Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”.

XXVIII. Nevando en el infierno.

   Una muchacha se arrastraba por debajo de una mesa queriendo buscar una salida, un momento oportuno para escapar de la biblioteca, sus piernas estaban paralizadas y apenas podía respirar, sus ojos desorbitados miraban al piso rojo que sentía moverse violentamente de un lado a otro, como si de un terremoto se tratara, un temblor de ansiedad y pánico que invadía hasta lo más profundo de su médula. Débilmente logró atravesar la puerta a gatas, ocasionalmente tropezaba con un cadáver, a veces era alguien conocido, a veces era alguien que jamás había visto. Su enfermiza esperanza se aferraba al lejano sonido de las sirenas de policía que se hacían más fuertes cada vez. Un balazo. Bajó su cabeza automáticamente en terror mientras temblaba llorando lagrimas bermejas y amargas. Otro balazo, ésta vez más cerca. Se acurrucó sobre sí misma en una esquina del pasillo, cerca de una maceta. Dos balazos más. Tres. Uno más. Las sirenas por momentos ensordecían por el llanto de las almas de los infelices gritos penetrantes y llantos acortados por las balas, todo se resolvía en una sinfonía maldita que pintaba de rojo todo aquel que la escuchaba. Rojo. Ese era el color del día, el color de la vida, del cielo, de la tierra, de las paredes, de los libros, de las ventanas. Subió la mirada unos momentos intentando ver hacia dónde escapar, sabía que estaba en un segundo piso así que no podía saltar por la ventana, aunque lo llegó a considerar cuando frente a ella alcanzó a percibir el cuerpo de su maestro yaciendo bajo el del intendente que colgaba por el pasamanos de las escaleras. No quería pasar por ahí pero era la única opción, las escaleras llevaban al corredor que conectaba con el gimnasio, sería relativamente fácil escapar por ahí. Con trabajos logró incorporarse, sintiendo un peso en la espalda que por momentos le doblaba sus atrofiadas piernas. Intentó correr pero sus pasos no respondían correctamente, así que se apoyó en la pared dejando tras de sí varias oraciones que en su cabeza iban maldiciendo. Casi con los ojos cerrados bajó las escaleras, se detuvo en el descanso cuando escuchó otro disparo, ahora más cerca, tal vez incluso en el pasillo donde estaba hace unos momentos, se incorporó y aceleró mientras una caminata casi rítmica se escuchaba más cerca, asustada bajó los últimos escalones tras darse cuenta que alguien iba siguiéndola, corrió gritando por ayuda antes de chocar con el cuerpo de alguien, haciéndola perder el equilibrio y cayendo de costado con la cara frente a las escaleras por donde bajó. Tal vez jamás había sentido tanto miedo en su vida, es probable que ni siquiera se hubiese imaginado pasar por una situación así; en el descanso de las escaleras había alguien de pie con un revólver en la mano derecha y una cuchilla en la izquierda, no estaba segura de quien era aunque parecía reconocerla por momentos, momentos en que olvidaba que esa persona parecía tener algo moviéndose en la espalda así como lo que aparentaban ser dos cuernos sobre su cabeza saliendo de la sien. Era absurdo, pensaba: “Es el diablo, el diablo ha venido por mí.” Tras un parpadeo la persona comenzó a bajar los escalones y ahora lucía perfectamente normal, salvo esa mirada que brillaba como dos linternas en la oscuridad de la noche. Sabía que iba a morir, iban a matarla y no podría hacer nada al respecto. No quería morir, no estaba preparada, solo pensaba en su casa, en la paja del granero, en la comida de su madre, robar licor de la alacena, reír con sus amigos ¿Quién en su sano juicio hubiera preparado a alguien para un momento como este? No tenía sentido, era horrible y por más que quería razonar o encontrar una justificación era inútil. A lo lejos se escuchó un vidrio quebrarse, afuera había mucho ruido y alguien gritaba en un megáfono; la persona que estaba frente a ella se distrajo un momento mientras volteaba, así que la chica aprovechó el momento para lanzarle un libro mientras avanzó corriendo pasillo abajo rumbo al gimnasio. Cuando llegó de nuevo un terror apocalíptico invadía su cordura, la piscina estaba teñida de rojo mientras que esporádicamente se podían ver restos de personas flotando, no pudo contener su miedo dejándose caer de rodillas mientras mojaba templadamente sus faldas. Un disparo le dio en el hombro haciéndola caer por las gradas hasta llegar al borde de mármol que anticipaba la piscina, la caída probablemente le habría roto una pierna y ahora comenzaba a desangrarse. Miraba lo blanco del techo mientras sus ojos comenzaban a desenfocar lentamente; escuchó hablar a la otra persona, decía algo extraño y sin sentido, parece que había alguien más ahí pero no podía ver nada. De pronto una sombra se acercó lentamente y se arrodilló entre sus piernas, algo extraño y cálido se deslizaba por sus piernas, se sentía como el pelo de un gato, eso erizaba instintivamente su piel, bajó la mirada para percatarse que se trataba de ella, el diablo que había matado a todos: Yelena Balanescu, quien empuñaba suavemente una cuchilla que movía lentamente sobre su ropa rompiendo la costura de los botones hasta abrir completamente su blusa (de nuevo algo parecido a dos cuernos aparecían sobre la cabeza de Lena), sus ojos brillaban como llamas mientras algo que no eran sus manos le sujetaba el muslo derecho. Dejó el cuchillo en el suelo y acercó sus manos frías a la piel de la pobre chica, parecía tener las uñas demasiado largas, como garras de algún animal, le puso la otra mano en el cuello y mientras le arrancaba el sujetador apretaba lentamente para ahogar el grito de desesperación. Su cuerpo temblaba  la sangre alteraba su ritmo, enrojeciendo sus mejillas, causando también un efecto en su pecho. Al liberarle el cuello deslizó sus garras hasta abajo explorando toda la superficie de su piel mientras que con la otra mano le tapaba la boca, una de sus rodillas la presionó entre las piernas. En su mareo bajó la mirada para ver que una extremidad anexa que salía de la parte de atrás de su cadera serpenteaba por el piso hasta alcanzar el cuchillo que descansaba unos centímetros más allá de sus manos.

   -¿Alguna vez has escuchado cantar a los ángeles en el cielo durante el ocaso? Sus voces penetran en lo más profundo de tu cuerpo, como estacas manchadas con orgullo infame y arrogante. ¿Qué garantía puedes tener de que ellos no tomen tu cuerpo y lo devoren? Que te arranquen la mente y la violen consecutivamente hasta vejar todos tus recuerdos y tu patética felicidad. Dime qué se siente el calor de tu infierno cuando es atravesado por la ventisca helada de mi sexo.- Mientras lo decía con su mano libre tocaba perversamente el cuerpo de ella, autoerotizándose a sí misma.

   -¿Quién… eres tú?– Lena se inclinó hasta poner sus labios junto al oído derecho de la chica y pronunció un nombre tan aterrador que solo podría haber sido citado de un maleficio, después lamió su lóbulo seguido de una mordida juguetona casi arrancándole el arete. Se incorporó lentamente y sonriendo sumergió su daga en el abdomen de la chica lentamente hasta quedar el mango al descubierto, le descubrió la boca y besó sus labios ensangrentados mientras giraba el cuchillo como abriendo una cerradura. Al poco tiempo la chica comenzaba a ahogarse en su propia sangre y su respiración se volvía errática hasta casi detenerse por completo al cabo de un par de minutos. Se escuchó un disparo de fuera que aparentemente golpeó el costado de Lena derribándole a un lado de la chica. Un pequeño duelo de fuego se coordinó como una coreografía terrible que hacía retumbar el piso, se escuchaban pasos, gente corría, todos gritaban, pero nada tenía sentido. La chica era testigo de cómo se apagaba su mirada, todo se desvanecía poco a poco hasta que antes de perder el conocimiento pudo resaltar la silueta de unos policías que se acercaban a ella, dentro de sí aun ardía una llama de esperanza que antes de apagarse volvió a encender un ligero esbozo de tranquilidad. Al cabo de unos segundos caería inconsciente mientras alguien la levantaba.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en junio 19, 2014.

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