Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

XXXIII. Canción de mil soledades y un recuerdo.

   El camino era silencioso, nadie hablaba y el ambiente se encontraba sumergido en una profunda catalepsia verbal; ocasionalmente los baches del camino hacían saltar el carro provocando que Stern maldiciera intencionalmente para romper el silencio. Mientras Christine seguía inconsciente Lucius pensaba para sí mismo: “Sólo Dios sabe por lo que está pasando esta pobre criatura” una y otra vez, la tenía entre sus brazos y por momentos la miraba para percatarse de su estado.

-Darla va a matarme, debe estar muy preocupada.

-¿Prefieres bajarte? Todavía hay tiempo para retroceder.- Dijo Marcovick con una voz tenue y casi impaciente.

-No. Christine necesita de mi ayuda además…– Antes de terminar fue interrumpido por Stern respondiéndole: “Estará bien con nosotros“, pero esas palabras no provocaron reacción alguna en Lucius, quien después de una pausa continuó. -…además, tengo curiosidad sobre todo esto ¿Qué tiene de importante la casa Engelberg? ¿Por qué de pronto es “el lugar más seguro”? Ya he estado ahí y no me parece especial, solo es tétrica y solitaria, precisamente como la persona que vive ahí.- Por un momento Stern miró con el rabillo del ojo a Marcovick después que Lucius dijera eso.

-Nadia, su nombre es Nadia, Lucius. Esa casa es fue erguida casi un siglo antes de la fundación del pueblo, debiste verlo en la escuela. La casa misma está protegida por la Asamblea, nadie entra o sale de ahí sin nuestro consentimiento.- De nuevo palabras al aire, Lucius cada vez se enfadaba más, solo quería ayudar a Christine y olvidarlo todo, tantos secretos y mentiras no le daban suficiente interés como para seguir discutiendo contra un muro, sin embargo, su naturaleza inquisitiva le prohibía quitar el dedo del renglón por el momento.

-…pues en la escuela no me enseñaron nada acerca de su Asamblea o el poder que ejercen sobre todo el pueblo.- De nuevo, el silencio volvió a dominar el ambiente. Stern no quitaba la mirada del camino, más allá de la débil luz de los faros no se podía ver casi nada; el camino era rocoso y con demasiada yerba creciendo en señal de no haber sido utilizado en mucho tiempo. A lo lejos y mucho más arriba las luces del pueblo comenzaban a disiparse y una extraña luz cubría el terreno poco a poco. De un momento a otro un par de llamas se vieron encender a lo lejos: eran dos faros que dirigían el camino hacia la casa Engelberg que se asomaba más allá de una vuelta.

   La subida a la Colina de los Vientos era como un remolino, mareaba a quien quisiera acercarse y eso lo sabía Lucius (la primera vez que fue a jugar ahí de niño recuerda haber padecido mareos, incluso unos de sus amigos llevó a vomitar al cabo de un rato. Todos cayeron fatigados antes de llegar a la cima donde originalmente era su reto. Las siguientes ocasiones fueron subiendo más hasta que finalmente encontraron la casa pero fueron ahuyentados por la servidumbre, desde entonces se mantenían al margen), todo era igual, el camino horrible, los árboles tenebrosos y esa sensación extraña de vacío en el estómago y un leve dolor de cabeza. Stern también sintió lo mismo y de pronto se le vino a la mente aquella vez cuando encontraron el cadáver, las personas así como él mismo sintieron ese efecto, sin embargo por la emoción y la sorpresa tales síntomas fueron omitidos momentáneamente; al siguiente día las dos clínicas del pueblo reportaron casos generalizados de malestar estomacal e incluso sangrado nasal, al cabo de un par de días todos los pesares desaparecieron.

   Lucius notó que se acercaban a la casa, y que tanto él como Stern se mostraban afectados de la misma manera, el capitán incluso llegó a perder el control del volante por unos segundos. Marcovick parecía estar bien, no presentaba ninguna señal extraña, mientras que Christine gemía por momentos, como si estuviera soñando. La velocidad fue atenuando hasta que el carro se detuvo por completo.

-El camino ya no es transitable a partir de aquí, tendremos que continuar a pie, ya estamos cerca.

-De acuerdo, bajemos. ¿Lucius, necesitas ayuda con la chica?

-Por supuesto que no, gracias. Yo puedo llevarla.- Lentamente deslizó sus brazos por encima de Christine y abrió la puerta, puso los pies en el suelo y estiró su espalda, miró al capitán que se mostraba aún más cansado, forzando los ojos y deteniéndose en el cofre de su automóvil. “El aire es muy pesado aquí arriba, es curioso, debería ser al revés“. Lucius se agachó y gentilmente tomó a Christine por sus hombros y la acercó a la puerta, pasó un brazo por debajo de sus piernas y el otro en su espalda logrando levantarla fácilmente (su pequeña estatura y complexión eran realmente útiles en este momento), su espalda volvió a su posición normal y por la presión sintió un dolor lumbar que lentamente fue desapareciendo. Marcovick ya estaba caminando y llevaba algo de ventaja. Cuando Lucius pasó cerca del capitán los dos continuaron juntos. “¿Ella está bien, chico?” ~ “…sí, nada más está durmiendo.”

   Mientras caminaban, los dos tenían una sensación extraña, como si alguien o algo fuera siguéndolos. Naturalmente sus ojos no captaban nada cuando volteaban instintivamente. Después de un par de minutos se perdía totalmente cualquier rastro de luz artificial, solamente los dos faros rojos de la casa iban acercándose más y más. Lucius no podía creer que hubiese algo como esto en la tierra; la casa era brillante y marrón, como una mancha en el cielo rodeada de árboles negros. El viento golpeaba las ramas produciendo un sonido parecido al de la lluvia. Una melodía solitaria y triste. Miles de hojas cantaban al ritmo del viento. Christine, aún en sueños, soltaba lágrimas de sus ojos, tal vez, dentro de su propia conciencia alterada sentía el llanto y la sinfonía de los árboles. Lucius tenía la impresión de haber llegado a otro mundo, era tal y como lo recordaba, aunque hubiese estado ahí hace un mes. De pronto, vio pasar en su mente toda su niñez y todas las cosas extrañas que vieron él y sus amigos ahí. El capitán hablaba algo sobre su hermano que vivía en Köln, platicaba asuntos personales que tal vez nunca se hubiesen escuchado de él, tal vez también hubiese tenido el mismo tipo de regresión.

   Cuando tocaron la luz de los faros, Lucius trastabillaba débilmente pero intentaba demostrar su fortaleza ante Marcovick, quien ya los estaba esperando ahí; debajo de la luz formaba una silueta casi siniestra de la que solo destacaba el cigarrillo que se consumía con velocidad. Era un hombre corpulento, alto e imponente, con el cabello rubio y facciones fuertes, un mentón prominente y una nariz afilada que solo resaltaba el azul profundo de sus ojos. Sin duda verlo en una situación como esta y sin conocerlo debería ser realmente intimidante. En el momento en que llegaron a donde estaba él, su cigarrillo ya se había consumido. Actualizaron sus estados y de pronto se hizo un silencio, los tres voltearon a su derecha y se encontraron con la mirada de Nadia Engelberg que esperaba del otro lado de la reja principal con una mano descansando sobre el cerrojo mientras que en la otra sostenía un llavero con llaves exageradamente grandes y viejas.

Los estaba esperando, acérquense.- Su voz era profunda y tenue, casi inhumana. Lucius se sintió sobrecogido al confirmar visualmente que era ella a quien había visto aquella noche junto con Christine hace dos meses. Un sentimiento de soledad invadió los corazones de los tres hombres que obedientemente se acercaban a la reja.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en julio 20, 2014.

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