Mein Engel über den Himmel ~ V. “El fin del mundo”.

•diciembre 7, 2015 • Dejar un comentario

LV. Anamnesis – Tercera Parte: “Sobre el miedo y la inocencia”.

   -En la vida humana hay seis miedos esenciales; el miedo a la soledad, lo que nos impulsa a mejorar y nos hace relacionarnos entre nosotros; el miedo al olvido, la razón de fundar la institución familiar y establecer el legado; el miedo a desaparecer, la necesidad de sentirse querido y asegurar una inmortalidad; el miedo al rechazo, ese sentimiento sobrecogedor de sentirse al mismo nivel de quienes consideramos superiores; miedo a la miseria, ese egoísmo de querer vernos superiores a los demás; y por último, el miedo a la muerte, la suma de todos los miedos anteriores. Morir nos trae incertidumbre, nos da miedo, es eso desconocido que no podemos interpretar, no se nos está permitido hacerlo, pero ahí está, es parte de todo y no comprendemos.

   ¿Qué somos los humanos sino un paño roto en el viento? No somos más que aquel simio que le lanzaba rocas a la luna cuando la vio por primera vez sobre los cielos, así es la vida humana, simple y banal, comparado a todo lo que sucede en el universo, la mente humana es un mero suspiro en la historia arcana del mundo ¿Qué sabemos nosotros de la vida si todavía no terminamos de experimentarla? Por eso nunca terminamos de entenderla, y en eso se nos va el tiempo, luchando por asegurarnos de cumplir nuestra muerte idealizada. ¿Pero qué sucede si se interrumpe ese proceso? Si la muerte llega de forma inesperada y hostil. Es ese miedo ligado a la furia, a una lamentación, una esa pena irascible que nos reúne aquí hoy.

   En  eterna memoria entregamos el cuerpo de Julia Engelberg de regreso a la tierra madre. Porque es la tierra quien nos da de comer, solo para que en algún momento nosotros seamos su alimento. Despedimos a una noble esposa y cariñosa madre para que su recuerdo perdure en las generaciones hasta el juicio del último día. Cenizas a las cenizas, polvo al polvo. 

-(…los sacerdotes de la Asamblea siempre son tan arrogantes)

-Ya sabes cómo funciona la Asamblea y sus políticas neutras. Por cierto ¿Ya viste? La niña que está junto a Eric, lo toma de la mano como si fuera su padre.

-No sabía que los Engelberg tuvieran una hija. Tendrá unos cinco o seis años.

-Es muy extraño.

   La niña observaba a las personas murmurar mientras no ponía atención a lo que estaba sucediendo. ¿Qué podría saber? Los rituales adultos no eran algo que un pudiera o intentara comprender. Su madre ya no estaba y esa persona que la tomaba de la mano se sentía cada vez más responsabilizada de ser su padre. Para ella su familia era su mundo, dos personas eran su núcleo, y ahora una parte de su corazón ya no estaba, y sabía que lo mismo sucedía con su padre, el cual, siempre tuvo un vínculo más importante con su esposa, no con su hija ¿Por qué? No lo entendía, pero aún así se sentía obligada a quererlo y no le molestaba eso, solo que cada vez se esforzaba menos. Su padre, por su parte se encontraba destrozado y enojado. En su corazón reinaba la discordia y una furia inmensurable, él sabía quién era el culpable, pero no disponía de una evidencia más allá de su palabra para comprobarlo, y eso lo enfurecía.

*

(Un mes después…)

   Nadia fue jalada del el brazo por su padre y continuó caminando rápidamente tras de él, atravesaron el pasillo, luego las escaleras.- Tu madre murió por amor, nunca olvides eso Nadia, ella murió porque te amaba, yo también estoy en peligro– Continuaron avanzando hasta detenerse frente a la habitación de Nadia y entraron.

Siéntate, no tenemos mucho tiempo. Toma, este sobre contiene todo lo que necesitas saber de ahora en adelante. Mi testamento, una carta, tu acta de nacimiento y tu nombre verdadero (no se lo digas a nadie) y toma, mi diario, donde podrás aprender todo lo que yo sé ¡Mírame! Hija mía, te amo, tampoco olvides eso nunca. Espero algún día puedas entenderlo y me perdones.- Puso el sobre debajo de su almohada y le dio un beso en la frente.- Hija mía, se valiente, a partir de ahora esta casa te pertenece solo a tí, no dejes nunca que alguien intente convencerte de lo contrario. ¿De acuerdo?– Puso una llave pesada en sus pequeñas manos y se incorporó. –No salgas de aquí hasta mañana. Esconde todo lo que te di, solo tú debes tenerlo… Mi niña, tienes que ser muy valiente, cierra por dentro cuando me vaya.- Su voz se quebró y salió de la habitación, la miró un momento, como intentando conservar este momento para siempre, entonces cerró la puerta y empezó a caminar hasta que sus pasos se dejaron de escuchar. Nadia estaba confundida, no sabía lo que estaba sucediendo, la repentina reacción de su padre y su cariño le habían llegado por sorpresa, de alguna forma se sintió aliviada de saber que su padre sí la amaba, y aunque no entendía nada, sabía que tenía que hacer lo que él decía, así que cerró la puerta con llave, regresó a su cama y tomó el sobre y sacó unas hojas apergaminadas y comenzó a leer.

 “La razón por la cual no te dirigía la palabra es porque existe una superstición, la cual decía que una hembra que naciera en la familia sería la encargada de acabar con el linaje y sumergir la casa en tinieblas. Tu madre y yo jamás creímos en esa estúpida superstición, te amábamos desde que naciste y no tuvimos el valor para quitarte tu preciada vida. Pero mi familia te descubrió y ahora intentarán buscarte. Pero llevamos la ventaja, tu madre y yo sabíamos cómo protegerte, así que diseñamos un hechizo de contención para que nadie de mi familia pudiera entrar a la casa. Pero si alguna vez llegara a suceder, usa la llave que te dejé, abre la puerta de espejos que está en el sótano, ahí dentro encontrarás ayuda. Solamente si es necesario. Mientras tanto, solo hay tres personas en las que puedes creer, tu tío Jon, y mis amigos Evan Stern y Nickolaus Marcovick, confía en ellos y en nadie más, te apoyarán siempre.” Nadia dejó la carta en su cama, tomó la llave en sus manos y la contempló unos momentos. No entendía muy bien lo qué estaba sucediendo pero desde ese momento Nadia entendió que jamás saldría de su casa.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ V. “El fin del mundo”.

•diciembre 4, 2015 • Dejar un comentario

LIV. Anamnesis – Segunda Parte: “Sobre la inocencia y el miedo”.

   La niña estaba pensando sobre la oscuridad que la rodeaba, no entendía como algo tan intangible pudiera tener forma. ¿Por qué puedo atravesarla si se ve tan densa? Pensaba, mientras daba pequeños pasos en línea recta hacia adelante y tambaleándose ocasionalmente. ¿Por qué no tiene sonido la oscuridad? ¿Habrá algo viviendo ahí dentro? La niña continuó caminando agitando los brazos esperando pegarle accidentalmente a algo, pero no tocaba nada. ¿Por qué si se parece al agua no puedo nadar en ella? Optó por bajar los brazos y caminar mecánicamente, su mente divagó en otros temas y olvidó percatarse el camino que llevaba, hasta que en un momento recordó lo que estaba haciendo y se dio cuenta que ya no había rastro de luz visible detrás de ella, no había cadena de migajas que la llevara de vuelta por donde había venido. Entonces se sintó honestamente perdida, sin a dónde ir, sin de dónde venir. Pero no se sentía asustada, navegar a ciegas en un mundo de oscuridad no le parecía mala idea. Era como soñar, o como darse un baño, tendía mucho a relacionar la oscuridad con el agua. Recordaba la vez que encontró una gotera en el baño de abajo donde caía agua negra ocasionalmente, eran gotas aisladas que aparecían totalmente negras, como si alguien fuera pintándolas al momento de salir de la tubería, no hacían nada en particular, solo caían y se desvanecían; al cabo de un tiempo la tubería se arregló y jamás volvió a ver esas gotitas de agua negra. ¿Era así la oscuridad? ¿Líquida? ¿Y sí esas gotitas son la prueba definitiva de que la oscuridad es líquida? Pensaba que tal vez estaba haciendo un descubrimiento muy importante para la humanidad, pero antes de coronarse como la niña más inteligente del mundo tropezó con un mueble, el susto la desconcentró y olvidó lo que estaba pensando. Se agachó para sentir la forma de una silla de madera muy grande y polvosa, sí, tenía forma de silla y era muy grande. Al extender los brazos encontró lo que parecía sentirse como una puerta, no sabía si era de una habitación, de un ropero o un cajón, pero era una manija muy suave al tacto, de metal viejo maloliente por tantos años olvidado bajo una miserable capa de polvo inmóvil. Al girar la manija se escuchó tronar algo, el mecanismo interno de la puerta se reactivó después de muchos años recordando cómo era ser funcional, así que pesadamente, pero abrió. Un extraño olor a encerrado escapó al momento de abrirse y la niña tuvo mucha curiosidad de entrar, con mucho cuidado de no tropezar con algo más, en total oscuridad, en total y absoluta oscuridad. Al poner un pie dentro de lo que parecía ser una habitación se escuchó un crujido. Lo que estaba del otro lado de la habitación también se detuvo, se quedaron mirando entre sí sin saberlo. La niña avanzó unos pasos, con las manos enfrente y los ojos bien abiertos siguió caminando hasta encontrar algo que parecía sentirse como una tela muy pesada y gruesa.

-Me alegro mucho que llegaras.

-¿Quién eres?

-Eso no importa. Tus manos son muy cálidas, muchas gracias por estar aquí.

-¿Por qué? ¿Acaso me esperabas?

-De alguna manera sí, aunque no esperaba que tan pronto…

-¿Quieres que regrese en otra ocasión?

-No. Si sucedió ahorita hay que celebrarlo.

-¿Quién eres? ¿Te conozco? ¿Trabajas aquí?

-No mi niña, ninguna de esas preguntas tiene una respuesta positiva.

-¿Estás triste? Te escuchas triste.

-No mi niña, no estoy triste, al contrario, me encuentro muy feliz.

-¿Por qué?

-Porque si eres tú quien ha llegado aquí quiere decir que estás a salvo en este momento.

-¿A salvo de qué?

-Cuéntame tu miedo más grande.

-¿Mi miedo más grande? No lo sé, no lo he pensado.

-¿Cuál es tu miedo más grande?

-No lo sé, no lo he pensado.

-¿Es quedarte sola?

-No, me gusta estar sola, no hay nadie que me esté diciendo qué hacer.

-Eres fuerte, ahora realmente entiendo por qué estás aquí.

-¿Por qué?

-Porque tu estás destinada a algo muy grande en este mundo, mi niña.

-¿Y cuál es mi destino?

-Que nadie tenga qué decirte qué hacer.

   Hubo un silencio. La niña se sintió mareada, como si se estuviera cayendo dormida sin que así lo deseara, y sintió como si algo la agitara lentamente para hacerla caer de espaldas, apareció un dolor y perdió el conocimiento. Al abrir los ojos se encontró en una habitación conocida, era la suya, o al menos eso parecía. ¿Qué sucedió? ¿Fue un sueño? Se incorporó lentamente y sintió un dolorsillo en la nuca. No había sido un sueño, pero ya estaba en su habitación. ¿Qué sucedió? Al abrir la puerta percibió un escándalo que se apreciaba desde las escaleras, caminó hasta el borde del barandal y se quedó quieta mirando muchas personas corriendo y gritando mientras un espectro rojizo comenzó a hacerse negro debajo del cuerpo de su madre, quien miraba vacíamente hacia arriba, una mirada que jamás se volvería a cruzar con la de la niña. Entonces entendió que el dolor, el miedo, la oscuridad misma, existía, pero algo más aterrador que la oscuridad era su más grande miedo, a eventualmente irse quedando realmente sola.

 

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ V. “El fin del mundo”.

•octubre 12, 2015 • Dejar un comentario

LIII. Anamnesis – Primera Parte: “Sobre la inocencia y el asombro”.

   Un gato observaba en silencio mientras la mujer dejaba caer lentamente sus largos y dorados cabellos al suelo después de cepillarse constantemente frente al espejo, de vez en cuando quedaban flotando en el aire hasta que algo detuviera su trayecto. La luz atravesaba gentilmente las cortinas y construía haces de luz casi sólidos que adornaban la obscuridad adyacente de la habitación, una luz cálida y llena de esperanza, una felicidad interna que contagiaba de paz a cualquiera que tuviera la fortuna de despertar en esa condición. No era sino un gran placer recibir la vida de tal forma, tan solemne y esperanzada como una epopeya que duraba apenas unos minutos. El gato se arqueó elegantemente mientras se desperezaba, la vida le gustaba en esa casa y se sentía realmente atraído por el aroma de las personas que la habitaban. Era algo que nunca en otro lugar había sentido, ese placer inusual de convivir con humanos no era natural de su clan, pero a él no le importaba lo que los otros pensaran, estaba conforme incluso con el nombre absurdo que le había puesto la hija de la mujer. La nuña era una persona diminuta con cabellos rojizos y ojos felinos que nunca dejaba pasar una mañana sin que visitara a su madre frente al espejo, y hoy no era la excepción, pues había llegado, y el gato se levantó para saludar a esa extraña criatura que parecía siempre saber lo que estaba pensando. La niña siempre se presentaba tan jovial y llena de energía, atesorando cada momento que pasaba con su madre en calidad familiar íntima que no les importaba que el gato estuviera ahí; siempre alegres, siempre cumpliendo una rutina invariablemente adorable que el gato nunca se cansaba de mirar. La niña era diferente a todas las personas que vivían y habían vivido en esa casa, y no era el único que lo sabía, los demás gatos lo sabían así como el resto de las sombras que habitaban ahí, incluso los adimensionales estaban conscientes de lo que ocurría. El interés de todos ellos convergía en la niña, siempre en ella y estaban dispuestos a hacer lo que fuera por ayudarla, aunque no se los pidiera. Pero ese día había algo diferente, la calidad de luz, aunque era bella, se percibía distinta, como si la densidad de los fotones hubiera cambiado y eso siempre profetizaba malas noticias, así que mientras estuvo en la habitación, el gato no le quitó la vista a la niña.

   La niña había bajado corriendo por la escalera mientras esquivaba a la servidumbre que subía cuidadosamente, continuó corriendo hasta la cocina donde se recibía un hermoso aroma a pan recién hecho, dentro, los cocineros se movían al ritmo matutino, la niña robó un par de galletas que guardaría para después y salió caminando hacia el jardín trasero donde encontró a su padre sentado bajo la sombra de un árbol leyendo el diario mientras dejaba una taza de café sobre una mesita que descansaba a un lado de su banca, la otra silla era de su madre, pero normalmente la utilizaba en diferentes momentos del día, pocas veces coincidiendo con su esposo. Ese día el hombre había utilizado un terrón más de azúcar en su café, lo cual era inusual incluso para él. En el ambiente flotaba un molesto olor a anís que evitó que la niña saliera al jardín trasero así que decidió cambiar de rutina saliendo al frente. Triste por no haberse sentido cómoda para salir a saludar a su padre tomó un juego personal de no pisar las líneas del patio frontal, saltando mientras se le pasaba el asco. Odiaba el anís, y sobre todo el olor. Era algo que casi nadie sabía pero que era demasiado notorio como para ponerle atención. Por un momento sintió la mirada de alguien y volteó a su derecha mientras caminaba cabizbaja por haberse mareado, y al levantar la mirada notó que del otro lado de la reja había un chico de cabello opaco y ojos azules que estaba de pie frente a ella. Su padre siempre le había dicho que no se dejara ver por nadie fuera de la casa así que corrió a esconderse tras uno de los árboles y esperó unos minutos, en eso su mareo volvió y cerró los ojos. Pensó que si respiraba hondo se le pasaría, pero consiguió percibir un olor a lavanda que la tranquilizó por unos momentos y cuando abrió los ojos ya estaba más estable. El muchacho se había ido y en su lugar estaba algo que antes no estaba, una piedra blanca en forma de gota, era obvio que el chico la había dejado ahí por alguna razón. La niña tardó mucho tiempo en acercarse a la reja y cuidadosamente sacó la mano para recoger el extraño regalo y cuando la tuvo en sus manos pensó en el mundo exterior. Su primer contacto con alguien de fuera había sido aterrador, pero había culminado con un obsequio. Su mente se sintió tranquila y sacó una de las galletas para dejarla a cambio de la piedra, pero en eso escuchó su nombre a lo lejos. Su padre la miraba desde el arco de la puerta, entonces volvió, olvidando dejar su regalo para el extraño. No comentaría nada de lo que sucedió, pero sentía que algo había cambiado y no sabía cómo sentirse al respecto. Pasaría las siguientes horas pensando en lo ocurrido.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ V. “El fin del mundo”.

•agosto 5, 2015 • Dejar un comentario

LII. Convergencia.

“No le tengas lástima a los muertos,

tampoco a los vivos,

sino a los que están en medio.”

   Lucius terminó de arrancar su camioneta y aceleró con toda fuerza mientras las nubes terminaban de enmudecer el cielo. Las luces ya no bailaban, el ominoso rugir de las trompetas cesó y la lluvia estaba seca. A pesar de haber cesado el concierto infernal, aun se escuchaba actividad en el cielo, de vez en cuando se escapaba algún color travieso, otros momentos no había nada. El camino era oscuro y espeso, no había luz en las calles salvo el espectral y agónico resplandor de los faros de la camioneta, aunque de vez en cuando destellaban espectrales los candelabros de las personas que temblorosamente se aventuraban a salir de su casa y ver qué entendían. “Pero no hay nada que entender, no hay nada que ver, nadie a quien saludar y ningún lugar en dónde estar.” Pensaba Abigail mientras miraba por la ventanilla cómo corría un anciano por la calle mientras una sombra le perseguía de cerca. Darla lloraba en silencio después de ver como un hombre arrebataba una antorcha a una joven, quien cayó y contagió su falda con fuego, logrando encenderla toda mientras el hombre corría dejando atrás la fogata que lloraba a gritos. “Juro que no volveré a venderle jamón a ese hombre, aunque sea el mejor cliente. Dios mío ¿Por qué nos has abandonado?” Lucius no pensaba en nada más que en llegar, no miraba lo que pasaba a su alrededor, no quería hacerlo, porque si lo hacía, sabía que iba a colapsar. Seguía sin comprender todo lo que sucedía, pero estaba seguro que todos los involucrados tenían un propósito, incluso Darla, incluso Abigail. “Tal vez los demás también. Ese hombre, aquel niño. Todos tienen un propósito en el mundo, aunque solo sea venir a morir, esos son los más afortunados“. Creyó murmurar mientras confirmaba la distracción de sus pasajeras. Unos segundos después, disminuyó la velocidad, activando la curiosidad de su hermana.

-¿Qué sucede hermano?

Ya vamos a llegar, Darla. Niña, ¡despierta!– De momento el carro se detuvo.

-¿Hermano? 

-¿Ya llegamos? ¡Oow, huele horrible!

-Llegamos… pero estoy seguro que ese árbol no estaba ahí.– Las chicas dirigieron su mirada a donde señalaba Lucius, solo para notar que ese árbol, lo suficientemente frondoso como para pensar que ya tenía tiempo ahí, se encontraba en el medio del camino, obstruyendo naturalmente el paso.

¡Bájen rápido! Escuché gritar a alguien.

*

   -No existe mayor discriminación que no ser permitido entrar a su propia casa. Jovencita, “Nadia” ¿Me equivoco? Levanta el hechizo de contención por favor. Estás haciendo el ridículo.

   -¿Quiénes son “tus amigos”?

   -Regresé del extranjero hace apenas unos días y vengo a descubrir que mi pueblo natal se encontraba asediado nada menos que por Los Seis, y no solo eso, sino que también se encontraba activado un hechizo de contención independiente, tan fuerte que no pude romperlo yo mismo. ¡Necesitaba ayuda para entrar! Entonces hice un pacto con ellos, mis amigos, para poder entrar fácilmente, aunque no estoy del todo orgulloso de ello, he de aclarar.

   -¿Cómo pudiste? Eres miembro real de la familia Engelberg, no se supone que debas hacer tratos con el enemigo.

   -¿Cual fue el pacto con ellos?- Añadió Marcovick

   -Es muy sencillo, ellos me dejan entrar, yo les doy algo que quieren. Esto podría terminar con el conflicto.

   -¡No te atrevas! No voy a dejar que pongas un pie dentro de esta casa.– Agregó Nadia furiosa.

   -Es decepcionante. si acaso tuvieran una visión del mundo más… progresista, se darían cuenta que lo que hago es lo correcto. La familia no debe estar regida por una niña consentida. ¡Déjame entrar Impura! O haré que te arrepientas…

   La casa volvió a desplegar sus defensas, provocándole un malestar a todos afuera. Nadia detuvo el proceso dejando solo a Basil afectado, quien arrodillado vomitaba lo poco que le quedaba de saliva. Marcovick se acercó a él para arrestarlo, pero fueron interrumpidos por un golpeteo profundo y sordo; como un tambor de guerra sonando en la distancia, erizando la piel de Inka. A lo lejos un hacha gigantezca era arrastrada dejando una huella lineal profunda en el espacio que dejaban otras dos huellas pesadas, el sonido constante de los pasos y el arrastre del hacha se apreciaba más cerca hasta que llegó al primer espectro de luz, revelando una figura horrible que caminaba firme bajo la luz amarilla de las farolas, expidiendo un olor putrefacto y lo que parecía ser la sonrisa más horrible del mundo, mórbida y enfermiza, con los labios descarnados y escurriendo espesas tiras de sangre oscura casi sólida, la cabeza, cubierta hasta la mitad con una capucha puntiaguda negra con dos orificios que brillaban siniestramente mientras se acercaba a escasos metros de Inka, quien aun de espaldas miraba sobre su hombro la apocalíptica visión.

   –O Señor, ten piedad… !Es Carnifex! 

   Las peores pesadillas de Marcovick se volvían realidad. Siempre vio venir el terrible proceso en el que estaba a punto de intervenir, pues la cúspide de todo había llegado; La hora de decidir entre su peor miedo y la más horrible de las muertes. Sabía que ninguno de los presentes, incluso Nadia o Basil comprenderían el nivel tan indómito de miedo que sentía. Nadia miraba asombrada lo que sucedía desde dentro de la casa y solo veía un destello colear las copas de los árboles, sabía también que el momento había llegado y que tenía que comparecer. Basil se sorprendía a sí mismo sobre lo bien que había salido su plan, se sentía tan obscenamente orgulloso que casi sintió a Dios comiendo de su mano. La casa sabía que nunca antes se había generado tanta entropía como este momento en particular, y ella también sabía lo que eso significaba.

  A lo lejos unas luces de carro se apagaban y tres figuras se acercaban lentamente mientras Carnifex se apartaba a la derecha caminando varios pasos, al poco tiempo la luz de las farolas despejó el misterio de los caminantes revelando a Darla VanFleet caminando del brazo de su hermano y la pequeña figura de Abigail Rosenthal caminando detrás alegremente.

   -“Y el Señor los reunió a todo en un lugar que en hebreo se llama Armaggeddon.”

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ V. “El fin del mundo”.

•julio 1, 2015 • Dejar un comentario

LI. Las coordenadas más lejanas desde el Cielo.

 -…Sin duda regresar a la vida es un pasatiempo despreciable. ¿No es así jovencita? ¿O debo decirle señora? Porque no podría saber si eres menor o mayor que yo.

   -Inka es una Regeneradora honorable, jamás vería su don como algo de qué abusar. Ten más respeto.

   -¡Curioso! Alguien me dijo lo mismo hace poco. Pero no hablaré de ello, porque estoy frente a mi destino: la verdadera razón por la que estoy aquí.

   -¿Y por qué estás aquí?

   -Para reclamar mi lugar correspondiente en la familia, querida. Es hora de que la grandeza de los Engelberg se eleve una vez más hasta las nubes. ¡Tú! Niña de Eric, las reglas familiares señalan claramente que la cabeza de la mansión debe estar a cargo del miembro masculino más viejo vivo. Como podemos apreciar, este no es tu caso, mujer, sino el mío. Aquí tenemos de testigo a nuestro amigo Marcovick. ¿No es verdad Nick? ¿Que la familia Engelberg siempre se ha caracterizado por tener reglas y siempre cumplirlas inexorablemente?

   – Si, me temo que esa parte es verdad. Pero no es buena idea, y me parece que sabes a lo que me refiero.

   -Por supuesto que lo sé, si es precisamente por eso que he venido desde muy lejos. Cuando lo supe… cuando me enteré de la verdad acerca de Tierra Santa y lo que oculta el Castillo, mi corazón se sobrecogió por un poder casi tan destructivo como la felicidad, y pude, entonces comprobar que mi familia no era solo un puñado de viejos asustadoss aferrados a una tradición enfermiza, sino que todo resultó ser verdad. ¡Así es! Me dije, fue cierto y alabo la suerte por esta gran oportunidad, haré todo lo necesario para poder satisfacer mi propio delirio de grandeza.

Marcovick se quedó pensativo con la mirada puesta en el suelo. Los Hammers murmuraban entre ellos, mientras que Basil confrontaba a Nadia, quien parecía negarse a la posibilidad de que su tío siguiera vivo, además de las altas posibilidades de que pudiera tomar su lugar. Nadia sabía que eso tendría un efecto devastador no solo en la casa sino en todo lo demás. Ni Marcovick ni ella tenían intención de dejarlo entrar hasta que el viejo interrumpió.

   -¿No van a dejarme entrar verdad? Pues me temo que deberán considerarlo o de lo contrario “mis amigos” tendrán que intervenir y creanme, eso es mucho peor.

   -¿Qué?

*

Lucius se retiró de la ventana aún con Darla en sus brazos y se dirigií a Abigail, que jugaba torpemente con el piano.

 -Si lo que dices es verdad ¿Cómo podríamos colaborar con Engelberg? Si la intención es reunir a los último herederos en su casa, tendríamos que atravesar por un proceso bastante incómodo para siquiera pasar por la puerta. Lo sé, lo he vivido. Nadia no confía en mí, y la verdad es que eso no me importa, pero si de algo sirve lo que me propones, no tendré más remedio que llevarlo a cabo. Pero Darla viene conmigo, no voy a dejarla sola mientras el mundo se acaba.

   -Lo has tomado bastante bien. Eso me agrada ¿Sabes? Al principio pensé que no lograría convencerte y que te pondrías de cabeza dura de nuevo. Pero qué bueno que has entrado en razón ¡Admiro tu valor y responsabilidad!

   -Cuida tu sarcasmo niña. Una cosa es que tengamos los caminos cruzados y otra muy diferente a ser tu amigo, así que modera tu lenguaje conmigo cuando estés “cambiada”.

   -¿Entonces te agrada más mi otra yo? ¡Señor Lucius! No pensé que fuera esa clase de hombre.

   -Estoy empezando a detestarte.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

•mayo 20, 2015 • Dejar un comentario

L. Parábola

   Un rastro rojizo circundaba el viejo cementerio, dibujando una línea casi fantasmagórica a lo largo de las calles aledañas, como si fuera una fosa que separara un castillo de los invasores, no solo por la repugnante peste a sangre coagulada sino por el mismo terror que tal escena representaba. El silencio se había apropiado del pueblo, como si un velo de letargo mortal hubiera caído sobre la apática forma de vivir de todas las personas, una forma casi instintiva e indiferente como la pacífica vida de un otero. Ya no había actividad rutinaria, los habitantes solo salían cuando era de verdad necesario, y aún así lo dudaban. Por las noches sucedían cosas inexplicables y se agitaba mucho la actividad en los callejones, culminando invariablemente con un cuerpo cubierto por una sábana blanca por las mañanas. Pero el cuerpo de hoy era diferente, era un viejo dormido, como esperando ser tocado por los rayos del sol, Marcovick lo miraba de frente mientras pensaba un universo diferente cada segundo. “Murió tranquilo, solo se quedó dormido ¡Qué afortunado!” Se decía mientras sostenía el brazo de la viuda de Stern.

   -¿Qué voy a hacer, Nick? Cuando yo muera y llegue al cielo, y tenga que enfrentarme a mis pecados ¿Cómo le diré a Dios Padre que no pude darle santa sepultura a mi esposo?  ¿Con qué cara voy a verlo a él cuando esté ahí?

   -Evan murió en paz. Te aseguro que cuando se vuelvan a ver nada de esto importará y te recibirá con los brazos abiertos, exactamente como el día en que se casaron.- Janelle comenzó a sollozar en el hombro de Marcovick justo en el momento en que se prendía fuego al cuerpo de Stern. Y lo vieron consumirse hasta que el humo se volvía transparente. El Capitán era reconocido y querido por todo el pueblo, y aunque casi nadie acudió a su despedida, todos lamentaban su partida como si su escudo, su fortaleza se hubiera desprendido y caído al polvo. Jamás habían sentido tanto miedo. Y aunque Marcovick reforzaba sus unidades y había constantes batallas contra los Seis, también se sentía devastado, no solo se había ido un aliado, sino un viejo amigo, y eso es lo que más le dolía. Stern había estado ahí desde antes que Marcovick fuera elegido Superintendente, había visto sufrir al pueblo y le había dado fuerza y confianza para seguir adelante, convirtiéndose en el pilar más grande de la comunidad. Ahora todo estaba disperso, quebrado, caído. El humo se extinguía así como la presencia de las personas. El sol también desaparecía y nadie quería permanecer en el bosque entrada la noche, Marcovick acompañó a Janelle hasta su casa y dejó un par de agentes a su cuidado. Entonces regresó al cuartel donde se encontró con Abigail sentada en el escritorio del Capitán.

-Pudiste haber ido al funeral, tenías el permiso.

-No fue necesario ir. Además, ya he visto mucha gente ser cremada, y no siempre estaban muertos necesariamente.

-Lo lamento, no quise ser imprudente.

-No hay problema.

-¿Cuál es tu plan ahora? ¿Qué te gustaría hacer?.

-No lo sé. Pensaba ir a la casa Engelberg, pero no es buena idea, ya hay dos herederos ahí. Probablemente deba acuartelarme con los VanFleet. Pero no creo que me acepten tan fácilmente. ¿Qué me sugiere?

-No lo sé, en estos momentos no pienso con claridad. Sí sería buena idea contactar a Lucius, pero temo que es muy pronto. Necesito diseñar una estrategia. No podemos actuar irresponsablemente…– Marcovick fue interrumpido por una llamada de radio, era Shiratsu.

-“Jefe, Será mejor que venga ahora mismo.”

-Shiratsu ¿Qué sucede?

-“Apareció un viejo loco de pronto, burló toda nuestra seguridad y dice que va a entrar a la casa o algo así, lo detuvimos frente a la reja. Pero esto se pone incómodo.”

-Reténganlo lo más que puedan, voy para allá.- Marcovick se levantó, tomó su saco, revisó su arma y se echó unos cartuchos al bolsillo. Después de dar indicaciones a los agentes afuera regresó a la habitación.

-Probablemente no sea nada, pero si es lo que creo que es no tenemos mucho tiempo. Ve a la granja VanFleet y convéncelos de todo. Usa cualquier método para lograrlo, y partan rumbo a la casa Engelberg en cuanto puedan. […] Yo, Nickolaus Marcovick, con la autoridad que me corresponde como Superintendente y en representación de la Asamblea Saint para el Estudio y Regulación de lo Paranormal, libero los niveles de restricción absoluta, y autorizo la libertad de Abigail Rosenthal bajo palabra de servir a la Asamblea cuando esta se lo requiera. Que la gracia de los Ancestros esté contigo, Abigail, eres libre.

-¡Wuuuu! ¡Muchas gracias! ¡Esto se pone cada vez más emocionante!

-Deja de jugar y apresúrate.

-¡Sí señor!

*

   Frente a la mansión Engelberg, los Hammers interrogaban al extraño, lo tenían rodeado frente a la reja principal mientras esperaban la llegada de Marcovick. El hombre fumaba inmutablemente tranquilo mientras ignoraba las preguntas de Inka, quien había optado por apuntarle con su arma.

-Los modales de este pueblo han decaído bastante desde que me fui. Es una lástima volver a tu hogar y que todos te reciban con un arma. ¡Por Dios! ¿Dónde quedó la hospitalidad? ¡Qué horror!

-Hablas demasiado para no responder nada. Por última vez ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

-El peón no tiene por qué saber la razón de sus gobernantes.

-¿Disculpa? A tí no te debo nada. Será mejor que aclares esto o te vas a ganar un pase directo al otro mundo.

-Ya he estado ahí, es un lugar encantador.- Inka amartilló apuntando directo a la frente del hombre a quemaropa, sin percatarse de que este había puesto el cañón en el bajo abdómen de ella, abriendo fuego y lanzándola un par de metros hacia atrás, Shiratsu deslizó su Katana al cuello del agresor, Arabella también le apuntó mientras que Rika intentaba subyugarlo sin éxito. Arrogante, el viejo afirmaba que había sido en defensa propia, abriendo una discusión entre todos cada vez más fuerte que llegó al punto de sentirse innecesaria. La riña fue interrumpida por un impulso de energía proveniente de la casa, provocando un malestar general en todos. “Volvió a activar su modalidad defensiva.” Pensó Shiratsu mientras se agachaba nauseabundo.

-¿Qué rayos sucede?- Gritó Arabella mientras caía de rodillas con una mano en la boca.

-Es la casa, percibió peligro y nos ha atacado.

-No fue la casa muchacho, mira bien…- El viejo, aunque encorvado y débil miraba firmemente hacia adentro, dibujando una sonrisa sádica en su apergaminao rostro.- (Entonces es verdad, la hija pródiga sigue con vida, Eric, eres un cerdo traidor…)-

   Sobre el camino recto de piedra blanca, Nadia caminaba lentamente hacia la reja, dejando ver claramente su molestia. Al llegar se detuvo en seco mirando confundida la escena. Shiratsu mostró una reverencia que fue seguida por Arabella y Rika; el viejo comenzó a reirse ridiculizando la actitud de los Hammers.

-“No adorarás falsos íconos” Solía decirme mi padre. Estos tiempos se han desequilibrado. No queda ni la sombra de aquella penumbra que esta casa solía ser.- Nadia miró a los Hammers y después se dirigió al hombre. –Su presencia no es bienvenida, identifíquese, entonces se marchará de aquí.-

-¿Por qué habría de ser echado de mi propia casa? ¿Acaso tu madre no te enseñó buenos modales niña? Espera, creo que no tuvo mucho tiempo para eso…- En eso el automóvil de Marcovick se escuchó en la distancia, anunciando su llegada. La distracción sirvió para que los Hammers retomaran su posición de defensa mientras Nadia abría los brazos hacia el cielo.

    Mientras Marcovick caminaba rumbo a la casa advirtió una escena incomprensible, alguien estaba en el suelo, tres intentaban sujetar a alguien y Nadia Engelberg desplegaba un campo de protección. No eran buenas noticias, y mientras avanzaba fue creyendo más en su corazonada, hasta percatarse que estaba en lo cierto.

-¡Inquisidor Marcovick! ¡Qué gusto volverlo a ver… con vida!

-Interesante que aún lo recuerdes, pero ya no respondo a ese título. Aunque debo decir que me sería muy útil ahora mismo, verás, también estoy sorprendido de verte aquí, Basil Engelberg…

   El ambiente se atenuó de forma inesperada, volviendo a la normalidad la densa blasfemia que había sustituído al aire. Nadia bajó los brazos mientras una expresión de sorpresa invadía su pálido rostro, como si jamás hubiera experimentado semejante emoción, sus ojos bicolor resaltaban en la oscuridad de la noche como si fueran dos faros partiendo la marea nocturna del báltico. Estaba aterrada, un miembro varón de su familia había aparecido de pronto, y no era cualquier persona, sino el mismo hermano de su padre. Esto cambiaba las cosas radicalmente, y por primera vez, Nadia no sabía qué hacer o qué pensar, lo único que tenía por seguro es que debía tener miedo. Los Hammers se quedaron silenciosos tan solo escucharon el nombre del viejo viejo arrogante con el que acababan de pelear. Nadie dijo nada, nadie sabía qué decir. Solo en el fondo se escuchó un gemido muy débil y un arrastre en el polvo. Al voltear todos, se toparon con el cuerpo de Inka Heinemann levantándose del suelo torpemente.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (Cont.)

•abril 13, 2015 • Dejar un comentario

XLIX. Un lugar por otro.

   Stern descansaba sus pesadas piernas en el pequeño taburete que había comprado hace dos bazares de verano; la carpeta era roja con filos dorados, madera oscura y labrada con motivos florales tan alegres que evocaban la campiña francesa en los buenos días, aunque el relleno dejaba muchos dolores que padecer después de un rato. Junto al sillón, dormía una cómoda tan vieja como el mismo Evan, la recordaba desde pequeño, siempre tenía presente que es donde escondía su padre los cartuchos de su rifle, y que ahora, el mismo estuche de cartón albergaba as balas del revólver que traía siempre Evan en su cinturón. Hoy, como hace una semana, no había salido de su casa, se sentía enfermo y con su orgullo mancillado, su esposa había salido desde temprano probablemente para abastecerse de víveres, así que se había quedado solo desde entonces, mirando por la ventana el andar lento y despreocupado de las nubes. No evitaba mucho pensar en sus problemas, siempre salían a flote, solo trataba de entender su propio lugar en el pueblo, su deber y sus anhelos. ¿Qué es lo que quería exactamente? ¿Cómo combatir sus propias angustias? Tanto cansancio le abrumaba, tantos problemas, cosas inexplicables y que se rehusaba a comprender, nada tenía sentido ¿Cómo puede un hombre de 96 kilos salir volando a través de una habitación como una almohada? Es como si todo lo que ha vivido, no significara nada, se sentía pequeño y viejo, tan disuelto en su propia rutina que ya ni sentía vivir, y se lo recordaba muy a menudo. Estaba cansado y harto de tanta locura.

   -“La locura es una bendición para los cuerdos“- Masculló mientras miraba su reflejo en la ventana, y el de alguien más a sus espaldas. Giró su costado con problemas y se encontró con la figura inmóvil de Abigail Rosenthal, o algo que lucía como ella.

   –Muy buenas tardes, capitán. ¿Cómo se encuentra hoy?

   -No deberías estar aquí niña. El superintendente me va a patear tan fuerte que no podré sentarme en un mes ¿Sabes lo complicado que sería eso? 

   -¿Se siente cansado? ¿Puedo hacer algo por usted?

   -Solo si pudieras retroceder el tiempo, antes de que comenzara todo esto. ¿Puedes hacer esa magia?

   -Me temo que no, mi señor.

   -Es una lástima. De verdad me habría encantado largarme de aquí hace tiempo. aunque tal vez no hubiera encontrado jamás este taburete ¿No crees? 

   -Tal vez hubiera encontrado uno peor. Uno nunca sabe.

   -Siempre fuiste demasiado optimista, Janelle…

   -Señor, Janelle es su esposa ¿Quiere verla? Puedo hacer que venga.

   -No estaría mal, siempre quise volverla a ver como cuando teníamos todo el tiempo para amarnos, en ese verano del ’26. Tan cálido y agradable…

   El viejo se quitó los zapatos y se levantó de la silla. Dejó caer el saco y se desabrochó los primeros botones de su camisa. Sentía la luz del sol golpear su cuerpo mientras caminaba de frente a Janelle, el viento daba brochazos en el pasto asemejando olas color esmeralda que bailaban a su alrededor. Se abrazaron tan fuerte que la noción del tiempo se había distorsionado, y la luz estaba congelada. Con su amada entre los brazos sonrió tan pacíficamente que olvidó todos sus problemas de pronto y comprendió su verdadera misión, y ya estaba cumplida. Nada más importaba, se sentía pleno. La efigie de Abigail miraba de frente al cuerpo de Evan Stern, dormido para siempre, con el periódico sobre sus piernas y una taza de café frío en la mesita de al lado. Todo se había vuelto muy silencioso, y no hubo ningún ruido hasta que se escucharon pasos en las escaleras del recibidor. Janelle jamás olvidaría la imagen de su esposo muerto, con tal expresión de paz en el rostro, como si simplemente se hubiera quedado dormido oyendo la radio. Pero esta vez ya no habría que volverlo a apagar para no despertarlo.

*

   Esa noche, Marcovick caminaba por el parque central tratando de encontrar un momento para despejar su mente, andaba cabizbajo y con las manos a la espalda. Dio vueltas minutos hasta que al levantar la mirada para ver la hora en el campanario de la iglesia notó algo extraño. Hasta arriba, sobre el arco de la campana se divisaba algo de pie, entrecerrando los ojos y esforzando la mirada observó que se trataba de una figura humana, de pie mirando rumbo al norte. A había sido reportado unos días antes por unos estudiantes, y otros ciudadanos que habían visto algo similar unas cuadras más abajo, sobre la biblioteca. De pronto, el cielo destelló en pequeñas centellas formando serpientes en el cielo que duró unos segundos, se escucharon gritos a lo lejos, precisamente rumbo al norte. Marcovick corrió en esa dirección hasta encontrarse con la vieja iglesia abandonada, la hasta entonces, guarida de Los Seis. Gente corría en sentido contrario y advirtieron al hombre que no se acercara. “¡Los muertos, Superintendente, los muertos se están levantando!“. Inusualmente incrédulo se acercó para comprobarlo, solo para encontrarse un paisaje casi onírico, una pesadilla nauseabunda que hizo enfriar su sudor. Las tumbas del camposanto estaban abiertas, explotadas desde adentro mientras en el cielo apuntaba una luz roja que señalaba el centro del cementerio, revelando una presencia enorme entre el humo, sostenía un hacha gigantezca y teñida de rojo, con una sonrisa demencial y una capucha negra como el odio mismo, de pie sobre una pila de esqueletos y cuerpos putrefactos se erguía el portador de la locura, Carnifex, el quinto, había llegado al pueblo y ya había cobrado tres víctimas. Marcovick temblaba de pánico al ver el ejecutor más sanguinario que jamás había existido. Sabía que todo llegaba a su fin, y mientras corría rumbo al cuartel se comunicaba por radio con los Hammers.

El Quinto ha llegado. La guerra comenzó“.

~Katzenberg.