Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

XXIX. Los párrafos olvidados en el alba.

   El movimiento en el cuartel de policía se encontraba en su apogeo apenas entrado medio día; había estado nevando desde hacía ya dos horas y el viento cortaba la piel de quien se atreviera a salir desprotegido a las calles. El Capitán Stern intentaba contestar dos llamadas al mismo tiempo y por momentos parecía que todas las personas sólo podían comunicarse por medio de gritos y ruidos estruendosos, lo cual era especialmente molesto para Christine, quien permanecía sentada dentro de la oficina del capitán, con la cabeza baja y las manos apretadas sobre su regazo, bañada en lágrimas e incómodamente sola. Desde que había llegado, Stern no había dirigido la palabra, solo la pasó a su despacho y salió apresurado, dejándola ahí adentro pensando mil tormentas. Después de un tiempo y cientos de mareas emocionales volvió a abrirse la puerta, Stern entró cansado y suspirando para dejarse caer sobre su silla, se dio unos momentos y entonces lanzó una mirada a su costado izquierdo.

-Hemos llamado a los Schneider pero nadie ha contestado. ¿Sabes si salieron o trabajan fuera?

-Todas las mañanas van a los molinos o a recoger leña… tal vez están ahí.

-De acuerdo, daremos un tiempo más.– Stern se acercó su taza para darle un sorbo pero se percató que apenas le quedaban unas cuantas gotas. Luego de una mueca levantó la voz y tranquilamente pronunció un nombre extraño que llamó la atención de Christine. A los pocos segundos la puerta se abrió revelando a una jovencita de cabello negro y recogido, con la piel blanca como la nieve, sus ojos reflejaban un café rojizo imposible de ignorar. Después de traerle más café notó la mirada de Christine y amablemente se acercó a ella con una sonrisa cálida.

-Hola, me llamo Abigail Rosenthal, mucho gusto ¿Cómo te llamas tú?

-…me llamo Christine, Christine Silverman.

-Es un placer ¿Te puedo ofrecer algo para tomar? Sólo tengo café pero podría conseguir algo de té si gustas.

-Gracias, pero no quiero.

-¡De acuerdo! Si necesitas algo no dudes en decirme.- Dio media vuelta y salió con la misma sonrisa que portó todo el tiempo. Stern recalcó la sorpresa de Christine después de ver a Abigail sirviendo en el cuartel, marcando una especial confusión ya que jamás había oído hablar de ella.- Es una buena muchacha ¿sabes? llegó aquí acusada de robo por parte de tu amigo Lucius VanFleet, al parecer la chica había logrado entrar al pueblo después de haber pasado malos momentos. Cumplió su condena y quedó en libertad, sin embargo no había dónde colocarla ni quien quisiera tomarla a su cuidado así que se quedó aquí, acondicionamos su celda a modo de habitación, después de todo nos encariñamos mucho con ella luego de conocerla, es lo que le ha dado espíritu y amor a este lugar, todos la quieren y procuran y ella, por su parte trata de dar todo sobre sí para llevar una vida limpia y honesta. Digamos que tiene un poder especial para agradarle a las personas y tranquilizarlas en momentos críticos, tal vez te serviría hablar con ella.- El tono de su voz se tornó condescendiente de un momento a otro remarcando la empatía que tenía hacia Abigail. Christine recordó de pronto que Darla llegó a mencionar algo sobre el robo de granos en su molino y que habían capturado al responsable, sin embargo Lucius nunca  mencionó nada al respecto.

Cuando la encontramos fue un momento difícil, ya que al seguir sus huellas eventualmente se descubrió un accidente al borde de la carretera, hasta hoy seguimos sin comprender qué pasó o de quien se trataba, es un total misterio… no sé por qué te cuento esto.- Dio un sorbo a su café y prosiguió hablando de cosas poco interesantes para Christine, hasta que llegó el momento de tocar el tema de Yelena Balanescu. De pronto un escalofrío recorrió la espalda de Christine haciéndola temblar de miedo. Su día apenas comenzaba.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en junio 30, 2014.

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