Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

XLII. Los caminos vigilados por la soledad.

   Los pasillos eran oscuros y pesados, largos, con sombras casi tangibles que caminar a través de ellos daba la apariencia de abismos laterales, agujeros infinitos que más que intimidar, alentaban al caminante a seguir avanzando rumbo a lo desconocido. Así era la casa: un enorme abismo sin final donde no se sentía el caminar el tiempo; los días eran igual que las noches, nada se diferenciaba. No había relojes ni espejos, por lo menos en las partes donde Christine había estado paseando los últimos días. Hasta ahora decidió acatar las indicaciones que le había dado Nadia, sobre no visitar ciertos lugares, sin embargo hoy en la mañana, siguiendo el rastro de una polilla, (tal vez, también víctima del aburrimiento) fue guiada por caminos extraños, por escaleras sin frecuentar, por alas que jamás se imaginó hasta llegar a un portón grande y pesado, de ébano y tan polvoso que era fácil imaginarse que probablemente hubiese estado cerrado por más de veinte años. ¿Qué habría detrás? ¿Llevaría a más salas oscuras y olvidadas? ¿O tal vez llegaría a un espacio totalmente nuevo y sin explorar? Sentía la oscuridad acariciar su cuerpo, como manos formadas por polvo y sombras, por suspiros ocasionales desde el otro lado del pasillo, de aquellas voces tibias que rozaban su cuello como brisas amables en una mañana de invierno. “No continúes. No sigas adelante. Regresa.” Sus manos se posaban sobre la puerta y empujaba. “Regresa. No entres.” El gemido grave y angustioso de la madera moviéndose por primera vez en años. “No vayas. Vuelve.” Sus pasos avanzaban hacia una fuente de luz débil y borrosa, al final de un cuarto que se dividía en pequeñas fracciones. Al cruzar la puerta, la luz se había ido y la habitación se había cerrado. No había oscuridad más incomoda que la que se sentía ahí dentro.

*

   El rastro de muertos que había dejado Maija Shair llevó a Marcovick hasta los lugares más alejados del pueblo, pasando incluso los graneros donde se le ha visto desde hace dos días. Después del cementerio, Shair volvió a atacar a una familia en los bordes exteriores, donde volvió entrar en contacto con Marcovick, esta vez sin Stern, logrando perseguirle indefinidamente por el bosque. Él estaba consciente que era parte de un juego, como una cacería de un gato y un ratón. ¿Pero quién era quién? Se preguntaba mientras caminaba en la espesura del bosque, totalmente alerta de la constante presencia de Leila sobre su cabeza. Sí, definitivamente era un juego, y eso le molestaba demasiado.

   Cuando levantó el acta sobre lo sucedido en la iglesia, llegó a la conclusión de que la entidad que había poseído el edificio no podía ser nadie más que Halitus, el Tercero “Se comporta como un Poltergeist, toma lugares y se adueña de ellos hasta que termina consumiendo toda la energía local, entonces se va.” Con sus métodos actuales le era prácticamente imposible hacerle frente y aunque los Hammers tenían los medios para hacerlo, prefería mantenerlos cerca de la casa Engelberg. Ya antes tuvieron un susto con Errem Strain quien había estando asechando desde lejos en la colina. La situación no podía ser más tensa, especialmente estando solo, ya que el Capitán había enfermado repentinamente luego del ataque “Su único mal es la melancolía provocada por la edad, realmente amaba ese automóvil.” Sentía compasión por su viejo amigo, dejándolo descansar unos días mientras continuaba con la investigación. Aunque sabía cuatro de los Seis se habían revelado, cada día se preocupaba más, de hecho, le aterraba pensar en qué momento llegarían los últimos dos y todo lo que eso conllevaba. Era un pensamiento atroz que le enfriaba las manos.

   El rastro de había perdido una vez más, no tuvieron más remedio que regresar al cuartel donde Abigail les esperaba con una taza de café para todos, sonriendo cálidamente como si no pasara nada en el mundo. Automáticamente Marcovick sintió alivio al verla, su presencia siempre anunciaba unos momentos seguros de paz y probablemente algo de cordura.

-Veo que ya te has adaptado muy bien a este lugar. Debe ser un poco complicado ¿Sabes? Estamos pasando por momentos muy difíciles, quiero imaginar que sabes a lo que me refiero.

-Por supuesto que lo sé, mi señor. Precisamente es por eso que estoy aquí. 

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en octubre 12, 2014.

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