Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

XLVIII. La canción de la ausencia (ó cómo desaparecer durante el sueño).

   Frau Peimbert no había salido de su habitación en dos días, si bien, las calles se habían vuelto demasiado inseguras, en realidad no tenía necesidad de salir; todos sabían que otrora fue una diva del canto y que era una persona demasiado orgullosa, aunque amable y muy educada. Sin embargo el teatro del pueblo fue declarado en bancarrota así que ya no tenía sentido para ella salir a menos que fuera necesario, y aunque de vez en cuando se le escuchaba cantar o “ensayar” como diría ella, cada vez era más esporádico que los vecinos la oyeran. Hasta hace dos días que dejó al silencio apropiarse de su casa, no pasó mucho tiempo para que comenzaran los rumores. No tenía más familia en el pueblo, se conocía su ascendencia francesa y en realidad nadie sabía por qué fue a parar a ese lugar tan olvidado. Y el hecho de que no diera más señales alertó a todos, pero nadie hizo nada hasta hoy que se reportó ante las autoridades. Pero Stern seguía enfermo así que el reporte se transmitió al Superintendente Marcovick en persona, dadas las últimas desapariciones y asesinatos en el pueblo decidió tomar cartas en el asunto y envió un par de agentes a investigar. El departamento parecía estar en forma, sin señales de violencia, tampoco de Frau Peimbert, simplemente no estaba. Nadie la vio u oyó salir, vivía en el ultimo piso del edificio y todos escuchaban fácilmente su poderosa voz así como el movimiento en su piso y las escaleras viejas. Comenzaron las investigaciones, las cuales llevarían el resto de la tarde sin resultado alguno.

*

(Lo que en realidad sucedió, dos noches atrás)

   Frau Peimbert, se asombraba con el extraño espectáculo de luces encima de la Colina de los Vientos, los haces se movían, se doblaban y bailaban sobre sí mismos. Ya varias veces había observado el extraño fenómeno y en todas lo había visto acompañado de alguna tragedia al día siguiente, el último sucedió antes de la masacre en las universidad, y estaba segura que esas luces tenían algo que ver. Todo esa noche era extraño, no había eco en las noche y se sentía esa horrible sensación de tener tapados los oídos. Abrió las ventana para buscar un respiro, pero el aire era extrañamente tibio y seco, tan áspero que raspaba su delicada garganta; tomó la decisión de salir a pesar de todo y satisfacer su juicio así como su inusual curiosidad. Su pequeña estatura siempre la hacía utilizar botines y zapato alto, sus pasos eran cortos y firmes, caminando siempre con un contoneo característico de una diva, sin embargo, la atmósfera evitaba las correcta propagación del ruido, “Es como caminar sobre arena fina” pensaba mientras bajaba los escalones que solían ser ruidosos y endebles. Todo le parecía más un sueño, a tal grado que llegó a convencerse de que lo era, sobre todo al ver pasar esos extraños conejos púrpura corriendo con una figura geométrica detrás, dejando de rastro patrones vegetales de color ocre con café y espirales rojos de sombra. El cielo se disolvía en perspectivas circulares infinitas con prismas dorados girando sobre sí mismos. Frau Peimbert no comprendía lo que estaba pasando, a su alrededor se levantaban figuras oscuras, casi humanas y muy altas, uno de ellos se acercó lentamente a ella, portaba una llave cobriza en sus manos y se la ofreció: “La corte del solitario propaga el fuego del deseo sobre el manto de su noche, no existe descanso eterno, no hay luz en los portales ni detrás de los cedros.”  Ella tomó la llave en sus manos y continuó avanzando hasta llegar a un puente con arcos, en el río corrían caballos y el viento cargaba contra ella hasta disolverla en pequeñas partículas naranjas que se fueron volando hasta perderse sobre los bosques rojos del norte, justo encima de un castillo aparentemente construido con luz sólida.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en abril 7, 2015.

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