Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

XLIX. Un lugar por otro.

   Stern descansaba sus pesadas piernas en el pequeño taburete que había comprado hace dos bazares de verano; la carpeta era roja con filos dorados, madera oscura y labrada con motivos florales tan alegres que evocaban la campiña francesa en los buenos días, aunque el relleno dejaba muchos dolores que padecer después de un rato. Junto al sillón, dormía una cómoda tan vieja como el mismo Evan, la recordaba desde pequeño, siempre tenía presente que es donde escondía su padre los cartuchos de su rifle, y que ahora, el mismo estuche de cartón albergaba as balas del revólver que traía siempre Evan en su cinturón. Hoy, como hace una semana, no había salido de su casa, se sentía enfermo y con su orgullo mancillado, su esposa había salido desde temprano probablemente para abastecerse de víveres, así que se había quedado solo desde entonces, mirando por la ventana el andar lento y despreocupado de las nubes. No evitaba mucho pensar en sus problemas, siempre salían a flote, solo trataba de entender su propio lugar en el pueblo, su deber y sus anhelos. ¿Qué es lo que quería exactamente? ¿Cómo combatir sus propias angustias? Tanto cansancio le abrumaba, tantos problemas, cosas inexplicables y que se rehusaba a comprender, nada tenía sentido ¿Cómo puede un hombre de 96 kilos salir volando a través de una habitación como una almohada? Es como si todo lo que ha vivido, no significara nada, se sentía pequeño y viejo, tan disuelto en su propia rutina que ya ni sentía vivir, y se lo recordaba muy a menudo. Estaba cansado y harto de tanta locura.

   -“La locura es una bendición para los cuerdos“- Masculló mientras miraba su reflejo en la ventana, y el de alguien más a sus espaldas. Giró su costado con problemas y se encontró con la figura inmóvil de Abigail Rosenthal, o algo que lucía como ella.

   –Muy buenas tardes, capitán. ¿Cómo se encuentra hoy?

   -No deberías estar aquí niña. El superintendente me va a patear tan fuerte que no podré sentarme en un mes ¿Sabes lo complicado que sería eso? 

   -¿Se siente cansado? ¿Puedo hacer algo por usted?

   -Solo si pudieras retroceder el tiempo, antes de que comenzara todo esto. ¿Puedes hacer esa magia?

   -Me temo que no, mi señor.

   -Es una lástima. De verdad me habría encantado largarme de aquí hace tiempo. aunque tal vez no hubiera encontrado jamás este taburete ¿No crees? 

   -Tal vez hubiera encontrado uno peor. Uno nunca sabe.

   -Siempre fuiste demasiado optimista, Janelle…

   -Señor, Janelle es su esposa ¿Quiere verla? Puedo hacer que venga.

   -No estaría mal, siempre quise volverla a ver como cuando teníamos todo el tiempo para amarnos, en ese verano del ’26. Tan cálido y agradable…

   El viejo se quitó los zapatos y se levantó de la silla. Dejó caer el saco y se desabrochó los primeros botones de su camisa. Sentía la luz del sol golpear su cuerpo mientras caminaba de frente a Janelle, el viento daba brochazos en el pasto asemejando olas color esmeralda que bailaban a su alrededor. Se abrazaron tan fuerte que la noción del tiempo se había distorsionado, y la luz estaba congelada. Con su amada entre los brazos sonrió tan pacíficamente que olvidó todos sus problemas de pronto y comprendió su verdadera misión, y ya estaba cumplida. Nada más importaba, se sentía pleno. La efigie de Abigail miraba de frente al cuerpo de Evan Stern, dormido para siempre, con el periódico sobre sus piernas y una taza de café frío en la mesita de al lado. Todo se había vuelto muy silencioso, y no hubo ningún ruido hasta que se escucharon pasos en las escaleras del recibidor. Janelle jamás olvidaría la imagen de su esposo muerto, con tal expresión de paz en el rostro, como si simplemente se hubiera quedado dormido oyendo la radio. Pero esta vez ya no habría que volverlo a apagar para no despertarlo.

*

   Esa noche, Marcovick caminaba por el parque central tratando de encontrar un momento para despejar su mente, andaba cabizbajo y con las manos a la espalda. Dio vueltas minutos hasta que al levantar la mirada para ver la hora en el campanario de la iglesia notó algo extraño. Hasta arriba, sobre el arco de la campana se divisaba algo de pie, entrecerrando los ojos y esforzando la mirada observó que se trataba de una figura humana, de pie mirando rumbo al norte. A había sido reportado unos días antes por unos estudiantes, y otros ciudadanos que habían visto algo similar unas cuadras más abajo, sobre la biblioteca. De pronto, el cielo destelló en pequeñas centellas formando serpientes en el cielo que duró unos segundos, se escucharon gritos a lo lejos, precisamente rumbo al norte. Marcovick corrió en esa dirección hasta encontrarse con la vieja iglesia abandonada, la hasta entonces, guarida de Los Seis. Gente corría en sentido contrario y advirtieron al hombre que no se acercara. “¡Los muertos, Superintendente, los muertos se están levantando!“. Inusualmente incrédulo se acercó para comprobarlo, solo para encontrarse un paisaje casi onírico, una pesadilla nauseabunda que hizo enfriar su sudor. Las tumbas del camposanto estaban abiertas, explotadas desde adentro mientras en el cielo apuntaba una luz roja que señalaba el centro del cementerio, revelando una presencia enorme entre el humo, sostenía un hacha gigantezca y teñida de rojo, con una sonrisa demencial y una capucha negra como el odio mismo, de pie sobre una pila de esqueletos y cuerpos putrefactos se erguía el portador de la locura, Carnifex, el quinto, había llegado al pueblo y ya había cobrado tres víctimas. Marcovick temblaba de pánico al ver el ejecutor más sanguinario que jamás había existido. Sabía que todo llegaba a su fin, y mientras corría rumbo al cuartel se comunicaba por radio con los Hammers.

El Quinto ha llegado. La guerra comenzó“.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en abril 13, 2015.

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