Mein Engel über den Himmel ~.I “Sueños lúcidos” (cont.)

II. Sobre la casa y sus inquilinos.

   Los muebles jamás se tomaron la molestia de sacudirse el polvo, algunos ya ni siquiera tenían restos de su color original, el barniz que tuviesen en determinado momento era solamente un recuerdo amargado de otros años. Si bien, su apatía era equitativamente tan grande como su desidia no eran del todo infelices, principalmente porque no estaban solos; ocasionalmente se veía pasar alguna polilla revoloteando débilmente por los rincones o si había suerte tal vez se encontraran con algún gato que decidiera explorar la casa que probablemente considerara abandonada, y lo sería de no ser por la extraña mujer viviendo ahí. Los gatos no siempre se topaban con ella pero tampoco la rechazaban, sin duda era parte de la casa, como las sobras que bailaban detrás de las puertas o los quejumbrosos muebles aburridos por estar en el mismo lugar durante tantos años. Las polillas por su parte no se tomaban muy en serio la presencia de los gatos en la casa dado a que en tiempos ancestrales los gatos y las polillas habían decretado un pacto de paz (condicional sin embargo, se tienen registros de algunos gatos que violaron la tregua y fueron expulsados) por lo que era común verles andar por los pasillos sin importarles la presencia del otro, los gatos se mostraban más interesados en los ratones que también poblaban la casa, solo que en diferentes niveles jerárquicos ya que eran odiados incluso por los muebles, pero incapaces de hacer algo al respecto depositaban su firmeza en que algún gato apareciera y se compadeciera de ellos. Por su parte los gatos eran los únicos que podían entrar y salir de la casa sin problemas ya que podían atravesar cualquier plano sin el menor esfuerzo y era eso lo que los ratones envidiaban, así que se resignaban a morar por el sótano, la vieja cocina y tal vez el patio trasero pero era muy peligroso, sobre todo con los extraños pájaros que merodeaban la casa a todas horas, siempre vigilando desde sus nidos en las partes más altas de las chimeneas o de los árboles que descansaban despreocupados en el jardín; los árboles, ancianos y sabios consejeros de los gatos y protectores de las aves, (los ratones los despreciaban por su doble conducta, a pesar de ser viejos e inteligentes eran demasiado condescendientes con sus enemigos y eso los enfurecía) eran muchos y su lenguaje era incluso más antiguo que el de la casa con quien rara vez se comunicaban, aunque con el resto de las plantas que crecían en los jardines y recovecos entre los ladrillos siempre conversaban, con una armoniosa sinceridad que se podría decir incluso que fuese una clase de concierto, no era de extrañarse que en las noches se escuchara la música del jardín, serenata que tanto los gatos como Nadia disfrutaban tranquilamente.

   La mayor parte de las habitaciones de la casa se encontraban cerradas bajo llave, así como el salón de juegos, el estudio del padre de Nadia, el Solarium, la buhardilla, el claustro y el sótano. Nadia por su parte solía frecuentar mucho la biblioteca y la terraza principal, el balcón de su habitación y por supuesto la cocina, rara vez salía a los jardines, al menos no más allá de las parcelas de cosecha que administraba religiosamente; el comedor, la sala y el recibidor eran solo fragmentos olvidados del interés de ella. Su rutina así como el ritmo de la casa eran lentos y siempre tradicionales, era algo que tanto los muebles e incluso los árboles sabían, todos se adaptaban a la forma de vida de Nadia (incluso las sombras) y naturalmente no les molestaba, solo los gatos y a veces los pájaros se alejaban de forma negligente y llegaban hasta los alrededores más allá de los muros de los jardines y la reja principal pero incluso ellos sabían que no era naturalmente lo más prudente, entonces volvían.

~Katzenberg.

~ por Katzenberg en enero 2, 2014.

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