Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

XXXVIII. El bermejo en sus ojos.

   Stern y Marcovick aguardaban en la sala de espera de la clínica mientras los padres de la muchacha estaban dentro, se escuchaban llantos cortos y susurros, como si quisieran evitar que alguien más escuchara lo que hablaban, y tenían toda razón para temer, el pueblo estaba inquieto y al ser la única sobreviviente directa del ataque estaba claro que todos querían saber qué ocurría con ella, qué sabía al respecto y cómo logró sobrevivir. La prensa había estado rondando la clínica las últimas dos horas pero a petición de Marcovick no se les había permitido el acceso, la situación era muy tensa y nadie estaba tranquilo. El capitán no había dormido en dos días y el cansancio lo asediaba por dentro como una ráfaga de sueño golpeando sus ojos cada diez minutos. Cuando llegó el momento en que sus padres salieron de la habitación, hablaron unas palabras con Stern quien les prometió bajo juramento que atraparía a los responsables, Marcovick guardó silencio total, solo tenía en mente poder hablar con esa chica y averiguar todo lo que pudiera sobre el incidente. Los cuatro entraron silenciosamente uno por uno como si fuera una peregrinación.

   Estando adentro, el aura era fría y seca, el lugar se invadía con una quietud tremenda que solo era interrumpida por la atroz vista de la pobre muchacha que permanecía tumbada en la cama, inmóvil y cubierta con vendas, con la mirada ausente y apenas respirando con ayuda de unos aparatos extraños que emitían un sonido arrullador y casi somnífero. Con el aliento cortado, Stern saludó a la chica, Marcovick seguía callado mientras el Capitán hablaba con los padres de ella, solo intercambiaban miradas y lentamente se fue acercando a ella sin prestarle atención a los demás. Hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para poder escuchar su entrecortada respiración, y en voz baja y tranquila comenzó a interrogarla delicadamente.

¿Tu nombre es Jeanette Guillard, no? ¿Sé que es un momento muy difícil para tí pero necesito hacerte algunas preguntas.- La pobre chica apenas logró asentir con la cabeza, comprendía que Marcovick tenía serias intenciones de ayudarle; cuando su familia llegó de Francia luego de escapar de la ocupación alemana, al entrar al pueblo fue el mismo Superintendente quien los recibió, y Jeanette, aún pequeña se grabó en su mente la mirada heroica y noble de un hombre que en otro contexto pudiera haberle intimidado, por eso aceptó devolverle el favor, una ayuda por otra ayuda, así que hizo todo lo que pudo para mantenerse tanto cuerda como estable. A su modo de entender y con toda la lógica posible que le caracterizaba a una alumna destacada de Sociología Criminal, no tuvo entrañas para poder explicarse lo que vio en esa persona, así que se limitó a narrar casi detalladamente su horrible experiencia, aunque cada vez parecía perturbarse más, y por su cansancio así como un miedo irreversible hacía pausas largas como pensando de qué manera poder continuar sin que sonara una locura. Se sentía avergonzada, violada, ultrajada, y ni siquiera podía comprender por qué o incluso quien sería capaz de almacenar tanta locura despiadada en su interior, por lo que a momentos se le quebraba su voz, y luego de apretar los ojos y los puños durante unos minutos volvió en sí misma, y hablando en su nativo francés se dirigió directamente a los ojos de Marcovick, quien comprendía perfectamente todo lo que decía.

Sí, había visto antes a esa persona, jamás le hablé, ni supe quien era.

-Su nombre es Yelena Balanescu, creemos que es una infiltrada que vino desde Rumanía, sin embargo…

-No. Ese no es el nombre que me dijo.

-¿Qué nombre te dijo?

-No quiero decirlo, es como, si estuviera ofendiendo a Dios y a las buenas costumbres.

-Jeanette, por favor, necesito que me lo digas, es vital para la investigación. ¿Qué nombre te dijo?– Marcovick se notaba preocupado, el Capitán lo había notado desde hace unos momentos, era una desesperación tan notoria que incluso rivalizaba con el dolor de la chica. Stern, con su pesado cansancio de días sin poder dormir por momentos alucinaba y perdía la noción así que decidió tomar asiento junto a los padres de Jeanette, que tomados de la mano miraban consternados al jirón que les habían entregado por hija.

-...sus ojos, sus ojos eran rojos como el infierno, tenía cuernos y cola, y a mi oído susurró su nombre blasfemo, un nombre ridículo y atroz que pronunciarlo me convertirá en una pecadora sin salvación...- Con sus dedos dibujó una cruz en la sábana mientras volvía a apretar los ojos. Sus padres pidieron que se detuviera, que dejaran descansar a su hija, pero Marcovick estaba aterrado, comprendía que ese horrible nombre del que hablaba no era algo para hablar libremente así que buscó en su maletín papel y tinta y se lo dio a ella quien intentó escribir sin ver. Habiendo terminado apartó su mano y no volvió a hablar en todo el día; cuando Marcovick levantó el papel, lo sintió tan pesado como el plomo y al momento de leer la raquítica letra pudo descifrar algo que le erizó los vellos de todo el cuerpo y heló su sangre. Dudó un segundo, apretó el papel en su mano y se quedó meditando al lado de la cama, mientras ella lloraba. Sus padres le rogaron a los hombres abandonar el cuarto y dejar descansar a Jeanette, Stern accedió e indicó su decisión a Marcovick, quien luego de unos momentos se levantó en silencio, palpó la mano de la chica y le dijo algo al oído, aparentemente tranquilizándola, notando una relajación total en su semblante. Al incorporarse giró su mirada a los padres de ella y con una sonrisa estoica les dijo “Gracias por su cooperación, pueden estar seguros que nada volverá a ocurrirles, personalmente me aseguraré de que así sea.”, entonces abandonó la habitación. El capitán ya estaba esperando afuera, miró a Marcovick quien ya había borrado su famélica sonrisa de su rostro y mientras caminaban le preguntó “¿Qué le dijo a la chica?”

-Le dije lo que era necesario decir. Jeanette solamente fue un hecho aislado, es a Christine y Nadia de quien debemos estar pendientes. Por si las dudas refuerce la seguridad en el hospital durante unos días, y por favor vaya a su casa a dormir, parece que en cualquier momento de va a desplomar, amigo.

-En cuanto termine el papeleo dormiré, todavía quedan cosas que hacer. Pero dígame ¿Qué opina de lo que dijo la chica? Es una historia difícil de creer.

-Sin embargo pasó, ésto lo confirma.-Ya afuera de la clínica, levantó su puño agarrotado que aún sostenía el papel que ella había escrito. Entonces le pidió un cigarrillo, después de recibirlo intercambió la bola de papel por su encendedor e hizo una señal con la cabeza. –Léelo, pero no lo digas, y quémalo.

Confundido Stern desdobló el papel e hizo un esfuerzo por intentar leer la caligrafía cursiva de una chica con apenas pulso suficiente para escribir sin mirar, y entonces logró distinguir dos palabras que se le quedaron grabadas en su memoria, en medio de la hoja estaba escrito: “MAIJA SHAIR“, de momento no le encontró importancia pero siguió las indicaciones del hombre, y le prendió fuego al papel mientras lo echó a un bote público de aluminio donde al poco tiempo se consumió, entonces aceleró el paso para tratar de alcanzar a Marcovick que estaba por llegar al automóvil.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en septiembre 8, 2014.

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