus Marcovick, con la autoridad que me corresponde como Superintendente y en representación de la Asamblea Saint para el Estudio y Regulación de lo Paranormal, libero los niveles de restricción absoluta, y autorizo la libertad de Abigail Rosenthal bajo palabra de servir a la Asamblea cuando esta se lo requiera. Que la gracia de los Ancestros esté contigo, Abigail, eres libre.

-¡Wuuuu! ¡Muchas gracias! ¡Esto se pone cada vez más emocionante!

-Deja de jugar y apresúrate.

-¡Sí señor!

*

   Frente a la mansión Engelberg, los Hammers interrogaban al extraño, lo tenían rodeado frente a la reja principal mientras esperaban la llegada de Marcovick. El hombre fumaba inmutablemente tranquilo mientras ignoraba las preguntas de Inka, quien había optado por apuntarle con su arma.

-Los modales de este pueblo han decaído bastante desde que me fui. Es una lástima volver a tu hogar y que todos te reciban con un arma. ¡Por Dios! ¿Dónde quedó la hospitalidad? ¡Qué horror!

-Hablas demasiado para no responder nada. Por última vez ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

-El peón no tiene por qué saber la razón de sus gobernantes.

-¿Disculpa? A tí no te debo nada. Será mejor que aclares esto o te vas a ganar un pase directo al otro mundo.

-Ya he estado ahí, es un lugar encantador.- Inka amartilló apuntando directo a la frente del hombre a quemaropa, sin percatarse de que este había puesto el cañón en el bajo abdómen de ella, abriendo fuego y lanzándola un par de metros hacia atrás, Shiratsu deslizó su Katana al cuello del agresor, Arabella también le apuntó mientras que Rika intentaba subyugarlo sin éxito. Arrogante, el viejo afirmaba que había sido en defensa propia, abriendo una discusión entre todos cada vez más fuerte que llegó al punto de sentirse innecesaria. La riña fue interrumpida por un impulso de energía proveniente de la casa, provocando un malestar general en todos. “Volvió a activar su modalidad defensiva.” Pensó Shiratsu mientras se agachaba nauseabundo.

-¿Qué rayos sucede?- Gritó Arabella mientras caía de rodillas con una mano en la boca.

-Es la casa, percibió peligro y nos ha atacado.

-No fue la casa muchacho, mira bien…- El viejo, aunque encorvado y débil miraba firmemente hacia adentro, dibujando una sonrisa sádica en su apergaminao rostro.- (Entonces es verdad, la hija pródiga sigue con vida, Eric, eres un cerdo traidor…)-

   Sobre el camino recto de piedra blanca, Nadia caminaba lentamente hacia la reja, dejando ver claramente su molestia. Al llegar se detuvo en seco mirando confundida la escena. Shiratsu mostró una reverencia que fue seguida por Arabella y Rika; el viejo comenzó a reirse ridiculizando la actitud de los Hammers.

-“No adorarás falsos íconos” Solía decirme mi padre. Estos tiempos se han desequilibrado. No queda ni la sombra de aquella penumbra que esta casa solía ser.- Nadia miró a los Hammers y después se dirigió al hombre. –Su presencia no es bienvenida, identifíquese, entonces se marchará de aquí.-

-¿Por qué habría de ser echado de mi propia casa? ¿Acaso tu madre no te enseñó buenos modales niña? Espera, creo que no tuvo mucho tiempo para eso…- En eso el automóvil de Marcovick se escuchó en la distancia, anunciando su llegada. La distracción sirvió para que los Hammers retomaran su posición de defensa mientras Nadia abría los brazos hacia el cielo.

    Mientras Marcovick caminaba rumbo a la casa advirtió una escena incomprensible, alguien estaba en el suelo, tres intentaban sujetar a alguien y Nadia Engelberg desplegaba un campo de protección. No eran buenas noticias, y mientras avanzaba fue creyendo más en su corazonada, hasta percatarse que estaba en lo cierto.

-¡Inquisidor Marcovick! ¡Qué gusto volverlo a ver… con vida!

-Interesante que aún lo recuerdes, pero ya no respondo a ese título. Aunque debo decir que me sería muy útil ahora mismo, verás, también estoy sorprendido de verte aquí, Basil Engelberg…

   El ambiente se atenuó de forma inesperada, volviendo a la normalidad la densa blasfemia que había sustituído al aire. Nadia bajó los brazos mientras una expresión de sorpresa invadía su pálido rostro, como si jamás hubiera experimentado semejante emoción, sus ojos bicolor resaltaban en la oscuridad de la noche como si fueran dos faros partiendo la marea nocturna del báltico. Estaba aterrada, un miembro varón de su familia había aparecido de pronto, y no era cualquier persona, sino el mismo hermano de su padre. Esto cambiaba las cosas radicalmente, y por primera vez, Nadia no sabía qué hacer o qué pensar, lo único que tenía por seguro es que debía tener miedo. Los Hammers se quedaron silenciosos tan solo escucharon el nombre del viejo viejo arrogante con el que acababan de pelear. Nadie dijo nada, nadie sabía qué decir. Solo en el fondo se escuchó un gemido muy débil y un arrastre en el polvo. Al voltear todos, se toparon con el cuerpo de Inka Heinemann levantándose del suelo torpemente.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en mayo 20, 2015.

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