Mein Engel über den Himmel ~ II. “El Desprendimiento”. (Cont.)

XIV. El murmullo detrás de los espejos.

   Nadia había salido a su jardín para recoger el cuerpo abandonado de otro gato, el cual aparentemente murió la noche anterior, con este ya serían tres desde el funeral del patriarca y eso significaba un mal presagio para ella. Todo el mundo parecía estar de cabeza, aviones habían estado surcando los cielos desde hace días y se percibía un ambiente tenso que emanaba desde el pueblo. Con los extraños incidentes y reportes todo había cambiado, algunas familias se habían ido, otros rumoraban sobre el fin de la guerra y aunque parecía que tuvieran razón, para Nadia todo parecía un sueño, como si nada de lo que pasara fuera del pueblo fuese real y aunque de forma apática, dentro de si misma deseaba que todo siguiera como antes. El problema es que su presencia ya no era un tabú e incluso había visto personas curiosas rondando la colina, acercándose a la reja y espiando hacia adentro. Naturalmente los árboles y los pocos gatos que quedaban les parecía incómodo, Nadia había notado especialmente un deceso de actividad en la casa, tal vez -pensaba- que los árboles se habían cansado finalmente, dejándose sumergir en un sueño comatoso que provocaría una aflicción en todo el jardín, para ella esa era la razón por la cual los gatos estaban muriendo, solo esperaba que ella no fuera la siguiente.

   Stern ya llevaba la tercera taza de café en el día mientras analizaba con una visible ansiedad toda la información que había recibido desde en la mañana, cada reporte era más extravagante que el anterior pero todos afirmaban ciegamente la veracidad de su testimonio. El capitán simplemente no sabía que hacer, todo era tan confuso y severo que incluso le costaba trabajo mantener su propia cordura al momento de levantar el acta oficial. De hecho, el ambiente dentro del cuartel también se encontraba alterado, algunos de los oficiales culpaban a Abigail de haber traído consigo la mala vibra; ella por su parte culpaba a los “intrusos” resaltando que aun faltaban tres más por llegar y que todo terminaría entonces.  La notoria demencia que presentaba era suficiente como para ser ignorada; por momentos se le escuchaba cantar en voz baja, canciones judías y melodías de los grandes compositores: Stern recuerda una noche que se había quedado en el cuartel, haberla visto frente al espejo de su celda tarareando la Oda a la Alegría, en su cansancio Stern podría haber jurado que quien cantaba no era ella, si no su reflejo. Al recordar esto se frotó los ojos y con un temblor en sus manos volvió a tomar la taza que apenas le quedaban unas gotas, sin embargo la puerta de la oficina se abrió inesperadamente revelando la presencia de la última persona que quería ver, se trataba de Nickolaus Marcovick y su presencia no aseguraba traer ninguna noticia buena tras de sí.

   Después de que Nadia enterrara el cuerpo del gato debajo de uno de los árboles volvió a notar la presencia de una persona frente a la reja. Claramente molesta se acercó para pedirle a esa persona que se retirara, sin embargo al acercarse más notó que se trataba de una jovencita que sonreía muy jovialmente: “¡Hola! Me llamo Christine Silverman ¿Puedo entrar?”

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en marzo 16, 2014.

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