Mein Engel über den Himmel ~ V. “El fin del mundo”.

•julio 1, 2015 • Dejar un comentario

LI. Las coordenadas más lejanas desde el Cielo.

 -…Sin duda regresar a la vida debe ser un pasatiempo despreciable. ¿No es así jovencita? ¿O debo decirle señora? Porque no podría saber si eres menor o mayor que yo.

   -Inka es una Regeneradora honorable, jamás vería su don como algo de qué abusar. Ten más respeto.

   -¡Curioso! Alguien me dijo lo mismo hace poco. Pero no hablaré de ello, porque estoy frente a mi destino: la verdadera razón por la que estoy aquí.

   -¿Y por qué estás aquí?

   -Para reclamar mi lugar correspondiente en la familia, querida. Es hora de que la grandeza de los Engelberg se eleve una vez más hasta las nubes. ¡Tú! Niña de Eric, las reglas familiares señalan claramente que la cabeza de la mansión debe estar a cargo del miembro masculino más viejo vivo. Como podemos apreciar, este no es tu caso, mujer, sino el mío. Aquí tenemos de testigo a nuestro amigo Marcovick. ¿No es verdad Nick? ¿Que la familia Engelberg siempre se ha caracterizado por tener reglas y siempre cumplirlas inexorablemente?

   – Si, me temo que esa parte es verdad. Pero no es buena idea, y me parece que sabes a lo que me refiero.

   -Por supuesto que lo sé, si es precisamente por eso que he venido desde muy lejos. Cuando lo supe… cuando me enteré de la verdad acerca de Tierra Santa y lo que oculta el Castillo, mi corazón se sobrecogió por un poder casi tan destructivo como la felicidad, y pude, entonces comprobar que mi familia no era solo un puñado de viejos asustadoss aferrados a una tradición enfermiza, sino que todo resultó ser verdad. ¡Así es! Me dije, fue cierto y alabo la suerte por esta gran oportunidad, haré todo lo necesario para poder satisfacer mi propio delirio de grandeza.

Marcovick se quedó pensativo con la mirada puesta en el suelo. Los Hammers murmuraban entre ellos, mientras que Basil confrontaba a Nadia, quien parecía negarse a la posibilidad de que su tío siguiera vivo, además de las altas posibilidades de que pudiera tomar su lugar. Nadia sabía que eso tendría un efecto devastador no solo en la casa sino en todo lo demás. Ni Marcovick ni ella tenían intención de dejarlo entrar hasta que el viejo interrumpió.

   -¿No van a dejarme entrar verdad? Pues me temo que deberán considerarlo o de lo contrario “mis amigos” tendrán que intervenir y creanme, eso es mucho peor.

   -¿Qué?

*

Lucius se retiró de la ventana aún con Darla en sus brazos y se dirigií a Abigail, que jugaba torpemente con el piano.

 -Si lo que dices es verdad ¿Cómo podríamos colaborar con Engelberg? Si la intención es reunir a los último herederos en su casa, tendríamos que atravesar por un proceso bastante incómodo para siquiera pasar por la puerta. Lo sé, lo he vivido. Nadia no confía en mí, y la verdad es que eso no me importa, pero si de algo sirve lo que me propones, no tendré más remedio que llevarlo a cabo. Pero Darla viene conmigo, no voy a dejarla sola mientras el mundo se acaba.

   -Lo has tomado bastante bien. Eso me agrada ¿Sabes? Al principio pensé que no lograría convencerte y que te pondrías de cabeza dura de nuevo. Pero qué bueno que has entrado en razón ¡Admiro tu valor y responsabilidad!

   -Cuida tu sarcasmo niña. Una cosa es que tengamos los caminos cruzados y otra muy diferente a ser tu amigo, así que modera tu lenguaje conmigo cuando estés “cambiada”.

   -¿Entonces te agrada más mi otra yo? ¡Señor Lucius! No pensé que fuera esa clase de hombre.

   -Estoy empezando a detestarte.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

•mayo 20, 2015 • Dejar un comentario

L. Parábola

   Un rastro rojizo circundaba el viejo cementerio, dibujando una línea casi fantasmagórica a lo largo de las calles aledañas, como si fuera una fosa que separara un castillo de los invasores, no solo por la repugnante peste a sangre coagulada sino por el mismo terror que tal escena representaba. El silencio se había apropiado del pueblo, como si un velo de letargo mortal hubiera caído sobre la apática forma de vivir de todas las personas, una forma casi instintiva e indiferente como la pacífica vida de un otero. Ya no había actividad rutinaria, los habitantes solo salían cuando era de verdad necesario, y aún así lo dudaban. Por las noches sucedían cosas inexplicables y se agitaba mucho la actividad en los callejones, culminando invariablemente con un cuerpo cubierto por una sábana blanca por las mañanas. Pero el cuerpo de hoy era diferente, era un viejo dormido, como esperando ser tocado por los rayos del sol, Marcovick lo miraba de frente mientras pensaba un universo diferente cada segundo. “Murió tranquilo, solo se quedó dormido ¡Qué afortunado!” Se decía mientras sostenía el brazo de la viuda de Stern.

   -¿Qué voy a hacer, Nick? Cuando yo muera y llegue al cielo, y tenga que enfrentarme a mis pecados ¿Cómo le diré a Dios Padre que no pude darle santa sepultura a mi esposo?  ¿Con qué cara voy a verlo a él cuando esté ahí?

   -Evan murió en paz. Te aseguro que cuando se vuelvan a ver nada de esto importará y te recibirá con los brazos abiertos, exactamente como el día en que se casaron.- Janelle comenzó a sollozar en el hombro de Marcovick justo en el momento en que se prendía fuego al cuerpo de Stern. Y lo vieron consumirse hasta que el humo se volvía transparente. El Capitán era reconocido y querido por todo el pueblo, y aunque casi nadie acudió a su despedida, todos lamentaban su partida como si su escudo, su fortaleza se hubiera desprendido y caído al polvo. Jamás habían sentido tanto miedo. Y aunque Marcovick reforzaba sus unidades y había constantes batallas contra los Seis, también se sentía devastado, no solo se había ido un aliado, sino un viejo amigo, y eso es lo que más le dolía. Stern había estado ahí desde antes que Marcovick fuera elegido Superintendente, había visto sufrir al pueblo y le había dado fuerza y confianza para seguir adelante, convirtiéndose en el pilar más grande de la comunidad. Ahora todo estaba disperso, quebrado, caído. El humo se extinguía así como la presencia de las personas. El sol también desaparecía y nadie quería permanecer en el bosque entrada la noche, Marcovick acompañó a Janelle hasta su casa y dejó un par de agentes a su cuidado. Entonces regresó al cuartel donde se encontró con Abigail sentada en el escritorio del Capitán.

-Pudiste haber ido al funeral, tenías el permiso.

-No fue necesario ir. Además, ya he visto mucha gente ser cremada, y no siempre estaban muertos necesariamente.

-Lo lamento, no quise ser imprudente.

-No hay problema.

-¿Cuál es tu plan ahora? ¿Qué te gustaría hacer?.

-No lo sé. Pensaba ir a la casa Engelberg, pero no es buena idea, ya hay dos herederos ahí. Probablemente deba acuartelarme con los VanFleet. Pero no creo que me acepten tan fácilmente. ¿Qué me sugiere?

-No lo sé, en estos momentos no pienso con claridad. Sí sería buena idea contactar a Lucius, pero temo que es muy pronto. Necesito diseñar una estrategia. No podemos actuar irresponsablemente…– Marcovick fue interrumpido por una llamada de radio, era Shiratsu.

-“Jefe, Será mejor que venga ahora mismo.”

-Shiratsu ¿Qué sucede?

-“Apareció un viejo loco de pronto, burló toda nuestra seguridad y dice que va a entrar a la casa o algo así, lo detuvimos frente a la reja. Pero esto se pone incómodo.”

-Reténganlo lo más que puedan, voy para allá.- Marcovick se levantó, tomó su saco, revisó su arma y se echó unos cartuchos al bolsillo. Después de dar indicaciones a los agentes afuera regresó a la habitación.

-Probablemente no sea nada, pero si es lo que creo que es no tenemos mucho tiempo. Ve a la granja VanFleet y convéncelos de todo. Usa cualquier método para lograrlo, y partan rumbo a la casa Engelberg en cuanto puedan. […] Yo, Nickolaus Marcovick, con la autoridad que me corresponde como Superintendente y en representación de la Asamblea Saint para el Estudio y Regulación de lo Paranormal, libero los niveles de restricción absoluta, y autorizo la libertad de Abigail Rosenthal bajo palabra de servir a la Asamblea cuando esta se lo requiera. Que la gracia de los Ancestros esté contigo, Abigail, eres libre.

-¡Wuuuu! ¡Muchas gracias! ¡Esto se pone cada vez más emocionante!

-Deja de jugar y apresúrate.

-¡Sí señor!

*

   Frente a la mansión Engelberg, los Hammers interrogaban al extraño, lo tenían rodeado frente a la reja principal mientras esperaban la llegada de Marcovick. El hombre fumaba inmutablemente tranquilo mientras ignoraba las preguntas de Inka, quien había optado por apuntarle con su arma.

-Los modales de este pueblo han decaído bastante desde que me fui. Es una lástima volver a tu hogar y que todos te reciban con un arma. ¡Por Dios! ¿Dónde quedó la hospitalidad? ¡Qué horror!

-Hablas demasiado para no responder nada. Por última vez ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

-El peón no tiene por qué saber la razón de sus gobernantes.

-¿Disculpa? A tí no te debo nada. Será mejor que aclares esto o te vas a ganar un pase directo al otro mundo.

-Ya he estado ahí, es un lugar encantador.- Inka amartilló apuntando directo a la frente del hombre a quemaropa, sin percatarse de que este había puesto el cañón en el bajo abdómen de ella, abriendo fuego y lanzándola un par de metros hacia atrás, Shiratsu deslizó su Katana al cuello del agresor, Arabella también le apuntó mientras que Rika intentaba subyugarlo sin éxito. Arrogante, el viejo afirmaba que había sido en defensa propia, abriendo una discusión entre todos cada vez más fuerte que llegó al punto de sentirse innecesaria. La riña fue interrumpida por un impulso de energía proveniente de la casa, provocando un malestar general en todos. “Volvió a activar su modalidad defensiva.” Pensó Shiratsu mientras se agachaba nauseabundo.

-¿Qué rayos sucede?- Gritó Arabella mientras caía de rodillas con una mano en la boca.

-Es la casa, percibió peligro y nos ha atacado.

-No fue la casa muchacho, mira bien…- El viejo, aunque encorvado y débil miraba firmemente hacia adentro, dibujando una sonrisa sádica en su apergaminao rostro.- (Entonces es verdad, la hija pródiga sigue con vida, Eric, eres un cerdo traidor…)-

   Sobre el camino recto de piedra blanca, Nadia caminaba lentamente hacia la reja, dejando ver claramente su molestia. Al llegar se detuvo en seco mirando confundida la escena. Shiratsu mostró una reverencia que fue seguida por Arabella y Rika; el viejo comenzó a reirse ridiculizando la actitud de los Hammers.

-“No adorarás falsos íconos” Solía decirme mi padre. Estos tiempos se han desequilibrado. No queda ni la sombra de aquella penumbra que esta casa solía ser.- Nadia miró a los Hammers y después se dirigió al hombre. –Su presencia no es bienvenida, identifíquese, entonces se marchará de aquí.-

-¿Por qué habría de ser echado de mi propia casa? ¿Acaso tu madre no te enseñó buenos modales niña? Espera, creo que no tuvo mucho tiempo para eso…- En eso el automóvil de Marcovick se escuchó en la distancia, anunciando su llegada. La distracción sirvió para que los Hammers retomaran su posición de defensa mientras Nadia abría los brazos hacia el cielo.

    Mientras Marcovick caminaba rumbo a la casa advirtió una escena incomprensible, alguien estaba en el suelo, tres intentaban sujetar a alguien y Nadia Engelberg desplegaba un campo de protección. No eran buenas noticias, y mientras avanzaba fue creyendo más en su corazonada, hasta percatarse que estaba en lo cierto.

-¡Inquisidor Marcovick! ¡Qué gusto volverlo a ver… con vida!

-Interesante que aún lo recuerdes, pero ya no respondo a ese título. Aunque debo decir que me sería muy útil ahora mismo, verás, también estoy sorprendido de verte aquí, Basil Engelberg…

   El ambiente se atenuó de forma inesperada, volviendo a la normalidad la densa blasfemia que había sustituído al aire. Nadia bajó los brazos mientras una expresión de sorpresa invadía su pálido rostro, como si jamás hubiera experimentado semejante emoción, sus ojos bicolor resaltaban en la oscuridad de la noche como si fueran dos faros partiendo la marea nocturna del báltico. Estaba aterrada, un miembro varón de su familia había aparecido de pronto, y no era cualquier persona, sino el mismo hermano de su padre. Esto cambiaba las cosas radicalmente, y por primera vez, Nadia no sabía qué hacer o qué pensar, lo único que tenía por seguro es que debía tener miedo. Los Hammers se quedaron silenciosos tan solo escucharon el nombre del viejo viejo arrogante con el que acababan de pelear. Nadie dijo nada, nadie sabía qué decir. Solo en el fondo se escuchó un gemido muy débil y un arrastre en el polvo. Al voltear todos, se toparon con el cuerpo de Inka Heinemann levantándose del suelo torpemente.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

•abril 13, 2015 • Dejar un comentario

XLIX. Un lugar por otro.

   Stern descansaba sus pesadas piernas en el pequeño taburete que había comprado hace dos bazares de verano; la carpeta era roja con filos dorados, madera oscura y labrada con motivos florales tan alegres que evocaban la campiña francesa en los buenos días, aunque el relleno dejaba muchos dolores que padecer después de un rato. Junto al sillón, dormía una cómoda tan vieja como el mismo Evan, la recordaba desde pequeño, siempre tenía presente que es donde escondía su padre los cartuchos de su rifle, y que ahora, el mismo estuche de cartón albergaba as balas del revólver que traía siempre Evan en su cinturón. Hoy, como hace una semana, no había salido de su casa, se sentía enfermo y con su orgullo mancillado, su esposa había salido desde temprano probablemente para abastecerse de víveres, así que se había quedado solo desde entonces, mirando por la ventana el andar lento y despreocupado de las nubes. No evitaba mucho pensar en sus problemas, siempre salían a flote, solo trataba de entender su propio lugar en el pueblo, su deber y sus anhelos. ¿Qué es lo que quería exactamente? ¿Cómo combatir sus propias angustias? Tanto cansancio le abrumaba, tantos problemas, cosas inexplicables y que se rehusaba a comprender, nada tenía sentido ¿Cómo puede un hombre de 96 kilos salir volando a través de una habitación como una almohada? Es como si todo lo que ha vivido, no significara nada, se sentía pequeño y viejo, tan disuelto en su propia rutina que ya ni sentía vivir, y se lo recordaba muy a menudo. Estaba cansado y harto de tanta locura.

   -“La locura es una bendición para los cuerdos“- Masculló mientras miraba su reflejo en la ventana, y el de alguien más a sus espaldas. Giró su costado con problemas y se encontró con la figura inmóvil de Abigail Rosenthal, o algo que lucía como ella.

   –Muy buenas tardes, capitán. ¿Cómo se encuentra hoy?

   -No deberías estar aquí niña. El superintendente me va a patear tan fuerte que no podré sentarme en un mes ¿Sabes lo complicado que sería eso? 

   -¿Se siente cansado? ¿Puedo hacer algo por usted?

   -Solo si pudieras retroceder el tiempo, antes de que comenzara todo esto. ¿Puedes hacer esa magia?

   -Me temo que no, mi señor.

   -Es una lástima. De verdad me habría encantado largarme de aquí hace tiempo. aunque tal vez no hubiera encontrado jamás este taburete ¿No crees? 

   -Tal vez hubiera encontrado uno peor. Uno nunca sabe.

   -Siempre fuiste demasiado optimista, Janelle…

   -Señor, Janelle es su esposa ¿Quiere verla? Puedo hacer que venga.

   -No estaría mal, siempre quise volverla a ver como cuando teníamos todo el tiempo para amarnos, en ese verano del ’26. Tan cálido y agradable…

   El viejo se quitó los zapatos y se levantó de la silla. Dejó caer el saco y se desabrochó los primeros botones de su camisa. Sentía la luz del sol golpear su cuerpo mientras caminaba de frente a Janelle, el viento daba brochazos en el pasto asemejando olas color esmeralda que bailaban a su alrededor. Se abrazaron tan fuerte que la noción del tiempo se había distorsionado, y la luz estaba congelada. Con su amada entre los brazos sonrió tan pacíficamente que olvidó todos sus problemas de pronto y comprendió su verdadera misión, y ya estaba cumplida. Nada más importaba, se sentía pleno. La efigie de Abigail miraba de frente al cuerpo de Evan Stern, dormido para siempre, con el periódico sobre sus piernas y una taza de café frío en la mesita de al lado. Todo se había vuelto muy silencioso, y no hubo ningún ruido hasta que se escucharon pasos en las escaleras del recibidor. Janelle jamás olvidaría la imagen de su esposo muerto, con tal expresión de paz en el rostro, como si simplemente se hubiera quedado dormido oyendo la radio. Pero esta vez ya no habría que volverlo a apagar para no despertarlo.

*

   Esa noche, Marcovick caminaba por el parque central tratando de encontrar un momento para despejar su mente, andaba cabizbajo y con las manos a la espalda. Dio vueltas minutos hasta que al levantar la mirada para ver la hora en el campanario de la iglesia notó algo extraño. Hasta arriba, sobre el arco de la campana se divisaba algo de pie, entrecerrando los ojos y esforzando la mirada observó que se trataba de una figura humana, de pie mirando rumbo al norte. A había sido reportado unos días antes por unos estudiantes, y otros ciudadanos que habían visto algo similar unas cuadras más abajo, sobre la biblioteca. De pronto, el cielo destelló en pequeñas centellas formando serpientes en el cielo que duró unos segundos, se escucharon gritos a lo lejos, precisamente rumbo al norte. Marcovick corrió en esa dirección hasta encontrarse con la vieja iglesia abandonada, la hasta entonces, guarida de Los Seis. Gente corría en sentido contrario y advirtieron al hombre que no se acercara. “¡Los muertos, Superintendente, los muertos se están levantando!“. Inusualmente incrédulo se acercó para comprobarlo, solo para encontrarse un paisaje casi onírico, una pesadilla nauseabunda que hizo enfriar su sudor. Las tumbas del camposanto estaban abiertas, explotadas desde adentro mientras en el cielo apuntaba una luz roja que señalaba el centro del cementerio, revelando una presencia enorme entre el humo, sostenía un hacha gigantezca y teñida de rojo, con una sonrisa demencial y una capucha negra como el odio mismo, de pie sobre una pila de esqueletos y cuerpos putrefactos se erguía el portador de la locura, Carnifex, el quinto, había llegado al pueblo y ya había cobrado tres víctimas. Marcovick temblaba de pánico al ver el ejecutor más sanguinario que jamás había existido. Sabía que todo llegaba a su fin, y mientras corría rumbo al cuartel se comunicaba por radio con los Hammers.

El Quinto ha llegado. La guerra comenzó“.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

•abril 7, 2015 • Dejar un comentario

XLVIII. La canción de la ausencia (ó cómo desaparecer durante el sueño).

   Frau Peimbert no había salido de su habitación en dos días, si bien, las calles se habían vuelto demasiado inseguras, en realidad no tenía necesidad de salir; todos sabían que otrora fue una diva del canto y que era una persona demasiado orgullosa, aunque amable y muy educada. Sin embargo el teatro del pueblo fue declarado en bancarrota así que ya no tenía sentido para ella salir a menos que fuera necesario, y aunque de vez en cuando se le escuchaba cantar o “ensayar” como diría ella, cada vez era más esporádico que los vecinos la oyeran. Hasta hace dos días que dejó al silencio apropiarse de su casa, no pasó mucho tiempo para que comenzaran los rumores. No tenía más familia en el pueblo, se conocía su ascendencia francesa y en realidad nadie sabía por qué fue a parar a ese lugar tan olvidado. Y el hecho de que no diera más señales alertó a todos, pero nadie hizo nada hasta hoy que se reportó ante las autoridades. Pero Stern seguía enfermo así que el reporte se transmitió al Superintendente Marcovick en persona, dadas las últimas desapariciones y asesinatos en el pueblo decidió tomar cartas en el asunto y envió un par de agentes a investigar. El departamento parecía estar en forma, sin señales de violencia, tampoco de Frau Peimbert, simplemente no estaba. Nadie la vio u oyó salir, vivía en el ultimo piso del edificio y todos escuchaban fácilmente su poderosa voz así como el movimiento en su piso y las escaleras viejas. Comenzaron las investigaciones, las cuales llevarían el resto de la tarde sin resultado alguno.

*

(Lo que en realidad sucedió, dos noches atrás)

   Frau Peimbert, se asombraba con el extraño espectáculo de luces encima de la Colina de los Vientos, los haces se movían, se doblaban y bailaban sobre sí mismos. Ya varias veces había observado el extraño fenómeno y en todas lo había visto acompañado de alguna tragedia al día siguiente, el último sucedió antes de la masacre en las universidad, y estaba segura que esas luces tenían algo que ver. Todo esa noche era extraño, no había eco en las noche y se sentía esa horrible sensación de tener tapados los oídos. Abrió las ventana para buscar un respiro, pero el aire era extrañamente tibio y seco, tan áspero que raspaba su delicada garganta; tomó la decisión de salir a pesar de todo y satisfacer su juicio así como su inusual curiosidad. Su pequeña estatura siempre la hacía utilizar botines y zapato alto, sus pasos eran cortos y firmes, caminando siempre con un contoneo característico de una diva, sin embargo, la atmósfera evitaba las correcta propagación del ruido, “Es como caminar sobre arena fina” pensaba mientras bajaba los escalones que solían ser ruidosos y endebles. Todo le parecía más un sueño, a tal grado que llegó a convencerse de que lo era, sobre todo al ver pasar esos extraños conejos púrpura corriendo con una figura geométrica detrás, dejando de rastro patrones vegetales de color ocre con café y espirales rojos de sombra. El cielo se disolvía en perspectivas circulares infinitas con prismas dorados girando sobre sí mismos. Frau Peimbert no comprendía lo que estaba pasando, a su alrededor se levantaban figuras oscuras, casi humanas y muy altas, uno de ellos se acercó lentamente a ella, portaba una llave cobriza en sus manos y se la ofreció: “La corte del solitario propaga el fuego del deseo sobre el manto de su noche, no existe descanso eterno, no hay luz en los portales ni detrás de los cedros.”  Ella tomó la llave en sus manos y continuó avanzando hasta llegar a un puente con arcos, en el río corrían caballos y el viento cargaba contra ella hasta disolverla en pequeñas partículas naranjas que se fueron volando hasta perderse sobre los bosques rojos del norte, justo encima de un castillo aparentemente construido con luz sólida.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

•marzo 16, 2015 • Dejar un comentario

XLVII. La séptima anomalía

 Mientras el hombre caminaba tranquilamente siguiendo los pasos firmes de Errem Strain, no pudo evitar percibir otra presencia en las inmediaciones; Leila se desplazaba silenciosamente sobre las copas de los árboles dando la impresión de serpentear en el aire, se mantenía lejos, pero vigilante. El veterano, confiado de sí mismo, sacó de su bolsillo una cigarrera de la cual tomó un puro largo y marrón y lo encendió; más tardó en prenderlo que lo que fue apagado por una ráfaga disparada por Leila, mientras agitaba sus siniestras alas negras. El hombre hizo un gesto y no se midió en reclamar.

 –Tu vileza… insulta al bosque… no lo provoques… humano.
 -¡Pero qué voz tan dulce tienes, querida! De acuerdo, es prudente seguir sus reglas en su juego. No sabía que tuvieran un lado tan sensible, sabiendo las atrocidades que han cometido, casi a la par de mi familia,aunque mucho mejor…
 -Hablas con veneno por saliva, mortal. El silencio genera una armonía pura con la naturaleza….– Murmuró Errem Strain, mientras se detenía mirando al claro del bosque. Un par de agentes de la Asamblea habían notado la presencia del hombre y se acercaron rápidamente. Errem se desvaneció rápidamente en el aire.
-¿Quién anda ahí? ¡Identifíquese!
 -¡Vaya, pero qué bajo ha caído la hospitalidad de la Asamblea! Desafortunadamente no deberían haberme visto. Ahora tendré que deshacerme de ustedes.– Empuñó su viejo revolver y apunto a la cabeza de uno, pero antes que pudiera apretar en gatillo Errem Strain reapareció frente al hombre y extendió los brazos provocando un ligero temblor en la tierra, disparando raíces desde abajo como látigos que atraparon a uno de los agentes y lo jalaron bajo tierra donde se escuchó tronar cada uno de sus huesos. El otro agente, aterrado, corrió de regreso buscando ayuda, pero fue interceptado por Leila quien primero se le abalanzó golpeándolo con sus piernas desnudas, al derribarlo, ella dio un salto y cayó sobre su pecho clavando sus filosas plumas hasta el fondo, atestándole brutales golpes y cuchilladas con sus alas varias veces hasta que el hombre dejó de gritar.
 -¡Maravilloso!… No cabe duda que sus habilidades están a la par de su leyenda, no me sorprende que cientos de cazadores y magos estén detrás de ustedes, sin duda sus favores serian de gran utilidad, empleados adecuadamente en el noble arte de la guerra.
 -Guarda tu ponzoña… saco de carne… haces mucho ruido… cumple tu parte… del contrato.- Exclamó Leila mientras se levantaba del charco de sangre, entonces regresó a los árboles. Las raíces de Errem tomaron lo que quedaba del hombre y lo enterraron lentamente para ocultar la evidencia.
Entiendo, no se preocupen por eso. Ustedes hagan su trabajo, yo haré el mio. Aunque debo decir que me hubiera gustado que me acercaran un poco más, estamos del otro lado del maldito pueblo ¡Con un demonio!.
 -“La tierra provee el pulso necesario para sacrificar al ciervo, pues el ciervo nace de la tierra, y es la tierra quien lo devora. El dolor de existir no se compara con las miserias de vivir por siempre, pues la recompensa vuelve obsoleta a la vida misma, porque no hay ganancia sin favores.”
 -Sí… cómo sea… (Sabía que debí traer más dinero).- El hombre avanzó con su mochila al hombre, caminando pacíficamente mientras Errem daba media vuelta regresando al bosque, luego de un rato aún sentía la mirada de Leila que lo vigilaba. “¿Cuántos habrán llegado ya? Él es el tercero… probablemente ya haya cuatro aquí. Me pregunto si la Otra ya se haya manifestado.” Pensaba el hombre mientras llegaba al área de las cosechas y los molinos.

*

 Christine yacía bajo un manzano mientras las nubes caminaban lentamente por el cielo. En sus manos sostenía una daga enredada en una tela bermeja con filos dorados, tenía una inscripción desconocida que le daba la impresión de ser algo muy antiguo. A lo lejos se escuchaba el cauce de un río y el viento chocaba contra las ramas del otero que le daba sombra. Temblorosamente se incorporó, aun con la daga en sus manos y caminó cuesta abajo hasta llegar al río donde se topó con un sombrero de paja que estaba tirado al borde del río, era viejo y parecía haber sido abandonado hace tiempo, insectos anidaban en su interior. Un sentimiento de nostalgia la invadió y las lágrimas que brotaron de sus ojos comenzaron a desbordar el río y en el viento se había detenido. La daga se le escapó de sus manos y cayó al agua. Una voz cálida y a la vez fuerte se escuchó desde adentro. “En tus entrañas sentirás el dolor de los seis caminos, y tras descubrir el séptimo paso despertarás el destino oculto dentro de tus palabras”.

Al abrir los ojos, Christine estaba sumergida en una tina de agua cálida mientras Nadia la miraba fijamente.
Encontré esto… hay un pensamiento adicional, uno apócrifo, un séptimo destino y solo yo puedo liberar su emblema.- La voz de Christine era frágil como la porcelana, su pequeño cuerpo blanco se desdoblaba descubriendo una daga entre sus brazos abrazada a su pecho. Nadia miró el objeto un momento, se levantó y le acercó una bata.
Acabas de expiar tu culpa. Ahora debes afrontar la responsabilidad de llevar contigo esa daga, pues es la llave para abrir los secretos que guarda esta casa. Levántate, vamos a prepararnos para el siguiente ritual.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•febrero 16, 2015 • Dejar un comentario

XLVI. El don sagrado.

   El hombre caminaba pesadamente entre la nieve a un ritmo que asemejaba una maquina de guerra francesa, con suficiente porte como para darse cuenta de su propia imponencia. No se preocupaba mucho por su apariencia, ese hombre había disfrutado grandes y vastos banquetes en el extranjero, incluso había recibido una condecoración por su servicio, era un hombre orgulloso de sí mismo. No solía pensar en su pasado pero siempre tenía la mente fijada en el presente, en realidad no le importaba mucho mirar al futuro “Es como perder el tiempo que ni siquiera ha llegado.” Pensaba mientras miraba con recelo las primeras luces en el horizonte. Un movimiento irregular y parecido a una centella se movía entre los setos y un pequeño tronco muerto que tenía ya dos años de haber caído ahí. Se detuvo y sacó de su bolsillo un revólver anticuado y cansado que apenas había podido sobrevivir la primera guerra mundial; alzó la mirada con dirección a su derecha cuando una visión aterradora y asombrosa se presentaba frente a él, bajó la mirada y echó mano a su bolsillo.

No te puedo mirar pero sé que estás ahí. Preséntate Injuriado, tengo más monedas que dar a cambio de un pequeño favor que debo pedirte.

   El hombre lanzó un par de monedas a los pies de Errem Strain mientras se inclinaba en reverencia, el Apóstol las levantó y examinó profundamente con sus profundos ojos vacíos, miró al hombre, miró de nuevo las monedas y las metió a su saco. Mecánicamente en movimientos entre cortados y estáticos dio media vuelta y encorvado comenzó a arrastrar los pies con un ritmo constante. El hombre no tuvo mejor oportunidad para entrar al pueblo.

*

-Francamente preferiría no ir, señor VanFleet. No creo que sea el momento indicado.

-¿Qué es lo que te detiene Abigail? ¿Acaso no te interesa conocer la verdad?

-La verdad es lo que es, y todos vamos a conocerla en su momento. Pero ahora no lo es. Por favor no vayamos, me asusta ese lugar, además ya hay dos ahí, no quiero saber qué pasará si se unen los otros dos que faltan.

-No entiendo. Hace unos momentos hasta te emocionaba la idea de tener que enfrentar a esos monstruos, y ahora te has acobardado.

-Yo tampoco lo entiendo. No recuerdo haber dicho tal cosa, yo no fui. Por favor suélteme o pediré ayuda. Estamos en el cuartel de la policía. No me obligue.

-¿Qué pasa contigo?  De un momento a otro cambiaste totalmente de actitud, como si…

-Como si fuera otra persona.

   Marcovick estaba de pie en el marco de la puerta mirando la escena tranquilamente. Al sorprenderse, Lucius soltó el brazo de Abigail quien trastabilló un poco hasta encontrase lo suficientemente cerca del sofá, para dejarse caer encima.

-¿Superintendente? No lo escuché llegar. ¿Qué hace aquí?

-Eso es lo que yo debería preguntarte Lucius.  ¿Por qué razón molestas a la señorita Rosenthal?

¿Lo sabe?…  ¿Quién es ella?

-“Ellas”, dirás. No sé de qué forma explicarlo para que me entiendas, pero creo que no tengo muchas alternativas. Abigail Rosenthal, como seguramente habrás ya descubierto, es descendiente de la otra familia fundadora. Cuando llegó aquí, según los reportes, era una chica silenciosa y más bien tímida, sin embargo, bajo emociones fuertes o incluso con una sorpresa cambiaba radicalmente de personalidad. Después de un estudio, por el cual fui llamado de vuelta al pueblo, era en parte para comprobar esto. Si Abigail era la verdadera descendiente, no solo nos encontrabamos ante un milagro, sino que aun era tiempo para ayudar a la niña si lo necesitara. Cuando llegué, pude comprobar su trastorno mental. Por eso no ha salido de aquí, ni puede hacerlo. Al menos hasta que la Asamblea lo autorice.

-¿Cómo pudo diagnosticar eso? ¿Personalidad múltiple? ¿En una niña? 

-Es comprensible, dado el infierno que ha vivido. No todos nacemos en un lecho de rosas como tú.

-Eso no tiene nada qué ver. Pero entonces, si una es Abigail ¿Quién es la otra?

-Cuando cambia, hemos visto dos patrones importantes; la parte pasiva es muy influenciable y es más cooperativa, pero la parte activa se mostraba más extrovertida y mucho más pasional, en éste estado es imposible dialogar con ella y por momentos hasta tiende a ser tétrica, mientras que la parte pasiva es más dulce y atenta. En lo que a mí respecta, las dos partes siguen siendo Abigail, o al menos eso creemos. No es nada fácil sobrellevar esto en un lugar tan pequeño ¿Sabes? La vida en el cuartel cambió por completo desde que llegó esta niña. Y después de todo lo que ha vivido, lo menos que podemos hacer por ella es cuidarla.

-No estoy muy seguro, pero lo comprendo. Dígame qué hacer. Estoy exhausto y demasiado asustado como para comprender qué está sucediendo aquí. ¿Qué tiene que ver la Asamblea con todo esto? ¿Qué es en realidad la Asamblea?

-Algo que dijo Abigail es cierto. Hay un tiempo para todo, Lucius, ella se va a quedar aquí hasta que la Asamblea lo autorice, y será entonces, muchacho, cuando encontrarás todas las respuestas que buscas.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•febrero 10, 2015 • Dejar un comentario

XLV. Reforestando un bosque con un retrato.

   Las calles eran tan frías como las mañanas de Enero, la desolación y el lamento habían pintado todas las casas de un color indescriptible, un gris quemado desgarrador que se encendía mientras la mirada de Lucius se posaba sobre las puertas, escritas con símbolos extraños en color bermejo, otras con madera cubriendo las ventanas, casi todo estaba cerrado y el viento maldecía los corredores de los que se había apropiado el invierno. Mientras caminaba rumbo al cuartel, intentaba recordar si Darla estaba segura, si había cerrado correctamente la puerta, si estaba haciendo lo correcto; entonces sintió un escalofrío que le helaba el espinazo, precisamente al percatarse que había pisado una mancha roja que parecía formar una silueta casi humana. Cuando finalmente llegó a su destino, agradeció al cielo que estuviera abierto, y sin dudarlo subió los escalones hasta postrarse frente al portón, dio una bocanada de aire provocando que una nube blancuzca de vapor le formara algo parecido a una mascara informe frente a su rostro. Golpeó la puerta un par de veces mientras la empujaba, anunciando su entrada, los oficiales, lejos de estar relajados estaban totalmente en silencio, también había agentes de la Asamblea presentes, con armas grandes y estorbosas, probablemente de origen ruso. Preguntó por el Capitán Stern pero nadie se atrevió a contestar, solo se escuchó el chillido de una puerta por la que apareció Abigail con un maletín lleno de papeles en sus manos, sonriendo amablemente como normalmente se le viera, de hecho, era la primera sonrisa que Lucius veía en días, y tenía que ser precisamente de ella. Eso le molestó.

El capitán, no está. No ha venido desde ayer en la mañana. Hablé a su casa, parece ser que ha enfermado y está en reposo total. El Superintendente Marcovick está fuera… ¿Necesitaba algo? Señor VanFleet.- Lucius ya se había hecho a la idea de que Abigail no representaba ninguna amenaza seria y en efecto se obligó a perdonarla hacía ya mucho tiempo atrás. Sin embargo la noticia le llegó inesperada.

Necesito hacerle unas preguntas. Pero creo que no va a ser posible. Aunque esta es una oportunidad muy afortunada. ¿Puedo conversar con usted a solas, señorita Rosenthal?

   Después de pasar a la oficina de Stern, Lucius se sentó en el sillón grande que descansaba frente a la ventana, Abigail se recargó en el escritorio de frente a él, dejó el maletín sobre el escritorio, se acomodó la falda mientras él entrelazaba sus manos y se apoyaba en sus rodillas los codos.

-¿Qué quería hablar conmigo, señor VanFleet?

-He estado platicando con Jon Meier acerca del pueblo. En particular sobre los fundadores, que aparentemente cargaban con una especie de maldición que los ha ido exterminando uno a uno. No sé que tan cierto sea esto, sin embargo es un hecho que tanto mis padres como los de Nadia Engelberg murieron en situaciones extrañas. El señor Meier tiene un retrato en su casa que fue hecho durante una reunión de los descendientes de los fundadores, no recuerdo a mis padres hablar sobre eso, lo único que sabemos es que portamos su apellido, nada más. Son dieciocho personas en total retratadas; solo el tío de Nadia acudió en representación de los Engelberg, están mis padres, mi tío y mis abuelos, la madre de Christine y su abuela; eso suman ocho personas, también están Evan Stern y su esposa, Nickolaus Marcovick y por supuesto Jon Meier, sumando a 12. También está el entonces capitán de la policía y el señor Hoffmann, que tengo entendido había sido el Superintendente anterior. 14. Sin embargo hay cuatro personas más. El Maestro me dijo que esos cuatro eran la otra familia fundadora con la que se perdió contacto, sin embargo sus registros aún permanecen intactos, ellos son Judith y su hermano Daniel, con sus padres, Deborah y Herschel Rosenthal. Judith es tu madre ¿No es así?

-…es muy perspicaz, señor VanFleet. En efecto, mi madre es Judith, mi padre fue un oficial Nazi apellidado Eilenburg, jamás supe su nombre, solo sé que además de ser una hija bastarda, mi madre decidió dejarme su propio apellido, criándome como su sobrina para evitar problemas. Para entonces, mi tío Daniel había sido asesinado por la Gestapo en Viena así que era la coartada perfecta. No supe en qué momento mi familia se fue de aquí, pero sé que tuvo que ver con la muerte de los demás fundadores y su aparente “maldición”. 

-Entonces fue como la madre de Christine, escaparon de aquí para evitar el mismo destino. Solo para enfrentarse a uno peor… aunque no sé si algo sea peor que esto. ¿En dónde vivían?

-No lo recuerdo muy bien, pero siempre estábamos moviéndonos, nunca nos quedábamos en un mismo lugar más de una semana, solo me acuerdo que mi madre se lamentaba de haberse ido de su pueblo natal “Ojalá no me hubiera ido” se decía constantemente. La pobre se lamentaba todos los días, no tengo ningún recuerdo alegre de ella. Cuando nos arrestaron, en el campo, un día le pregunté de dónde era y por qué se lamentaba. Sus indicaciones me trajeron hasta aquí después de escaparme. No me pregunte como lo hice, en realidad no lo sé, solo recuerdo caminar en la nieve día y noche en una dirección indefinida. Pero dentro de mí sabía que iba en buen sentido, como si una voz dentro de mi cabeza me indicara qué rumbo seguir, simplemente lo hacía. Entonces llegué a un granero donde sentí encontrar un descanso, lo siguiente que supe es que estaba en una celda aquí en la jefatura de policía.

-Lo lamento. A veces olvido que no soy el único que tiene problemas. Estaba tan molesto, sobre todo por el trabajo que me costó llenar esos sacos, que no me puse a pensar por lo que habías pasado. Te pido una disculpa. Pero dime, ¿El Capitán o el Superintendente saben de tí?

-No estoy muy segura. Pero el hecho de que no me hayan dejado salir de aquí aun después de cumplir con mi arresto me deja lugar a muchas dudas. ¿Recuerda lo que dijo Marcovick, aquella vez cuando asesinaron a los tutores de Christine? Dijo que le era curioso que estuviéramos los tres juntos en el despacho, pero el Capitán no pareció entender de qué hablaba. Para él, solo soy una coincidencia, a menos que se niegue a creer la verdad. Lo dudo.

-Ahora que lo mencionas, es verdad. Incluso a Nadia le sorprendió verme involucrado en el asunto con Christine. Contando a mi hermana, los cinco somos los últimos descendientes de las familias fundadoras. Y a juzgar por esa supuesta maldición, no me sorprendería que Los Seis estuvieran metidos en esto. ¿Sabes de qué hablo?

-Claro que sí, escucho todas las conversaciones entre el capitán y el superintendente. Esos monstruos parecen ser los responsables de todo, pero en realidad son solo vectores de un origen en común. Ellos son los que están malditos, no nosotros… o bueno, ustedes.

-No debes lamentarte a tí misma. Creí que odiabas eso de tu madre.

-Tal vez, pero aunque la detestaba, ella me enseñó que el sufrimiento, en efecto, es el poder de movimiento más fuerte que existe. Y dentro de mí sé lo que soy y lo que significo para ellos.

-(…)

-¿Sería curioso que todos nos reuniéramos, no cree? Solo imagínese que calamidad sucedería si nos enfrentáramos a ellos en nuestra condición. A veces siento que nací para esto. ¡Es muy emocionante!

-Yo no le llamaría emocionante. ¿Qué clase de actitud es esa?

~Katzenberg.

 
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