Mein Engel über den Himmel ~ II. “El Desprendimiento”. (Cont.)

VII. Entumecimiento.

   Algo parecido a un cuerpo forense había arribado a la escena del crimen, el capitán Stern dirigía rítmicamente a la masa de personas con la intención de privatizar el asunto, mandando acordonar el lugar para mantener alejadas a todas las miradas indiscretas; algunos se retiraron, otros seguían estando ahí pero más lejos, solamente Nadia permanecía frente a la horrible escena, firme e inmutable pero evidentemente incómoda. Todos en el pueblo sabían que carecía de sentido social y probablemente ético, lo cual era especialmente notorio dado al trato tan frío y poco sutil con el que se dirigía a las personas que se habían congregado en el lugar. Por fortuna los brillantes esfuerzos del capitán Stern por alejar a todos rendía frutos y aunque no lo demostraba del todo Nadia se encontraba cada vez más relajada (si es que había alguna manera de relajarse ante una situación tan tensa como en la que se encontraba) lo cual el capitán tomó como ventaja para finalmente acercarse a hablarle, reuniendo todo el valor posible para dirigirse a ella. Ninguna persona se había atrevido a hablarle y había permanecido observando todo con una mirada tan inquisidora que sin duda acobardaba a cualquiera que pretendiera acercarse a ella. El capitán Stern no tenía más opción que hacerlo, y después de saludarla se dispuso a realizar las preguntas de protocolo concernientes al caso, obteniendo evidentemente la misma respuesta que todos habrían de dar: “En la noche se escuchó un ruido extraño y ahora en la mañana había sido descubierto el cadáver mutilado de una persona.” No había más información. Las personas se habían reunido ahí por alguna razón que cada quien adaptaba libremente, aunque todos concordaban con que el extraño ruido provino de la colina, por eso fueron ahí donde eventualmente descubrirían el cadáver. Nadia por su parte corroboraría esta moción, afirmando claramente que el ruido se había escuchado particularmente cerca de la casa, si no es que dentro de la misma (pero el cuerpo estaba afuera). Stern no tuvo más remedio que simplificar las cosas: dividir entre el ruido y el asesinato, concentrándose más en este último, al menos para llegar a una posible conclusión sobre la identidad de la victima; nadie reportó la desaparición de alguien en esos días, no había visitas programadas, nadie pensaba que se relacionara con la guerra, simplemente no tenía sentido. El pueblo siempre se caracterizó por ser pacíficamente aburrido, era natural que todos perdieran la cabeza por una situación así. En el caso de Nadia, todo era diferente, su ritmo de vida no coincidía con la de las demás personas, así que de alguna manera, aunque impresionable, la situación en realidad le producía indiferencia. Stern se daba cuenta de esto mientras hablaban y rápidamente la desligó del crimen (aunque el resto de las personas aun apuntaban sus manos a la casa, incluso a su única ocupante). A Stern le costaba trabajo sostenerle la mirada, y aunque por lo general evadía su contacto visual era imposible pasar por alto los ojos bicolor de la mujer y recordó que cuando ella era pequeña la gente solía temerle, en todo el pueblo no había nadie que tuviese los ojos de diferente color y las supersticiones estaban a la orden del día; aún ahora se trataba de un caso muy especial, un ruido extraño, un asesinato terrible, una mujer sola viviendo en una casa aislada, todo el pueblo había vuelto a fijar su atención en la misteriosa familia Engelberg.

   La charla se había alargado incómodamente hasta pasado el medio día; el cuerpo ya había sido documentado y retirado, las personas también se habían ido ya, solo restaba el capitán quien continuaba conversando con Nadia, quien al parecer le costaba trabajo continuar con el ritmo y haciendo varias pausas la plática se convirtió en un tedioso interrogatorio personal. La profunda mirada de Nadia cada vez se tornaba más pesada y su ceño se pronunciaba  acentuando su desafío para retirarse. Stern no quiso presionar más y detuvo su investigación no sin antes volverle a plantear su propuesta de ir en su ayuda en el momento en que lo necesitara. Nadia asintió con la cabeza, realizó una reverencia y se retiró dando media vuelta caminando hasta la casa. Stern miraba como avanzaba mientras un calambre recorría sus cansadas piernas, la mañana era especialmente fría y había provocado que su avanzada edad le jugara una broma pesada entumiendo sus extremidades que ya ni siquiera temblaban, aunque tal vez lo que más le sorprendiera es que Nadia no presentaba ninguna señal de frío ni entumecimiento, curiosamente ni siquiera tenía nieve encima y estaba nevando, solo miraba la forma tan ondulante en que se desplazaba hasta perderse de vista, el viento comenzó a soplar tan fuerte que el sombrero del capitán casi fue volado, eso despabiló al viejo y se dispuso a regresar a su automóvil, pasaría el resto del día pensando en los extraños ojos de aquella extraña mujer.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en enero 23, 2014.

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