Mein Engel über den Himmel ~ III. “El Umbral”. (cont.)

XXIV. El sueño que precede al sueño.

   Una extraña quietud poco familiar y por breves instantes, casi tangible, dibujaba un rastro de neblina por las calles, conectándose entre sí extendiéndose a lo largo de cada esquina, hendidura, puerta o ventana. No se percibía ruido alguno, no había pesadumbre que molestara más allá del tradicional concierto fantasmal de las criaturas nocturnas que esporádicamente señalaban la medianoche como el pináculo de sus frágiles vidas, vidas banales, sin rumbo y carentes de un propósito más allá de lo dictado por sus dioses. Esa melodía oscura y sólida cobijaba incluso el aire que paradójicamente no proyectaba ni la más débil corriente de viento, como si también estuviese sumergido en un sueño profundo. ¿Qué soñaban las casas? ¿Qué soñaban los árboles? Nadie se preguntaba eso, las personas no tenían ni el más mínimo interés de considerar aquello que se extendía por todo el valle más allá de ellos mismos. Un golpeteo constante se escuchaba a lo lejos rompiendo con toda la armonía que se dibujaba en el corazón de todas las cosas que vivían en el pueblo, ese golpeteo casi rítmico parecía un metrónomo absurdo que atravesaba la densa oscuridad que vestía al ambiente; ocasionalmente se escuchaban ladridos de perros que alertaban ciegamente algo que no entendían, se preguntaban ¿Qué es eso extraño? ¿Quién es el responsable de ese ruido? Entonces olvidaban su preocupación y volvían a dormir. Inclusive las casas mismas también advertían la llegada de algo extraño, pero tampoco entendían de qué se trataba, estaban consientes de su impotencia ante una nueva amenaza, no tenían más remedio que acurrucarse entre todas y formar un escudo ingenuo que protegía a todas las personas, ese espacio vital que había sido erguido por la casa de la colina, esa casa a la que temían todas las casas pero que también adoraban: “La Casa de los Vientos” le llamaban, y sabían perfectamente que había sido ella quien construyera toda la circunferencia de contención que aislaba al pueblo del mundo exterior, era esa casa la responsable también de haber dejado entrar a los Intrusos ¿Por qué razón? Ninguna lo sabía. Incluso el rumor lastimero de una breve columna de humo sabía que algo andaba mal, esa horrible sensación de vacío que helaba hasta lo más profundo del alma, era algo que ni los gatos soportaban.

   Las casas más viejas siempre contaban la misma historia, una historia tan antigua como sus propios cimientos, recordaban que cuando apenas habían adquirido conciencia de sí mismas, la Casa de los Vientos ya había estado ahí desde muchos años atrás, entonces ya se hablaba de fantasía y hechos irracionales que habían azotado la región mucho tiempo antes. Esa extraña esfera invisible que cubría todo el valle por las noches también estaba ahí, siempre estuvo ahí, por lo menos desde que la primeras familias se instalaron. Por ende, las mismas casas estaban renuentes a aceptar algo que no conocían, sin embargo entre ellas mismas se cuestionaban su propia cordura ¿Cómo podría saber una casa qué ritmo de vida es el más correcto? Una casa vive y respira de acuerdo al tipo de personas que protegen, si las familias habían sido nuevas y los cimientos también no tenían nada en qué basarse, solamente acataban lo que ordenaba la casa de la colina, ella dictaba sus normas, sus leyes y regulaciones incluso sobre el espacio fuera del pueblo eran estrictas, todo el valle le pertenecía y esto era perfectamente sabido y respetado por todos.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en mayo 30, 2014.

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