Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

XLV. Reforestando un bosque con un retrato.

   Las calles eran tan frías como las mañanas de Enero, la desolación y el lamento habían pintado todas las casas de un color indescriptible, un gris quemado desgarrador que se encendía mientras la mirada de Lucius se posaba sobre las puertas, escritas con símbolos extraños en color bermejo, otras con madera cubriendo las ventanas, casi todo estaba cerrado y el viento maldecía los corredores de los que se había apropiado el invierno. Mientras caminaba rumbo al cuartel, intentaba recordar si Darla estaba segura, si había cerrado correctamente la puerta, si estaba haciendo lo correcto; entonces sintió un escalofrío que le helaba el espinazo, precisamente al percatarse que había pisado una mancha roja que parecía formar una silueta casi humana. Cuando finalmente llegó a su destino, agradeció al cielo que estuviera abierto, y sin dudarlo subió los escalones hasta postrarse frente al portón, dio una bocanada de aire provocando que una nube blancuzca de vapor le formara algo parecido a una mascara informe frente a su rostro. Golpeó la puerta un par de veces mientras la empujaba, anunciando su entrada, los oficiales, lejos de estar relajados estaban totalmente en silencio, también había agentes de la Asamblea presentes, con armas grandes y estorbosas, probablemente de origen ruso. Preguntó por el Capitán Stern pero nadie se atrevió a contestar, solo se escuchó el chillido de una puerta por la que apareció Abigail con un maletín lleno de papeles en sus manos, sonriendo amablemente como normalmente se le viera, de hecho, era la primera sonrisa que Lucius veía en días, y tenía que ser precisamente de ella. Eso le molestó.

El capitán, no está. No ha venido desde ayer en la mañana. Hablé a su casa, parece ser que ha enfermado y está en reposo total. El Superintendente Marcovick está fuera… ¿Necesitaba algo? Señor VanFleet.- Lucius ya se había hecho a la idea de que Abigail no representaba ninguna amenaza seria y en efecto se obligó a perdonarla hacía ya mucho tiempo atrás. Sin embargo la noticia le llegó inesperada.

Necesito hacerle unas preguntas. Pero creo que no va a ser posible. Aunque esta es una oportunidad muy afortunada. ¿Puedo conversar con usted a solas, señorita Rosenthal?

   Después de pasar a la oficina de Stern, Lucius se sentó en el sillón grande que descansaba frente a la ventana, Abigail se recargó en el escritorio de frente a él, dejó el maletín sobre el escritorio, se acomodó la falda mientras él entrelazaba sus manos y se apoyaba en sus rodillas los codos.

-¿Qué quería hablar conmigo, señor VanFleet?

-He estado platicando con Jon Meier acerca del pueblo. En particular sobre los fundadores, que aparentemente cargaban con una especie de maldición que los ha ido exterminando uno a uno. No sé que tan cierto sea esto, sin embargo es un hecho que tanto mis padres como los de Nadia Engelberg murieron en situaciones extrañas. El señor Meier tiene un retrato en su casa que fue hecho durante una reunión de los descendientes de los fundadores, no recuerdo a mis padres hablar sobre eso, lo único que sabemos es que portamos su apellido, nada más. Son dieciocho personas en total retratadas; solo el tío de Nadia acudió en representación de los Engelberg, están mis padres, mi tío y mis abuelos, la madre de Christine y su abuela; eso suman ocho personas, también están Evan Stern y su esposa, Nickolaus Marcovick y por supuesto Jon Meier, sumando a 12. También está el entonces capitán de la policía y el señor Hoffmann, que tengo entendido había sido el Superintendente anterior. 14. Sin embargo hay cuatro personas más. El Maestro me dijo que esos cuatro eran la otra familia fundadora con la que se perdió contacto, sin embargo sus registros aún permanecen intactos, ellos son Judith y su hermano Daniel, con sus padres, Deborah y Herschel Rosenthal. Judith es tu madre ¿No es así?

-…es muy perspicaz, señor VanFleet. En efecto, mi madre es Judith, mi padre fue un oficial Nazi apellidado Eilenburg, jamás supe su nombre, solo sé que además de ser una hija bastarda, mi madre decidió dejarme su propio apellido, criándome como su sobrina para evitar problemas. Para entonces, mi tío Daniel había sido asesinado por la Gestapo en Viena así que era la coartada perfecta. No supe en qué momento mi familia se fue de aquí, pero sé que tuvo que ver con la muerte de los demás fundadores y su aparente “maldición”. 

-Entonces fue como la madre de Christine, escaparon de aquí para evitar el mismo destino. Solo para enfrentarse a uno peor… aunque no sé si algo sea peor que esto. ¿En dónde vivían?

-No lo recuerdo muy bien, pero siempre estábamos moviéndonos, nunca nos quedábamos en un mismo lugar más de una semana, solo me acuerdo que mi madre se lamentaba de haberse ido de su pueblo natal “Ojalá no me hubiera ido” se decía constantemente. La pobre se lamentaba todos los días, no tengo ningún recuerdo alegre de ella. Cuando nos arrestaron, en el campo, un día le pregunté de dónde era y por qué se lamentaba. Sus indicaciones me trajeron hasta aquí después de escaparme. No me pregunte como lo hice, en realidad no lo sé, solo recuerdo caminar en la nieve día y noche en una dirección indefinida. Pero dentro de mí sabía que iba en buen sentido, como si una voz dentro de mi cabeza me indicara qué rumbo seguir, simplemente lo hacía. Entonces llegué a un granero donde sentí encontrar un descanso, lo siguiente que supe es que estaba en una celda aquí en la jefatura de policía.

-Lo lamento. A veces olvido que no soy el único que tiene problemas. Estaba tan molesto, sobre todo por el trabajo que me costó llenar esos sacos, que no me puse a pensar por lo que habías pasado. Te pido una disculpa. Pero dime, ¿El Capitán o el Superintendente saben de tí?

-No estoy muy segura. Pero el hecho de que no me hayan dejado salir de aquí aun después de cumplir con mi arresto me deja lugar a muchas dudas. ¿Recuerda lo que dijo Marcovick, aquella vez cuando asesinaron a los tutores de Christine? Dijo que le era curioso que estuviéramos los tres juntos en el despacho, pero el Capitán no pareció entender de qué hablaba. Para él, solo soy una coincidencia, a menos que se niegue a creer la verdad. Lo dudo.

-Ahora que lo mencionas, es verdad. Incluso a Nadia le sorprendió verme involucrado en el asunto con Christine. Contando a mi hermana, los cinco somos los últimos descendientes de las familias fundadoras. Y a juzgar por esa supuesta maldición, no me sorprendería que Los Seis estuvieran metidos en esto. ¿Sabes de qué hablo?

-Claro que sí, escucho todas las conversaciones entre el capitán y el superintendente. Esos monstruos parecen ser los responsables de todo, pero en realidad son solo vectores de un origen en común. Ellos son los que están malditos, no nosotros… o bueno, ustedes.

-No debes lamentarte a tí misma. Creí que odiabas eso de tu madre.

-Tal vez, pero aunque la detestaba, ella me enseñó que el sufrimiento, en efecto, es el poder de movimiento más fuerte que existe. Y dentro de mí sé lo que soy y lo que significo para ellos.

-(…)

-¿Sería curioso que todos nos reuniéramos, no cree? Solo imagínese que calamidad sucedería si nos enfrentáramos a ellos en nuestra condición. A veces siento que nací para esto. ¡Es muy emocionante!

-Yo no le llamaría emocionante. ¿Qué clase de actitud es esa?

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en febrero 10, 2015.

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