Mein Engel über den Himmel ~ III. “El Umbral”. (cont.)

XX. El valor de enfrentarse a la realidad.

   Christine se levantó de su cama en un sobresalto, un sudor frío recorría su delicada piel dibujando ramificaciones que se por momentos se unían y se volvían a separar, tales canales se combinaban con las lágrimas que caían esporádicamente como gotas de agua en un mar de recuerdos innombrables. Duró dos días en cama y al tercero cuando recobró la voluntad de despertar se dio cuenta que el mundo seguía girando y aunque no comprendiera lo que pasaba se encontraba tranquila de saber que de alguna forma, tal vez ingenua, sería protegida de nuevo por Lucius si algo volviera a ocurrir. ¿Pero qué tanta seguridad tenía de eso? Por momentos recordaba esas escenas bizarras que se transformaban en escalofríos atacando su espalda. Se secó la cara con una franela rosada que descansaba a su lado y procedió a levantarse de su cama, los Schneider habían salido desde temprano y la casa estaba sola. El rumor del viento susurraba constantemente entre las ventanas y extrañas visiones asolaban el exterior; los árboles bailaban y las ráfagas, casi visibles, parecían imponer un ritmo terrible y aterrador. En una ocasión, Christine escuchó decir a los viejos que todo el viento que caía en el valle provenía de la Colina que vigilaba todo el pueblo, fuertes corrientes asemejando mareas descargaban su furia como tormentosos suspiros lanzados violentamente desde el cielo. ¿El cielo? ¿O la casa de Nadia? “Nadia“: Ese nombre no había sido pronunciado por sus labios desde aquel suceso, naturalmente no había regresado a la casa Engelberg siquiera para constatar aquella visión. Supo que Lucius había ido a ver a Nadia para tratar de investigar algo pero se encontró con una puerta cerrada que jamás fue atendida. No había manera alguna -para él- de entablar contacto con Nadia. Incluso para Christine le era difícil, pero no precisamente imposible; recuerda que la primera vez que entró se quedaron en silencio durante mucho tiempo, por momentos hablando de cosas triviales, entonces recordó bruscamente su interés previo en entrevistarse con Jon Meier, el único familiar de Nadia con el que aparentemente tenía contacto.  Su propósito era verlo originalmente, tal vez ahora consideraba más importante ir a ver a Nadia pero dentro de sí misma sentía una carencia temporal de valor para enfrentarse a una persona tan peculiar como ella, entonces tomó la decisión de recapitular su principal objetivo, terminó de vestirse, salió de su casa cerrando todo cuidadosamente y tomando como dirección la panadería de los VanFleet.

   *

   Pasaba ya medio día y Darla no había siquiera desayunado apropiadamente, el trabajo le había robado gran parte de su día, después de despachar a un par de clientes decidió tomar un descanso, preparándose un té y tomando algo de su alacena, entonces salió del aparador para sentarse en una de las mesitas que adornaban la panadería, a su vez ocasionalmente se servía café y otras bebidas por lo que era común que las personas llegaran a pasar un momento solo por convivencia pero ahora estaba vacío así que con toda confianza se dio un tiempo para relajarse. El cielo comenzaba a nublarse  de nuevo, había estado lloviendo últimamente, eso le cargaba de una inmensurable melancolía; odiaba los días lluviosos, particularmente porque le drenaban la ya de por sí poca energía que tenía. Su constante condición enfermiza se acentuaba cuando los cielos se pintaban de gris y blanco; le recordaban a su triste niñez, cuando el resto de sus amigos de la escuela y Lucius salían a jugar mientras que ella se quedaba en casa a guardar reposo por alguna enfermedad. A pesar de ser gemelos, los dos eran totalmente opuestos, Lucius disponía de una gran vitalidad mientras que ella padecía de casi cualquier mal, como si tuviera que cargar con una maldición por haber nacido casi al mismo tiempo que otra persona (Lucius era mayor solo por unos cuantos minutos). Casi no recordaba su infancia lejos de casa, solo se conformaba con escuchar lo que su hermano le contaba, sus aventuras, sus travesuras, sus viajes; en el fondo ella envidiaba la forma de vida de él, pero entonces recordaba que muchas de las cosas que hacía no eran correctas y por momentos de auto compadecía a sí misma haciéndose entender que no tenía que ser especialmente aventurera para vivir relativamente bien, ella tenía fe en Dios, a quien ponía por delante incluso ante su hermano. Cuando sus padres murieron Lucius cambió mucho, asumiendo una personalidad más serena y responsable, a tal grado de hacer un pacto con ella de que cuando llegara el momento de separarse deberían aceptarlo sin remordimiento, especialmente por todos los años que les tomó aceptar la muerte de sus padres, se arraigaban mucho de los recuerdos y su mutua necesidad. Aunque distintos, por lo menos sentían de la misma manera: a Lucius tampoco le gustaban los días lluviosos.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en abril 29, 2014.

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