Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

•abril 13, 2015 • Dejar un comentario

XLIX. Un lugar por otro.

   Stern descansaba sus pesadas piernas en el pequeño taburete que había comprado hace dos bazares de verano; la carpeta era roja con filos dorados, madera oscura y labrada con motivos florales tan alegres que evocaban la campiña francesa en los buenos días, aunque el relleno dejaba muchos dolores que padecer después de un rato. Junto al sillón, dormía una cómoda tan vieja como el mismo Evan, la recordaba desde pequeño, siempre tenía presente que es donde escondía su padre los cartuchos de su rifle, y que ahora, el mismo estuche de cartón albergaba as balas del revólver que traía siempre Evan en su cinturón. Hoy, como hace una semana, no había salido de su casa, se sentía enfermo y con su orgullo mancillado, su esposa había salido desde temprano probablemente para abastecerse de víveres, así que se había quedado solo desde entonces, mirando por la ventana el andar lento y despreocupado de las nubes. No evitaba mucho pensar en sus problemas, siempre salían a flote, solo trataba de entender su propio lugar en el pueblo, su deber y sus anhelos. ¿Qué es lo que quería exactamente? ¿Cómo combatir sus propias angustias? Tanto cansancio le abrumaba, tantos problemas, cosas inexplicables y que se rehusaba a comprender, nada tenía sentido ¿Cómo puede un hombre de 96 kilos salir volando a través de una habitación como una almohada? Es como si todo lo que ha vivido, no significara nada, se sentía pequeño y viejo, tan disuelto en su propia rutina que ya ni sentía vivir, y se lo recordaba muy a menudo. Estaba cansado y harto de tanta locura.

   -“La locura es una bendición para los cuerdos“- Masculló mientras miraba su reflejo en la ventana, y el de alguien más a sus espaldas. Giró su costado con problemas y se encontró con la figura inmóvil de Abigail Rosenthal, o algo que lucía como ella.

   –Muy buenas tardes, capitán. ¿Cómo se encuentra hoy?

   -No deberías estar aquí niña. El superintendente me va a patear tan fuerte que no podré sentarme en un mes ¿Sabes lo complicado que sería eso? 

   -¿Se siente cansado? ¿Puedo hacer algo por usted?

   -Solo si pudieras retroceder el tiempo, antes de que comenzara todo esto. ¿Puedes hacer esa magia?

   -Me temo que no, mi señor.

   -Es una lástima. De verdad me habría encantado largarme de aquí hace tiempo. aunque tal vez no hubiera encontrado jamás este taburete ¿No crees? 

   -Tal vez hubiera encontrado uno peor. Uno nunca sabe.

   -Siempre fuiste demasiado optimista, Janelle…

   -Señor, Janelle es su esposa ¿Quiere verla? Puedo hacer que venga.

   -No estaría mal, siempre quise volverla a ver como cuando teníamos todo el tiempo para amarnos, en ese verano del ’26. Tan cálido y agradable…

   El viejo se quitó los zapatos y se levantó de la silla. Dejó caer el saco y se desabrochó los primeros botones de su camisa. Sentía la luz del sol golpear su cuerpo mientras caminaba de frente a Janelle, el viento daba brochazos en el pasto asemejando olas color esmeralda que bailaban a su alrededor. Se abrazaron tan fuerte que la noción del tiempo se había distorsionado, y la luz estaba congelada. Con su amada entre los brazos sonrió tan pacíficamente que olvidó todos sus problemas de pronto y comprendió su verdadera misión, y ya estaba cumplida. Nada más importaba, se sentía pleno. La efigie de Abigail miraba de frente al cuerpo de Evan Stern, dormido para siempre, con el periódico sobre sus piernas y una taza de café frío en la mesita de al lado. Todo se había vuelto muy silencioso, y no hubo ningún ruido hasta que se escucharon pasos en las escaleras del recibidor. Janelle jamás olvidaría la imagen de su esposo muerto, con tal expresión de paz en el rostro, como si simplemente se hubiera quedado dormido oyendo la radio. Pero esta vez ya no habría que volverlo a apagar para no despertarlo.

*

   Esa noche, Marcovick caminaba por el parque central tratando de encontrar un momento para despejar su mente, andaba cabizbajo y con las manos a la espalda. Dio vueltas minutos hasta que al levantar la mirada para ver la hora en el campanario de la iglesia notó algo extraño. Hasta arriba, sobre el arco de la campana se divisaba algo de pie, entrecerrando los ojos y esforzando la mirada observó que se trataba de una figura humana, de pie mirando rumbo al norte. A había sido reportado unos días antes por unos estudiantes, y otros ciudadanos que habían visto algo similar unas cuadras más abajo, sobre la biblioteca. De pronto, el cielo destelló en pequeñas centellas formando serpientes en el cielo que duró unos segundos, se escucharon gritos a lo lejos, precisamente rumbo al norte. Marcovick corrió en esa dirección hasta encontrarse con la vieja iglesia abandonada, la hasta entonces, guarida de Los Seis. Gente corría en sentido contrario y advirtieron al hombre que no se acercara. “¡Los muertos, Superintendente, los muertos se están levantando!“. Inusualmente incrédulo se acercó para comprobarlo, solo para encontrarse un paisaje casi onírico, una pesadilla nauseabunda que hizo enfriar su sudor. Las tumbas del camposanto estaban abiertas, explotadas desde adentro mientras en el cielo apuntaba una luz roja que señalaba el centro del cementerio, revelando una presencia enorme entre el humo, sostenía un hacha gigantezca y teñida de rojo, con una sonrisa demencial y una capucha negra como el odio mismo, de pie sobre una pila de esqueletos y cuerpos putrefactos se erguía el portador de la locura, Carnifex, el quinto, había llegado al pueblo y ya había cobrado tres víctimas. Marcovick temblaba de pánico al ver el ejecutor más sanguinario que jamás había existido. Sabía que todo llegaba a su fin, y mientras corría rumbo al cuartel se comunicaba por radio con los Hammers.

El Quinto ha llegado. La guerra comenzó“.

~Katzenberg.

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•abril 7, 2015 • Dejar un comentario

XLVIII. La canción de la ausencia (ó cómo desaparecer durante el sueño).

   Frau Peimbert no había salido de su habitación en dos días, si bien, las calles se habían vuelto demasiado inseguras, en realidad no tenía necesidad de salir; todos sabían que otrora fue una diva del canto y que era una persona demasiado orgullosa, aunque amable y muy educada. Sin embargo el teatro del pueblo fue declarado en bancarrota así que ya no tenía sentido para ella salir a menos que fuera necesario, y aunque de vez en cuando se le escuchaba cantar o “ensayar” como diría ella, cada vez era más esporádico que los vecinos la oyeran. Hasta hace dos días que dejó al silencio apropiarse de su casa, no pasó mucho tiempo para que comenzaran los rumores. No tenía más familia en el pueblo, se conocía su ascendencia francesa y en realidad nadie sabía por qué fue a parar a ese lugar tan olvidado. Y el hecho de que no diera más señales alertó a todos, pero nadie hizo nada hasta hoy que se reportó ante las autoridades. Pero Stern seguía enfermo así que el reporte se transmitió al Superintendente Marcovick en persona, dadas las últimas desapariciones y asesinatos en el pueblo decidió tomar cartas en el asunto y envió un par de agentes a investigar. El departamento parecía estar en forma, sin señales de violencia, tampoco de Frau Peimbert, simplemente no estaba. Nadie la vio u oyó salir, vivía en el ultimo piso del edificio y todos escuchaban fácilmente su poderosa voz así como el movimiento en su piso y las escaleras viejas. Comenzaron las investigaciones, las cuales llevarían el resto de la tarde sin resultado alguno.

*

(Lo que en realidad sucedió, dos noches atrás)

   Frau Peimbert, se asombraba con el extraño espectáculo de luces encima de la Colina de los Vientos, los haces se movían, se doblaban y bailaban sobre sí mismos. Ya varias veces había observado el extraño fenómeno y en todas lo había visto acompañado de alguna tragedia al día siguiente, el último sucedió antes de la masacre en las universidad, y estaba segura que esas luces tenían algo que ver. Todo esa noche era extraño, no había eco en las noche y se sentía esa horrible sensación de tener tapados los oídos. Abrió las ventana para buscar un respiro, pero el aire era extrañamente tibio y seco, tan áspero que raspaba su delicada garganta; tomó la decisión de salir a pesar de todo y satisfacer su juicio así como su inusual curiosidad. Su pequeña estatura siempre la hacía utilizar botines y zapato alto, sus pasos eran cortos y firmes, caminando siempre con un contoneo característico de una diva, sin embargo, la atmósfera evitaba las correcta propagación del ruido, “Es como caminar sobre arena fina” pensaba mientras bajaba los escalones que solían ser ruidosos y endebles. Todo le parecía más un sueño, a tal grado que llegó a convencerse de que lo era, sobre todo al ver pasar esos extraños conejos púrpura corriendo con una figura geométrica detrás, dejando de rastro patrones vegetales de color ocre con café y espirales rojos de sombra. El cielo se disolvía en perspectivas circulares infinitas con prismas dorados girando sobre sí mismos. Frau Peimbert no comprendía lo que estaba pasando, a su alrededor se levantaban figuras oscuras, casi humanas y muy altas, uno de ellos se acercó lentamente a ella, portaba una llave cobriza en sus manos y se la ofreció: “La corte del solitario propaga el fuego del deseo sobre el manto de su noche, no existe descanso eterno, no hay luz en los portales ni detrás de los cedros.”  Ella tomó la llave en sus manos y continuó avanzando hasta llegar a un puente con arcos, en el río corrían caballos y el viento cargaba contra ella hasta disolverla en pequeñas partículas naranjas que se fueron volando hasta perderse sobre los bosques rojos del norte, justo encima de un castillo aparentemente construido con luz sólida.

~Katzenberg.

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•marzo 16, 2015 • Dejar un comentario

XLVII. La séptima anomalía

 Mientras el hombre caminaba tranquilamente siguiendo los pasos firmes de Errem Strain, no pudo evitar percibir otra presencia en las inmediaciones; Leila se desplazaba silenciosamente sobre las copas de los árboles dando la impresión de serpentear en el aire, se mantenía lejos, pero vigilante. El veterano, confiado de sí mismo, sacó de su bolsillo una cigarrera de la cual tomó un puro largo y marrón y lo encendió; más tardó en prenderlo que lo que fue apagado por una ráfaga disparada por Leila, mientras agitaba sus siniestras alas negras. El hombre hizo un gesto y no se midió en reclamar.

 –Tu vileza… insulta al bosque… no lo provoques… humano.
 -¡Pero qué voz tan dulce tienes, querida! De acuerdo, es prudente seguir sus reglas en su juego. No sabía que tuvieran un lado tan sensible, sabiendo las atrocidades que han cometido, casi a la par de mi familia,aunque mucho mejor…
 -Hablas con veneno por saliva, mortal. El silencio genera una armonía pura con la naturaleza….– Murmuró Errem Strain, mientras se detenía mirando al claro del bosque. Un par de agentes de la Asamblea habían notado la presencia del hombre y se acercaron rápidamente. Errem se desvaneció rápidamente en el aire.
-¿Quién anda ahí? ¡Identifíquese!
 -¡Vaya, pero qué bajo ha caído la hospitalidad de la Asamblea! Desafortunadamente no deberían haberme visto. Ahora tendré que deshacerme de ustedes.– Empuñó su viejo revolver y apunto a la cabeza de uno, pero antes que pudiera apretar en gatillo Errem Strain reapareció frente al hombre y extendió los brazos provocando un ligero temblor en la tierra, disparando raíces desde abajo como látigos que atraparon a uno de los agentes y lo jalaron bajo tierra donde se escuchó tronar cada uno de sus huesos. El otro agente, aterrado, corrió de regreso buscando ayuda, pero fue interceptado por Leila quien primero se le abalanzó golpeándolo con sus piernas desnudas, al derribarlo, ella dio un salto y cayó sobre su pecho clavando sus filosas plumas hasta el fondo, atestándole brutales golpes y cuchilladas con sus alas varias veces hasta que el hombre dejó de gritar.
 -¡Maravilloso!… No cabe duda que sus habilidades están a la par de su leyenda, no me sorprende que cientos de cazadores y magos estén detrás de ustedes, sin duda sus favores serian de gran utilidad, empleados adecuadamente en el noble arte de la guerra.
 -Guarda tu ponzoña… saco de carne… haces mucho ruido… cumple tu parte… del contrato.- Exclamó Leila mientras se levantaba del charco de sangre, entonces regresó a los árboles. Las raíces de Errem tomaron lo que quedaba del hombre y lo enterraron lentamente para ocultar la evidencia.
Entiendo, no se preocupen por eso. Ustedes hagan su trabajo, yo haré el mio. Aunque debo decir que me hubiera gustado que me acercaran un poco más, estamos del otro lado del maldito pueblo ¡Con un demonio!.
 -“La tierra provee el pulso necesario para sacrificar al ciervo, pues el ciervo nace de la tierra, y es la tierra quien lo devora. El dolor de existir no se compara con las miserias de vivir por siempre, pues la recompensa vuelve obsoleta a la vida misma, porque no hay ganancia sin favores.”
 -Sí… cómo sea… (Sabía que debí traer más dinero).- El hombre avanzó con su mochila al hombre, caminando pacíficamente mientras Errem daba media vuelta regresando al bosque, luego de un rato aún sentía la mirada de Leila que lo vigilaba. “¿Cuántos habrán llegado ya? Él es el tercero… probablemente ya haya cuatro aquí. Me pregunto si la Otra ya se haya manifestado.” Pensaba el hombre mientras llegaba al área de las cosechas y los molinos.

*

 Christine yacía bajo un manzano mientras las nubes caminaban lentamente por el cielo. En sus manos sostenía una daga enredada en una tela bermeja con filos dorados, tenía una inscripción desconocida que le daba la impresión de ser algo muy antiguo. A lo lejos se escuchaba el cauce de un río y el viento chocaba contra las ramas del otero que le daba sombra. Temblorosamente se incorporó, aun con la daga en sus manos y caminó cuesta abajo hasta llegar al río donde se topó con un sombrero de paja que estaba tirado al borde del río, era viejo y parecía haber sido abandonado hace tiempo, insectos anidaban en su interior. Un sentimiento de nostalgia la invadió y las lágrimas que brotaron de sus ojos comenzaron a desbordar el río y en el viento se había detenido. La daga se le escapó de sus manos y cayó al agua. Una voz cálida y a la vez fuerte se escuchó desde adentro. “En tus entrañas sentirás el dolor de los seis caminos, y tras descubrir el séptimo paso despertarás el destino oculto dentro de tus palabras”.

Al abrir los ojos, Christine estaba sumergida en una tina de agua cálida mientras Nadia la miraba fijamente.
Encontré esto… hay un pensamiento adicional, uno apócrifo, un séptimo destino y solo yo puedo liberar su emblema.- La voz de Christine era frágil como la porcelana, su pequeño cuerpo blanco se desdoblaba descubriendo una daga entre sus brazos abrazada a su pecho. Nadia miró el objeto un momento, se levantó y le acercó una bata.
Acabas de expiar tu culpa. Ahora debes afrontar la responsabilidad de llevar contigo esa daga, pues es la llave para abrir los secretos que guarda esta casa. Levántate, vamos a prepararnos para el siguiente ritual.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•febrero 16, 2015 • Dejar un comentario

XLVI. El don sagrado.

   El hombre caminaba pesadamente entre la nieve a un ritmo que asemejaba una maquina de guerra francesa, con suficiente porte como para darse cuenta de su propia imponencia. No se preocupaba mucho por su apariencia, ese hombre había disfrutado grandes y vastos banquetes en el extranjero, incluso había recibido una condecoración por su servicio, era un hombre orgulloso de sí mismo. No solía pensar en su pasado pero siempre tenía la mente fijada en el presente, en realidad no le importaba mucho mirar al futuro “Es como perder el tiempo que ni siquiera ha llegado.” Pensaba mientras miraba con recelo las primeras luces en el horizonte. Un movimiento irregular y parecido a una centella se movía entre los setos y un pequeño tronco muerto que tenía ya dos años de haber caído ahí. Se detuvo y sacó de su bolsillo un revólver anticuado y cansado que apenas había podido sobrevivir la primera guerra mundial; alzó la mirada con dirección a su derecha cuando una visión aterradora y asombrosa se presentaba frente a él, bajó la mirada y echó mano a su bolsillo.

No te puedo mirar pero sé que estás ahí. Preséntate Injuriado, tengo más monedas que dar a cambio de un pequeño favor que debo pedirte.

   El hombre lanzó un par de monedas a los pies de Errem Strain mientras se inclinaba en reverencia, el Apóstol las levantó y examinó profundamente con sus profundos ojos vacíos, miró al hombre, miró de nuevo las monedas y las metió a su saco. Mecánicamente en movimientos entre cortados y estáticos dio media vuelta y encorvado comenzó a arrastrar los pies con un ritmo constante. El hombre no tuvo mejor oportunidad para entrar al pueblo.

*

-Francamente preferiría no ir, señor VanFleet. No creo que sea el momento indicado.

-¿Qué es lo que te detiene Abigail? ¿Acaso no te interesa conocer la verdad?

-La verdad es lo que es, y todos vamos a conocerla en su momento. Pero ahora no lo es. Por favor no vayamos, me asusta ese lugar, además ya hay dos ahí, no quiero saber qué pasará si se unen los otros dos que faltan.

-No entiendo. Hace unos momentos hasta te emocionaba la idea de tener que enfrentar a esos monstruos, y ahora te has acobardado.

-Yo tampoco lo entiendo. No recuerdo haber dicho tal cosa, yo no fui. Por favor suélteme o pediré ayuda. Estamos en el cuartel de la policía. No me obligue.

-¿Qué pasa contigo?  De un momento a otro cambiaste totalmente de actitud, como si…

-Como si fuera otra persona.

   Marcovick estaba de pie en el marco de la puerta mirando la escena tranquilamente. Al sorprenderse, Lucius soltó el brazo de Abigail quien trastabilló un poco hasta encontrase lo suficientemente cerca del sofá, para dejarse caer encima.

-¿Superintendente? No lo escuché llegar. ¿Qué hace aquí?

-Eso es lo que yo debería preguntarte Lucius.  ¿Por qué razón molestas a la señorita Rosenthal?

¿Lo sabe?…  ¿Quién es ella?

-“Ellas”, dirás. No sé de qué forma explicarlo para que me entiendas, pero creo que no tengo muchas alternativas. Abigail Rosenthal, como seguramente habrás ya descubierto, es descendiente de la otra familia fundadora. Cuando llegó aquí, según los reportes, era una chica silenciosa y más bien tímida, sin embargo, bajo emociones fuertes o incluso con una sorpresa cambiaba radicalmente de personalidad. Después de un estudio, por el cual fui llamado de vuelta al pueblo, era en parte para comprobar esto. Si Abigail era la verdadera descendiente, no solo nos encontrabamos ante un milagro, sino que aun era tiempo para ayudar a la niña si lo necesitara. Cuando llegué, pude comprobar su trastorno mental. Por eso no ha salido de aquí, ni puede hacerlo. Al menos hasta que la Asamblea lo autorice.

-¿Cómo pudo diagnosticar eso? ¿Personalidad múltiple? ¿En una niña? 

-Es comprensible, dado el infierno que ha vivido. No todos nacemos en un lecho de rosas como tú.

-Eso no tiene nada qué ver. Pero entonces, si una es Abigail ¿Quién es la otra?

-Cuando cambia, hemos visto dos patrones importantes; la parte pasiva es muy influenciable y es más cooperativa, pero la parte activa se mostraba más extrovertida y mucho más pasional, en éste estado es imposible dialogar con ella y por momentos hasta tiende a ser tétrica, mientras que la parte pasiva es más dulce y atenta. En lo que a mí respecta, las dos partes siguen siendo Abigail, o al menos eso creemos. No es nada fácil sobrellevar esto en un lugar tan pequeño ¿Sabes? La vida en el cuartel cambió por completo desde que llegó esta niña. Y después de todo lo que ha vivido, lo menos que podemos hacer por ella es cuidarla.

-No estoy muy seguro, pero lo comprendo. Dígame qué hacer. Estoy exhausto y demasiado asustado como para comprender qué está sucediendo aquí. ¿Qué tiene que ver la Asamblea con todo esto? ¿Qué es en realidad la Asamblea?

-Algo que dijo Abigail es cierto. Hay un tiempo para todo, Lucius, ella se va a quedar aquí hasta que la Asamblea lo autorice, y será entonces, muchacho, cuando encontrarás todas las respuestas que buscas.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•febrero 10, 2015 • Dejar un comentario

XLV. Reforestando un bosque con un retrato.

   Las calles eran tan frías como las mañanas de Enero, la desolación y el lamento habían pintado todas las casas de un color indescriptible, un gris quemado desgarrador que se encendía mientras la mirada de Lucius se posaba sobre las puertas, escritas con símbolos extraños en color bermejo, otras con madera cubriendo las ventanas, casi todo estaba cerrado y el viento maldecía los corredores de los que se había apropiado el invierno. Mientras caminaba rumbo al cuartel, intentaba recordar si Darla estaba segura, si había cerrado correctamente la puerta, si estaba haciendo lo correcto; entonces sintió un escalofrío que le helaba el espinazo, precisamente al percatarse que había pisado una mancha roja que parecía formar una silueta casi humana. Cuando finalmente llegó a su destino, agradeció al cielo que estuviera abierto, y sin dudarlo subió los escalones hasta postrarse frente al portón, dio una bocanada de aire provocando que una nube blancuzca de vapor le formara algo parecido a una mascara informe frente a su rostro. Golpeó la puerta un par de veces mientras la empujaba, anunciando su entrada, los oficiales, lejos de estar relajados estaban totalmente en silencio, también había agentes de la Asamblea presentes, con armas grandes y estorbosas, probablemente de origen ruso. Preguntó por el Capitán Stern pero nadie se atrevió a contestar, solo se escuchó el chillido de una puerta por la que apareció Abigail con un maletín lleno de papeles en sus manos, sonriendo amablemente como normalmente se le viera, de hecho, era la primera sonrisa que Lucius veía en días, y tenía que ser precisamente de ella. Eso le molestó.

El capitán, no está. No ha venido desde ayer en la mañana. Hablé a su casa, parece ser que ha enfermado y está en reposo total. El Superintendente Marcovick está fuera… ¿Necesitaba algo? Señor VanFleet.- Lucius ya se había hecho a la idea de que Abigail no representaba ninguna amenaza seria y en efecto se obligó a perdonarla hacía ya mucho tiempo atrás. Sin embargo la noticia le llegó inesperada.

Necesito hacerle unas preguntas. Pero creo que no va a ser posible. Aunque esta es una oportunidad muy afortunada. ¿Puedo conversar con usted a solas, señorita Rosenthal?

   Después de pasar a la oficina de Stern, Lucius se sentó en el sillón grande que descansaba frente a la ventana, Abigail se recargó en el escritorio de frente a él, dejó el maletín sobre el escritorio, se acomodó la falda mientras él entrelazaba sus manos y se apoyaba en sus rodillas los codos.

-¿Qué quería hablar conmigo, señor VanFleet?

-He estado platicando con Jon Meier acerca del pueblo. En particular sobre los fundadores, que aparentemente cargaban con una especie de maldición que los ha ido exterminando uno a uno. No sé que tan cierto sea esto, sin embargo es un hecho que tanto mis padres como los de Nadia Engelberg murieron en situaciones extrañas. El señor Meier tiene un retrato en su casa que fue hecho durante una reunión de los descendientes de los fundadores, no recuerdo a mis padres hablar sobre eso, lo único que sabemos es que portamos su apellido, nada más. Son dieciocho personas en total retratadas; solo el tío de Nadia acudió en representación de los Engelberg, están mis padres, mi tío y mis abuelos, la madre de Christine y su abuela; eso suman ocho personas, también están Evan Stern y su esposa, Nickolaus Marcovick y por supuesto Jon Meier, sumando a 12. También está el entonces capitán de la policía y el señor Hoffmann, que tengo entendido había sido el Superintendente anterior. 14. Sin embargo hay cuatro personas más. El Maestro me dijo que esos cuatro eran la otra familia fundadora con la que se perdió contacto, sin embargo sus registros aún permanecen intactos, ellos son Judith y su hermano Daniel, con sus padres, Deborah y Herschel Rosenthal. Judith es tu madre ¿No es así?

-…es muy perspicaz, señor VanFleet. En efecto, mi madre es Judith, mi padre fue un oficial Nazi apellidado Eilenburg, jamás supe su nombre, solo sé que además de ser una hija bastarda, mi madre decidió dejarme su propio apellido, criándome como su sobrina para evitar problemas. Para entonces, mi tío Daniel había sido asesinado por la Gestapo en Viena así que era la coartada perfecta. No supe en qué momento mi familia se fue de aquí, pero sé que tuvo que ver con la muerte de los demás fundadores y su aparente “maldición”. 

-Entonces fue como la madre de Christine, escaparon de aquí para evitar el mismo destino. Solo para enfrentarse a uno peor… aunque no sé si algo sea peor que esto. ¿En dónde vivían?

-No lo recuerdo muy bien, pero siempre estábamos moviéndonos, nunca nos quedábamos en un mismo lugar más de una semana, solo me acuerdo que mi madre se lamentaba de haberse ido de su pueblo natal “Ojalá no me hubiera ido” se decía constantemente. La pobre se lamentaba todos los días, no tengo ningún recuerdo alegre de ella. Cuando nos arrestaron, en el campo, un día le pregunté de dónde era y por qué se lamentaba. Sus indicaciones me trajeron hasta aquí después de escaparme. No me pregunte como lo hice, en realidad no lo sé, solo recuerdo caminar en la nieve día y noche en una dirección indefinida. Pero dentro de mí sabía que iba en buen sentido, como si una voz dentro de mi cabeza me indicara qué rumbo seguir, simplemente lo hacía. Entonces llegué a un granero donde sentí encontrar un descanso, lo siguiente que supe es que estaba en una celda aquí en la jefatura de policía.

-Lo lamento. A veces olvido que no soy el único que tiene problemas. Estaba tan molesto, sobre todo por el trabajo que me costó llenar esos sacos, que no me puse a pensar por lo que habías pasado. Te pido una disculpa. Pero dime, ¿El Capitán o el Superintendente saben de tí?

-No estoy muy segura. Pero el hecho de que no me hayan dejado salir de aquí aun después de cumplir con mi arresto me deja lugar a muchas dudas. ¿Recuerda lo que dijo Marcovick, aquella vez cuando asesinaron a los tutores de Christine? Dijo que le era curioso que estuviéramos los tres juntos en el despacho, pero el Capitán no pareció entender de qué hablaba. Para él, solo soy una coincidencia, a menos que se niegue a creer la verdad. Lo dudo.

-Ahora que lo mencionas, es verdad. Incluso a Nadia le sorprendió verme involucrado en el asunto con Christine. Contando a mi hermana, los cinco somos los últimos descendientes de las familias fundadoras. Y a juzgar por esa supuesta maldición, no me sorprendería que Los Seis estuvieran metidos en esto. ¿Sabes de qué hablo?

-Claro que sí, escucho todas las conversaciones entre el capitán y el superintendente. Esos monstruos parecen ser los responsables de todo, pero en realidad son solo vectores de un origen en común. Ellos son los que están malditos, no nosotros… o bueno, ustedes.

-No debes lamentarte a tí misma. Creí que odiabas eso de tu madre.

-Tal vez, pero aunque la detestaba, ella me enseñó que el sufrimiento, en efecto, es el poder de movimiento más fuerte que existe. Y dentro de mí sé lo que soy y lo que significo para ellos.

-(…)

-¿Sería curioso que todos nos reuniéramos, no cree? Solo imagínese que calamidad sucedería si nos enfrentáramos a ellos en nuestra condición. A veces siento que nací para esto. ¡Es muy emocionante!

-Yo no le llamaría emocionante. ¿Qué clase de actitud es esa?

~Katzenberg.

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•enero 2, 2015 • Dejar un comentario

XLIV. Escrito el pecado en la piel.

   La presencia de los Seis comenzaba a ser del dominio público, todos los reportes extraños y relatos fantásticos que hablaba la gente corrían por las calles de tal manera que incluso los agentes de la Asamblea no podían retenerlos, aún entre ellos, porque a su vez sabían que faltaban dos por llegar, y eso les preocupaba; habían pasado ya dos semanas desde el último incidente con Shair y todo, aunque tenso comenzaba a estabilizarse. Sin embargo dos días antes se había reportado una extraña actividad de luces fétidas sobre el otro lado del valle, justo como la última vez pero nadia había ido a investigar; la guerra se acercaba y todos temían lo peor: por un lado el terror interno sobrenatural que asechaba dentro del pueblo y por otro lado la locura de enfrentar una guerra a escala mundial. El pueblo había sido fundado como un santuario políticamente neutral protegido por la Asamblea, siendo asignado el superintendente Marcovick para hacerse cargo de la administración de la “reserva”, aunque eso no evitaba que las personas se sintieran inseguras a pesar del Toque de Queda y la constante marcha de fuerzas especiales. Por otro lado los Hammers se habían visto ya enfrentados con Leila y Errem, logrando ahuyentarlos de la Colina de los Vientos en distintas ocasiones, provocando las sospechas de Inka y Shiratsu sobre sus interés en la mansión Engelberg- “Es como si quisieran entrar a la fuerza“. Casi no podían dormir y el horrible clamor nocturno del viento golpeando los árboles no ayudaba. Por momentos sentían deseos de abandonar, ya que esa extraña sensación nauseabunda que los acosaba cada que se acercaban demasiado a la casa era cada vez más fuerte. Pero tenían ordenes de permanecer ahí a toda costa y finalmente no tenían muchas opciones. Sabían que la casa era peligrosa, y dada su inusual protección sentían al mismo tiempo una gran curiosidad de siquiera conocer a quien vivía ahí dentro. “La última descendiente de su estirpe, de esa horrible familia…” De repente, se escuchó a lo lejos un grito de una mujer, proviniendo desde dentro de la casa, todos dejaron sus puestos para mirar fijamente como sobre la colina se extendía un haz de luz que se doblaba sobre sí mismo.

*

   Hacía mucho tiempo que Nadia no subía a esas salas oscuras y olvidadas, iba acompañada de una vieja polilla que terminaría perdiéndose más tarde, indudablemente para encontrar su muerte en total oscuridad. Tras caminar unos minutos encontró en el suelo el cuerpo de Christine; estaba inconsciente y con la ropa rasgada; después de comprobar su respiración, la levantó cuidadosamente entre sus brazos y la llevó cargando hasta su habitación, su cuerpo era sorprendentemente liviano y no le costó mucho esfuerzo colocarla en su cama. Después de contemplarla unos momentos descubrió que en su piel había unas marcas rojizas y al seguir explorándolas hizo una mueca, decidió entonces investigar más. Lentamente le quitó lo que quedaba de ropa notando que las marcas parecían ser más letras que rasguños y eso comenzó a preocuparle. Entre murmullos Nadia escuchó decir a Christine que había visto algo. “Mis instrucciones fueron claras, y desobedeciste sin pensar en las consecuencias, guarda silencio, te preparé un baño caliente.” Se levantó dejando a Christine recostada en su cama, vestida solamente con la luz que entraba suavemente por la ventana. Y con los ojos entrecerrados notó una presencia extraña dentro de la habitación, de pie justo al lado de Nadia. “Me ha seguido hasta aquí… ¿quién es?

Es tu castigo por haber tomado la decisión incorrecta.- Dijo Nadia molesta mientras abría la llave de agua caliente. –Pero no hay pecado imperdonable, ahora relájate, voy a arreglar esto.

~Katzenberg.

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•noviembre 25, 2014 • Dejar un comentario

XLIII. El libro y el hexágono.

  Lucius llevaba sentado ya quince minutos antes de atreverse a preguntar algo, sus palabras se entrecortaban y no encontraba el modo adecuado de entrevistar al viejo Meier, quien de alguna manera ya se anticipaba lo que venía, y tal era su perspicacia que incluso se había tomado la libertad de buscar previamente algunos documentos que justificaran lo que sea que intentara explicar.

¿Sabe? No me fue sencillo venir hasta aquí. Escabullirme en el Toque de Queda resultó ser más complicado de lo que esperaba, aunque debo decir que el principal obstáculo fue mi hermana; desde aquel incidente en el granero ya no ha sido la misma. No ha salido de la casa para nada y solo se la pasa rezando o leyendo la Biblia. Me preocupa demasiado, lo que dice que vio no es fácil de explicar. ¿Un Espantapájaros andante? Al principio dijo que se trataba de un viejo vagabundo pervertido que la acosó en el granero, pero ha ido cambiando la versión ¿Qué cree que haya sido, señor Meier? ¿Será uno de esos Intrusos, de los que han hablado?– Meier encogió los hombros y luego de un descanso tomó en sus manos un viejo y pesado libro sobre la mesa, tan cubierto de polvo que ni siquiera de podía distinguir el diseño de la portada, sus hojas eran apergaminadas, amarillas y frágiles.

-Todo lo que necesitas saber, muchacho. Está en este libro. Esos Intrusos que nombras son el reflejo de la calamidad misma,aunque nosotros los llamamos…

-Los Seis. Escuché que Nadia se refirió a ellos de esa forma. Marcovick lo confirmó de alguna manera ¿Quiénes son ellos? ¿O qué son? Dígame.

-Los Seis Apóstoles de la Destrucción, normalmente conocidos como Los Seis. Dime algo, muchacho ¿Crees en Espíritus, Demonios u otros seres sobrenaturales?

-No solía hacerlo, pero desde que vi esa extraña criatura, aquella noche de las luces, ya no estoy muy seguro…

-Bueno, Los Seis son algo así como el Santo Grial de todos los cazarrecompenzas, La Asamblea misma ha estado persiguiéndolos desde la Edad Media. No se sabe con exactitud su naturaleza, ya que su origen se remonta a varias leyendas e historias arcanas de diferentes religiones y tradiciones orales, que puestas a comparación, coinciden en que son entidades muy antiguas, probablemente malditas y al mismo tiempo, demasiado poderosas. Los mitos dicen muchas cosas sobre ellos, a veces llegando a contradecirse demasiado. Lo único que se sabe realmente es que son Seis y siempre van acompañados del caos y el mal augurio por donde sea que pasen.- Meier abrió el enorme libro que tenía enfrente, y estuvo buscando durante unos minutos hasta que al encontrar lo que necesitaba, le hizo una seña a Lucius para que se acercara, le mostró una ilustración descolorida pero intrigante: una figura hexagonal rodeada por seis figuras triangulares que aparentaban ser humanas, con las manos dirigidas a la figura principal. Dentro del hexágono central estaban unas runas indescifrables sobre la cabeza de lo que también parecía ser una persona en una posición muy dramática. Los triángulos descansaban 3 a la derecha y 3 a la izquierda, sobre el hexágono había otras runas y en la parte de abajo otra figura de similar apariencia a los tres triángulos solo que invertida y con las manos hacia los lados. El resto de la imagen era confuso, colores pardos y letras extrañas. En el pie de la imagen decía “Fig.1 “Descripción temprana del Ritual de Sanación de los Seis Apóstoles de la Destrucción.

-“Ritual de Sanación”… ¿A qué se refiere con eso? No entiendo mucho pero me imagino que estas seis figuritas son nuestros Apósoles ¿Pero las otras dos? La del centro y la de abajo… 

-No estoy seguro, las runas son antiguas y no he traducido todo el texto, pero por lo que entendí, Los Seis están interesados en esta figura central, tratando de liberarlo. Parece ser que esa persona o entidad es de suma importancia para ellos, y probablemente se encuentre en algún lugar de este valle, por eso es que están aquí.De la figura inferior no estoy seguro de qué represente, tal vez un sacrificio o simplemente algún hechizo. Lo que sea que sea, es algo peligroso, Lucius. Y temo decir que el peligro está más cerca de lo que creemos.

~Katzenberg.

 
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