Mein Engel über den Himmel ~ II. “El Desprendimiento”. (cont.)

VI. La incomodidad de tolerar la cercanía de alguien más.

   Evan Stern era viejo, tan viejo que incluso le costaba recordar el nombre de toda su generación cuando comenzó a trabajar en el cuartel de policía del pueblo. Todos y cada uno de ellos habían muerto, o por lo menos perdido de pista; dados los asuntos de la guerra y principalmente por el tiempo, no era de sorprenderse que fueran desapareciendo uno a uno hasta llegar al punto en que el viejo Evan sería el único que quedara de su equipo original. Hoy no solo era un veterano condecorado sino también un agente respetado por las personas, quienes acudían a él más que nada para asuntos de índole privada (por momentos él se burlaba de sí mismo diciendo que de policía raso pasó a ser un detective), así que no era de sorprenderse que le tocara investigar o resaltar asuntos que no competerían al cuerpo joven policial. Stern era un hombre demasiado fuerte para su edad, con un porte aristocrático que se apreciaba en cada momento, incluso en la parte más frívola de su vida; manejaba un Mercedes-Benz 770, del año 1940, probablemente el único que hubiera en el pueblo, así que era de conocimiento general que cada que se viera andar por las calles seguramente sería el capitán Stern. Su vida era así, y ni siquiera le interesaba recordar algo más allá del pueblo o de su infancia que tenía bien guardada en su memoria. Una persona sencilla que le importaba más vivir en el presente.

   Esa mañana se encontraba de mal humor porque lo habían despertado desde muy temprano para ir a atender un extraño caso que por alguna razón no se pudo describir, aunque lo que más le preocupaba al hombre no era tanto lo que había sucedido sino de dónde había sucedido. Su mente comenzó a divagar en pequeños fragmentos que por momentos atormentaron su inmutable paciencia y sintió un escalofrío. Recordaba que hace ya varios años que no iba a ese lugar, la última vez que visitara la casa de la colina sería al rededor de 1915 cuando su amigo Erick Engelberg murió, heredando además de la fortuna familiar, una trágica historia a la única superviviente de su familia. Stern siempre se compadeció por la suerte de Nadia, quien a pesar de que era frecuentada por sus parientes vivía sola en esa vieja mansión, y eso le preocupaba demasiado, tanto que cuando murió el padre de ella, le comentó que cualquier cosa que necesitara, por muy mínima e insignificante le diera aviso sin embargo jamás sucedió tal llamada. El camino que subía a la colina no era frecuentado por las personas del pueblo así que su lujoso automóvil presentaba dificultades para desplazarse por un terreno tan hostil, aunque finalmente la carrocería lograría aguantar hasta llegar a un claro más amable, desde donde se podía apreciar la majestuosidad de la extraña casa de la colina. Un lugar muy extraño y misterioso, sin duda alguna y que al vez, desde la muerte de Julia, la madre de Nadia, no había tenido tantas visitas como ahora. Un extraño presentimiento lo acosó en el momento en que dejara el carro y comenzara a caminar hasta donde las personas estaban reunidas. La visión escalofriante de un asesinato tan indecible arropaba las miradas y palabras de toda la gente que se encontraba ahí, y tal vez de entre todos los individuos sin nombre, había una persona que destacaba entre la multitud. Nadia se encontraba postrada detrás de la reja con una expresión tan siniestra que de inmediato Stern comprendió su malestar ante una situación social tan violenta, y eso le aterraba. El día amenazaba con ser demasiado largo.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en enero 18, 2014.

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