Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•febrero 16, 2015 • Dejar un comentario

XLVI. El don sagrado.

   El hombre caminaba pesadamente entre la nieve a un ritmo que asemejaba una maquina de guerra francesa, con suficiente porte como para darse cuenta de su propia imponencia. No se preocupaba mucho por su apariencia, ese hombre había disfrutado grandes y vastos banquetes en el extranjero, incluso había recibido una condecoración por su servicio, era un hombre orgulloso de sí mismo. No solía pensar en su pasado pero siempre tenía la mente fijada en el presente, en realidad no le importaba mucho mirar al futuro “Es como perder el tiempo que ni siquiera ha llegado.” Pensaba mientras miraba con recelo las primeras luces en el horizonte. Un movimiento irregular y parecido a una centella se movía entre los setos y un pequeño tronco muerto que tenía ya dos años de haber caído ahí. Se detuvo y sacó de su bolsillo un revólver anticuado y cansado que apenas había podido sobrevivir la primera guerra mundial; alzó la mirada con dirección a su derecha cuando una visión aterradora y asombrosa se presentaba frente a él, bajó la mirada y echó mano a su bolsillo.

-No te puedo mirar pero sé que estás ahí. Preséntate Injuriado, tengo más monedas que dar a cambio de un pequeño favor que debo pedirte.

   El hombre lanzó un par de monedas a los pies de Errem Strain mientras se inclinaba en reverencia, el Apóstol las levantó y examinó profundamente con sus profundos ojos vacíos, miró al hombre, miró de nuevo las monedas y las metió a su saco. Mecánicamente en movimientos entre cortados y estáticos dio media vuelta y encorvado comenzó a arrastrar los pies con un ritmo constante. El hombre no tuvo mejor oportunidad para entrar al pueblo.

*

-Francamente preferiría no ir, señor VanFleet. No creo que sea el momento indicado.

-¿Qué es lo que te detiene Abigail? ¿Acaso no te interesa conocer la verdad?

-La verdad es lo que es, y todos vamos a conocerla en su momento. Pero ahora no lo es. Por favor no vayamos, me asusta ese lugar, además ya hay dos ahí, no quiero saber qué pasará si se unen los otros dos que faltan.

-No entiendo. Hace unos momentos hasta te emocionaba la idea de tener que enfrentar a esos monstruos, y ahora te has acobardado.

-Yo tampoco lo entiendo. No recuerdo haber dicho tal cosa, yo no fui. Por favor suélteme o pediré ayuda. Estamos en el cuartel de la policía. No me obligue.

-¿Qué pasa contigo?  De un momento a otro cambiaste totalmente de actitud, como si…

-Como si fuera otra persona.

   Marcovick estaba de pie en el marco de la puerta mirando la escena tranquilamente. Al sorprenderse, Lucius soltó el brazo de Abigail quien trastabilló un poco hasta encontrase lo suficientemente cerca del sofá, para dejarse caer encima.

-¿Superintendente? No lo escuché llegar. ¿Qué hace aquí?

-Eso es lo que yo debería preguntarte Lucius.  ¿Por qué razón molestas a la señorita Rosenthal?

-¿Lo sabe?…  ¿Quién es ella?

-“Ellas”, dirás. No sé de qué forma explicarlo para que me entiendas, pero creo que no tengo muchas alternativas. Abigail Rosenthal, como seguramente habrás ya descubierto, es descendiente de la otra familia fundadora. Cuando llegó aquí, según los reportes, era una chica silenciosa y más bien tímida, sin embargo, bajo emociones fuertes o incluso con una sorpresa cambiaba radicalmente de personalidad. Después de un estudio, por el cual fui llamado de vuelta al pueblo, era en parte para comprobar esto. Si Abigail era la verdadera descendiente, no solo nos encontrabamos ante un milagro, sino que aun era tiempo para ayudar a la niña si lo necesitara. Cuando llegué, pude comprobar su trastorno mental. Por eso no ha salido de aquí, ni puede hacerlo. Al menos hasta que la Asamblea lo autorice.

-¿Cómo pudo diagnosticar eso? ¿Personalidad múltiple? ¿En una niña? 

-Es comprensible, dado el infierno que ha vivido. No todos nacemos en un lecho de rosas como tú.

-Eso no tiene nada qué ver. Pero entonces, si una es Abigail ¿Quién es la otra?

-Cuando cambia, hemos visto dos patrones importantes; la parte pasiva es muy influenciable y es más cooperativa, pero la parte activa se mostraba más extrovertida y mucho más pasional, en éste estado es imposible dialogar con ella y por momentos hasta tiende a ser tétrica, mientras que la parte pasiva es más dulce y atenta. En lo que a mí respecta, las dos partes siguen siendo Abigail, o al menos eso creemos. No es nada fácil sobrellevar esto en un lugar tan pequeño ¿Sabes? La vida en el cuartel cambió por completo desde que llegó esta niña. Y después de todo lo que ha vivido, lo menos que podemos hacer por ella es cuidarla.

-No estoy muy seguro, pero lo comprendo. Dígame qué hacer. Estoy exhausto y demasiado asustado como para comprender qué está sucediendo aquí. ¿Qué tiene que ver la Asamblea con todo esto? ¿Qué es en realidad la Asamblea?

-Algo que dijo Abigail es cierto. Hay un tiempo para todo, Lucius, ella se va a quedar aquí hasta que la Asamblea lo autorice, y será entonces, muchacho, cuando encontrarás todas las respuestas que buscas.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•febrero 10, 2015 • Dejar un comentario

XLV. Reforestando un bosque con un retrato.

   Las calles eran tan frías como las mañanas de Enero, la desolación y el lamento habían pintado todas las casas de un color indescriptible, un gris quemado desgarrador que se encendía mientras la mirada de Lucius se posaba sobre las puertas, escritas con símbolos extraños en color bermejo, otras con madera cubriendo las ventanas, casi todo estaba cerrado y el viento maldecía los corredores de los que se había apropiado el invierno. Mientras caminaba rumbo al cuartel, intentaba recordar si Darla estaba segura, si había cerrado correctamente la puerta, si estaba haciendo lo correcto; entonces sintió un escalofrío que le helaba el espinazo, precisamente al percatarse que había pisado una mancha roja que parecía formar una silueta casi humana. Cuando finalmente llegó a su destino, agradeció al cielo que estuviera abierto, y sin dudarlo subió los escalones hasta postrarse frente al portón, dio una bocanada de aire provocando que una nube blancuzca de vapor le formara algo parecido a una mascara informe frente a su rostro. Golpeó la puerta un par de veces mientras la empujaba, anunciando su entrada, los oficiales, lejos de estar relajados estaban totalmente en silencio, también había agentes de la Asamblea presentes, con armas grandes y estorbosas, probablemente de origen ruso. Preguntó por el Capitán Stern pero nadie se atrevió a contestar, solo se escuchó el chillido de una puerta por la que apareció Abigail con un maletín lleno de papeles en sus manos, sonriendo amablemente como normalmente se le viera, de hecho, era la primera sonrisa que Lucius veía en días, y tenía que ser precisamente de ella. Eso le molestó.

-El capitán, no está. No ha venido desde ayer en la mañana. Hablé a su casa, parece ser que ha enfermado y está en reposo total. El Superintendente Marcovick está fuera… ¿Necesitaba algo? Señor VanFleet.- Lucius ya se había hecho a la idea de que Abigail no representaba ninguna amenaza seria y en efecto se obligó a perdonarla hacía ya mucho tiempo atrás. Sin embargo la noticia le llegó inesperada.

-Necesito hacerle unas preguntas. Pero creo que no va a ser posible. Aunque esta es una oportunidad muy afortunada. ¿Puedo conversar con usted a solas, señorita Rosenthal?

   Después de pasar a la oficina de Stern, Lucius se sentó en el sillón grande que descansaba frente a la ventana, Abigail se recargó en el escritorio de frente a él, dejó el maletín sobre el escritorio, se acomodó la falda mientras él entrelazaba sus manos y se apoyaba en sus rodillas los codos.

-¿Qué quería hablar conmigo, señor VanFleet?

-He estado platicando con Jon Meier acerca del pueblo. En particular sobre los fundadores, que aparentemente cargaban con una especie de maldición que los ha ido exterminando uno a uno. No sé que tan cierto sea esto, sin embargo es un hecho que tanto mis padres como los de Nadia Engelberg murieron en situaciones extrañas. El señor Meier tiene un retrato en su casa que fue hecho durante una reunión de los descendientes de los fundadores, no recuerdo a mis padres hablar sobre eso, lo único que sabemos es que portamos su apellido, nada más. Son dieciocho personas en total retratadas; solo el tío de Nadia acudió en representación de los Engelberg, están mis padres, mi tío y mis abuelos, la madre de Christine y su abuela; eso suman ocho personas, también están Evan Stern y su esposa, Nickolaus Marcovick y por supuesto Jon Meier, sumando a 12. También está el entonces capitán de la policía y el señor Hoffmann, que tengo entendido había sido el Superintendente anterior. 14. Sin embargo hay cuatro personas más. El Maestro me dijo que esos cuatro eran la otra familia fundadora con la que se perdió contacto, sin embargo sus registros aún permanecen intactos, ellos son Judith y su hermano Daniel, con sus padres, Deborah y Herschel Rosenthal. Judith es tu madre ¿No es así?

-…es muy perspicaz, señor VanFleet. En efecto, mi madre es Judith, mi padre fue un oficial Nazi apellidado Eilenburg, jamás supe su nombre, solo sé que además de ser una hija bastarda, mi madre decidió dejarme su propio apellido, criándome como su sobrina para evitar problemas. Para entonces, mi tío Daniel había sido asesinado por la Gestapo en Viena así que era la coartada perfecta. No supe en qué momento mi familia se fue de aquí, pero sé que tuvo que ver con la muerte de los demás fundadores y su aparente “maldición”. 

-Entonces fue como la madre de Christine, escaparon de aquí para evitar el mismo destino. Solo para enfrentarse a uno peor… aunque no sé si algo sea peor que esto. ¿En dónde vivían?

-No lo recuerdo muy bien, pero siempre estábamos moviéndonos, nunca nos quedábamos en un mismo lugar más de una semana, solo me acuerdo que mi madre se lamentaba de haberse ido de su pueblo natal “Ojalá no me hubiera ido” se decía constantemente. La pobre se lamentaba todos los días, no tengo ningún recuerdo alegre de ella. Cuando nos arrestaron, en el campo, un día le pregunté de dónde era y por qué se lamentaba. Sus indicaciones me trajeron hasta aquí después de escaparme. No me pregunte como lo hice, en realidad no lo sé, solo recuerdo caminar en la nieve día y noche en una dirección indefinida. Pero dentro de mí sabía que iba en buen sentido, como si una voz dentro de mi cabeza me indicara qué rumbo seguir, simplemente lo hacía. Entonces llegué a un granero donde sentí encontrar un descanso, lo siguiente que supe es que estaba en una celda aquí en la jefatura de policía.

-Lo lamento. A veces olvido que no soy el único que tiene problemas. Estaba tan molesto, sobre todo por el trabajo que me costó llenar esos sacos, que no me puse a pensar por lo que habías pasado. Te pido una disculpa. Pero dime, ¿El Capitán o el Superintendente saben de tí?

-No estoy muy segura. Pero el hecho de que no me hayan dejado salir de aquí aun después de cumplir con mi arresto me deja lugar a muchas dudas. ¿Recuerda lo que dijo Marcovick, aquella vez cuando asesinaron a los tutores de Christine? Dijo que le era curioso que estuviéramos los tres juntos en el despacho, pero el Capitán no pareció entender de qué hablaba. Para él, solo soy una coincidencia, a menos que se niegue a creer la verdad. Lo dudo.

-Ahora que lo mencionas, es verdad. Incluso a Nadia le sorprendió verme involucrado en el asunto con Christine. Contando a mi hermana, los cinco somos los últimos descendientes de las familias fundadoras. Y a juzgar por esa supuesta maldición, no me sorprendería que Los Seis estuvieran metidos en esto. ¿Sabes de qué hablo?

-Claro que sí, escucho todas las conversaciones entre el capitán y el superintendente. Esos monstruos parecen ser los responsables de todo, pero en realidad son solo vectores de un origen en común. Ellos son los que están malditos, no nosotros… o bueno, ustedes.

-No debes lamentarte a tí misma. Creí que odiabas eso de tu madre.

-Tal vez, pero aunque la detestaba, ella me enseñó que el sufrimiento, en efecto, es el poder de movimiento más fuerte que existe. Y dentro de mí sé lo que soy y lo que significo para ellos.

-(…)

-¿Sería curioso que todos nos reuniéramos, no cree? Solo imagínese que calamidad sucedería si nos enfrentáramos a ellos en nuestra condición. A veces siento que nací para esto. ¡Es muy emocionante!

-Yo no le llamaría emocionante. ¿Qué clase de actitud es esa?

~Katzenberg.

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•enero 2, 2015 • Dejar un comentario

XLIV. Escrito el pecado en la piel.

   La presencia de los Seis comenzaba a ser del dominio público, todos los reportes extraños y relatos fantásticos que hablaba la gente corrían por las calles de tal manera que incluso los agentes de la Asamblea no podían retenerlos, aún entre ellos, porque a su vez sabían que faltaban dos por llegar, y eso les preocupaba; habían pasado ya dos semanas desde el último incidente con Shair y todo, aunque tenso comenzaba a estabilizarse. Sin embargo dos días antes se había reportado una extraña actividad de luces fétidas sobre el otro lado del valle, justo como la última vez pero nadia había ido a investigar; la guerra se acercaba y todos temían lo peor: por un lado el terror interno sobrenatural que asechaba dentro del pueblo y por otro lado la locura de enfrentar una guerra a escala mundial. El pueblo había sido fundado como un santuario políticamente neutral protegido por la Asamblea, siendo asignado el superintendente Marcovick para hacerse cargo de la administración de la “reserva”, aunque eso no evitaba que las personas se sintieran inseguras a pesar del Toque de Queda y la constante marcha de fuerzas especiales. Por otro lado los Hammers se habían visto ya enfrentados con Leila y Errem, logrando ahuyentarlos de la Colina de los Vientos en distintas ocasiones, provocando las sospechas de Inka y Shiratsu sobre sus interés en la mansión Engelberg- “Es como si quisieran entrar a la fuerza“. Casi no podían dormir y el horrible clamor nocturno del viento golpeando los árboles no ayudaba. Por momentos sentían deseos de abandonar, ya que esa extraña sensación nauseabunda que los acosaba cada que se acercaban demasiado a la casa era cada vez más fuerte. Pero tenían ordenes de permanecer ahí a toda costa y finalmente no tenían muchas opciones. Sabían que la casa era peligrosa, y dada su inusual protección sentían al mismo tiempo una gran curiosidad de siquiera conocer a quien vivía ahí dentro. “La última descendiente de su estirpe, de esa horrible familia…” De repente, se escuchó a lo lejos un grito de una mujer, proviniendo desde dentro de la casa, todos dejaron sus puestos para mirar fijamente como sobre la colina se extendía un haz de luz que se doblaba sobre sí mismo.

*

   Hacía mucho tiempo que Nadia no subía a esas salas oscuras y olvidadas, iba acompañada de una vieja polilla que terminaría perdiéndose más tarde, indudablemente para encontrar su muerte en total oscuridad. Tras caminar unos minutos encontró en el suelo el cuerpo de Christine; estaba inconsciente y con la ropa rasgada; después de comprobar su respiración, la levantó cuidadosamente entre sus brazos y la llevó cargando hasta su habitación, su cuerpo era sorprendentemente liviano y no le costó mucho esfuerzo colocarla en su cama. Después de contemplarla unos momentos descubrió que en su piel había unas marcas rojizas y al seguir explorándolas hizo una mueca, decidió entonces investigar más. Lentamente le quitó lo que quedaba de ropa notando que las marcas parecían ser más letras que rasguños y eso comenzó a preocuparle. Entre murmullos Nadia escuchó decir a Christine que había visto algo. “Mis instrucciones fueron claras, y desobedeciste sin pensar en las consecuencias, guarda silencio, te preparé un baño caliente.” Se levantó dejando a Christine recostada en su cama, vestida solamente con la luz que entraba suavemente por la ventana. Y con los ojos entrecerrados notó una presencia extraña dentro de la habitación, de pie justo al lado de Nadia. “Me ha seguido hasta aquí… ¿quién es?

-Es tu castigo por haber tomado la decisión incorrecta.- Dijo Nadia molesta mientras abría la llave de agua caliente. -Pero no hay pecado imperdonable, ahora relájate, voy a arreglar esto.

~Katzenberg.

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•noviembre 25, 2014 • Dejar un comentario

XLIII. El libro y el hexágono.

  Lucius llevaba sentado ya quince minutos antes de atreverse a preguntar algo, sus palabras se entrecortaban y no encontraba el modo adecuado de entrevistar al viejo Meier, quien de alguna manera ya se anticipaba lo que venía, y tal era su perspicacia que incluso se había tomado la libertad de buscar previamente algunos documentos que justificaran lo que sea que intentara explicar.

-¿Sabe? No me fue sencillo venir hasta aquí. Escabullirme en el Toque de Queda resultó ser más complicado de lo que esperaba, aunque debo decir que el principal obstáculo fue mi hermana; desde aquel incidente en el granero ya no ha sido la misma. No ha salido de la casa para nada y solo se la pasa rezando o leyendo la Biblia. Me preocupa demasiado, lo que dice que vio no es fácil de explicar. ¿Un Espantapájaros andante? Al principio dijo que se trataba de un viejo vagabundo pervertido que la acosó en el granero, pero ha ido cambiando la versión ¿Qué cree que haya sido, señor Meier? ¿Será uno de esos Intrusos, de los que han hablado?- Meier encogió los hombros y luego de un descanso tomó en sus manos un viejo y pesado libro sobre la mesa, tan cubierto de polvo que ni siquiera de podía distinguir el diseño de la portada, sus hojas eran apergaminadas, amarillas y frágiles.

-Todo lo que necesitas saber, muchacho. Está en este libro. Esos Intrusos que nombras son el reflejo de la calamidad misma,aunque nosotros los llamamos…

-Los Seis. Escuché que Nadia se refirió a ellos de esa forma. Marcovick lo confirmó de alguna manera ¿Quiénes son ellos? ¿O qué son? Dígame.

-Los Seis Apóstoles de la Destrucción, normalmente conocidos como Los Seis. Dime algo, muchacho ¿Crees en Espíritus, Demonios u otros seres sobrenaturales?

-No solía hacerlo, pero desde que vi esa extraña criatura, aquella noche de las luces, ya no estoy muy seguro…

-Bueno, Los Seis son algo así como el Santo Grial de todos los cazarrecompenzas, La Asamblea misma ha estado persiguiéndolos desde la Edad Media. No se sabe con exactitud su naturaleza, ya que su origen se remonta a varias leyendas e historias arcanas de diferentes religiones y tradiciones orales, que puestas a comparación, coinciden en que son entidades muy antiguas, probablemente malditas y al mismo tiempo, demasiado poderosas. Los mitos dicen muchas cosas sobre ellos, a veces llegando a contradecirse demasiado. Lo único que se sabe realmente es que son Seis y siempre van acompañados del caos y el mal augurio por donde sea que pasen.- Meier abrió el enorme libro que tenía enfrente, y estuvo buscando durante unos minutos hasta que al encontrar lo que necesitaba, le hizo una seña a Lucius para que se acercara, le mostró una ilustración descolorida pero intrigante: una figura hexagonal rodeada por seis figuras triangulares que aparentaban ser humanas, con las manos dirigidas a la figura principal. Dentro del hexágono central estaban unas runas indescifrables sobre la cabeza de lo que también parecía ser una persona en una posición muy dramática. Los triángulos descansaban 3 a la derecha y 3 a la izquierda, sobre el hexágono había otras runas y en la parte de abajo otra figura de similar apariencia a los tres triángulos solo que invertida y con las manos hacia los lados. El resto de la imagen era confuso, colores pardos y letras extrañas. En el pie de la imagen decía “Fig.1 “Descripción temprana del Ritual de Sanación de los Seis Apóstoles de la Destrucción.

-“Ritual de Sanación”… ¿A qué se refiere con eso? No entiendo mucho pero me imagino que estas seis figuritas son nuestros Apósoles ¿Pero las otras dos? La del centro y la de abajo… 

-No estoy seguro, las runas son antiguas y no he traducido todo el texto, pero por lo que entendí, Los Seis están interesados en esta figura central, tratando de liberarlo. Parece ser que esa persona o entidad es de suma importancia para ellos, y probablemente se encuentre en algún lugar de este valle, por eso es que están aquí.De la figura inferior no estoy seguro de qué represente, tal vez un sacrificio o simplemente algún hechizo. Lo que sea que sea, es algo peligroso, Lucius. Y temo decir que el peligro está más cerca de lo que creemos.

~Katzenberg.

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•octubre 12, 2014 • Dejar un comentario

XLII. Los caminos vigilados por la soledad.

   Los pasillos eran oscuros y pesados, largos, con sombras casi tangibles que caminar a través de ellos daba la apariencia de abismos laterales, agujeros infinitos que más que intimidar, alentaban al caminante a seguir avanzando rumbo a lo desconocido. Así era la casa: un enorme abismo sin final donde no se sentía el caminar el tiempo; los días eran igual que las noches, nada se diferenciaba. No había relojes ni espejos, por lo menos en las partes donde Christine había estado paseando los últimos días. Hasta ahora decidió acatar las indicaciones que le había dado Nadia, sobre no visitar ciertos lugares, sin embargo hoy en la mañana, siguiendo el rastro de una polilla, (tal vez, también víctima del aburrimiento) fue guiada por caminos extraños, por escaleras sin frecuentar, por alas que jamás se imaginó hasta llegar a un portón grande y pesado, de ébano y tan polvoso que era fácil imaginarse que probablemente hubiese estado cerrado por más de veinte años. ¿Qué habría detrás? ¿Llevaría a más salas oscuras y olvidadas? ¿O tal vez llegaría a un espacio totalmente nuevo y sin explorar? Sentía la oscuridad acariciar su cuerpo, como manos formadas por polvo y sombras, por suspiros ocasionales desde el otro lado del pasillo, de aquellas voces tibias que rozaban su cuello como brisas amables en una mañana de invierno. “No continúes. No sigas adelante. Regresa.” Sus manos se posaban sobre la puerta y empujaba. “Regresa. No entres.” El gemido grave y angustioso de la madera moviéndose por primera vez en años. “No vayas. Vuelve.” Sus pasos avanzaban hacia una fuente de luz débil y borrosa, al final de un cuarto que se dividía en pequeñas fracciones. Al cruzar la puerta, la luz se había ido y la habitación se había cerrado. No había oscuridad más incomoda que la que se sentía ahí dentro.

*

   El rastro de muertos que había dejado Maija Shair llevó a Marcovick hasta los lugares más alejados del pueblo, pasando incluso los graneros donde se le ha visto desde hace dos días. Después del cementerio, Shair volvió a atacar a una familia en los bordes exteriores, donde volvió entrar en contacto con Marcovick, esta vez sin Stern, logrando perseguirle indefinidamente por el bosque. Él estaba consciente que era parte de un juego, como una cacería de un gato y un ratón. ¿Pero quién era quién? Se preguntaba mientras caminaba en la espesura del bosque, totalmente alerta de la constante presencia de Leila sobre su cabeza. Sí, definitivamente era un juego, y eso le molestaba demasiado.

   Cuando levantó el acta sobre lo sucedido en la iglesia, llegó a la conclusión de que la entidad que había poseído el edificio no podía ser nadie más que Halitus, el Tercero “Se comporta como un Poltergeist, toma lugares y se adueña de ellos hasta que termina consumiendo toda la energía local, entonces se va.” Con sus métodos actuales le era prácticamente imposible hacerle frente y aunque los Hammers tenían los medios para hacerlo, prefería mantenerlos cerca de la casa Engelberg. Ya antes tuvieron un susto con Errem Strain quien había estando asechando desde lejos en la colina. La situación no podía ser más tensa, especialmente estando solo, ya que el Capitán había enfermado repentinamente luego del ataque “Su único mal es la melancolía provocada por la edad, realmente amaba ese automóvil.” Sentía compasión por su viejo amigo, dejándolo descansar unos días mientras continuaba con la investigación. Aunque sabía cuatro de los Seis se habían revelado, cada día se preocupaba más, de hecho, le aterraba pensar en qué momento llegarían los últimos dos y todo lo que eso conllevaba. Era un pensamiento atroz que le enfriaba las manos.

   El rastro de había perdido una vez más, no tuvieron más remedio que regresar al cuartel donde Abigail les esperaba con una taza de café para todos, sonriendo cálidamente como si no pasara nada en el mundo. Automáticamente Marcovick sintió alivio al verla, su presencia siempre anunciaba unos momentos seguros de paz y probablemente algo de cordura.

-Veo que ya te has adaptado muy bien a este lugar. Debe ser un poco complicado ¿Sabes? Estamos pasando por momentos muy difíciles, quiero imaginar que sabes a lo que me refiero.

-Por supuesto que lo sé, mi señor. Precisamente es por eso que estoy aquí. 

~Katzenberg.

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•septiembre 29, 2014 • Dejar un comentario

XLI. Clímax (ó Los primeros pensamientos antes de despertar.)

   Marcovick había recibido una notificación a muy tempranas horas de la madrugada: uno de sus agentes afirmaba haber encontrado la pista de Maija Shair, parece que se estaba refugiando en la iglesia norte. “No podría ser otro lugar” Pensó para sí mismo cuando se levantaba y calzaba sus botas. Hacía dos días, frente a su puerta se presentaron Lucius y Darla VanFleet acompañados de Stern; uno de Los Seis atacó la granja familiar y asedió a Darla en el granero. “Su nombre es Errem Strain, por lo que sabemos fue el segundo en llegar, leñadores y otras personas habían reportado su presencia desde hace un par de meses.” La primera en llegar había sido Leila, quien aparentemente había sido la responsable de todas las matanzas que sucedieron a mediados de Enero, ahora tres meses después se le había vuelto a ver por las noches rondando el pueblo, los Hammers confirmaron su presencia dos noches atrás. “Estamos muy cerca” Pensaba Marcovick mientras corría por un callejón con su revólver enfundado “Demasiado cerca, y me preocupa“.

   Stern se había adelantado a la iglesia, estacionándose frente a la entrada para dar un vistazo previo en lo que llegaban Marcovick y sus hombres. No tardaría mucho tiempo hasta que el hombre llegara al sitio, no parecía cansado después de haber corrido por el empedrado en la madrugada, su espíritu y vitalidad se veían reflejados en su increíble fortaleza. Después de reportarse y solicitar apoyo estratégico, formó a sus agentes y policías alrededor del recinto para vigilancia mientras que Marcovick y Stern, armados, entraban por el portón principal acompañados de otros tres agentes. Aún estaba oscuro y la poca luz nocturna que se colaba por los ventanales daba una atmósfera fría y tenebrosa. El polvo bailaba entre los haces de luz y pequeñas nubes marrón se expandían y contraían de vez en cuando sobre todo en las esquinas, confundiendo a los hombres. El lugar no era muy grande, solo una pequeña nave en forma de cruz de unos diez metros de largo con un par de habitaciones aledañas y otro puñado de oficinas al fondo. El ambiente casi barroco nublaba el pensamiento de los hombres, era la única iglesia católica en el pueblo y había quedado abandonada después de haber registrado varios fenómenos extraños unas semanas atrás. Mientras caminaban explorando el lugar se escucharon dos golpeteos en el fondo y uno de los agentes observó movimiento detrás de uno de los altares “Definitivamente hay algo aquí“. De pronto, Stern dio un paso atrás y con su candil iluminó al frente suyo: un rastro rojo se desplazaba por detrás del retablo, al seguir ese camino de sangre y detrás de una cruz gigante encontraron los restos de una persona, rodeada por latas y cobijas sucias. “Maldición, es Heinrich Poppe.” Pensó para sí mismo Marcovick mientras que el Capitán confirmaba su corazonada. El pobre hombre había sido degollado y acuchillado varias veces por todo el cuerpo, estaba desnudo y carecía de genitales “Fue la tajada en el cuello lo que lo mató” observando las demás heridas aparentemente hechas Postmortem. Como no había forense a vista calcularon que había sido hace unas pocas horas, tal vez cuando se dio el reporte. Stern subió la mirada luego de sentir movimiento del otro lado de la cruz, Marcovick se levantó apuntando con su arma, todos hicieron lo mismo.

-¡Pero qué grupo de hombres tan apuestos! Por favor trátenme bien, puedo con todos ustedes, cerditos.

-¡Detente ahí Yelena! ¿ó debo decir Maija Shair?

-¡Vaya! Es extraño, yo no los conozco y ustedes sí a mí ¿Ya soy tan famosa? … ¿Quieren esto? ¡Vengan por mí, queridos!- Gritó mirando al techo mientras se levantaba la falda moviéndose burlonamente, provocando a los hombres.

-Guarda silencio, maleficio. Estás en desventaja y te tenemos rodeada. No intentes ninguna estupidez.

-Cerdos, ¿Acaso creen que una señorita enfrentaría sola a cinco hombres fornidos? Eres un pervertido...-  En eso Maija agitó su cola entre sus piernas y dejó ver un par de cuernos de carnero en sus sienes, se mojó los labios y comenzó a correr hacia la salida. seguida por Marcovick. El portón se cerró detrás de ella, sorprendiendo a Marcovick mientras algo lo golpeó fuertemente en el pecho derribándolo de espaldas. Uno de los agentes fue jalado por detrás hacia la pared y fue lanzado al otro extremo. Comenzaron los disparos. Stern ayudó a Marcovick a incorporarse mientras enfrente de ellos se materializó un rostro que emergía desde la puerta, una cara blanca y larga, casi sin facciones con una expresión siniestra. La iglesia temblaba y uno a uno los hombres fueron cayendo, uno fue lanzado al techo para luego caer rompiéndose el cuello mientras que el otro fue embestido por una nube de polvo y lanzado bajo el altar, golpeándose la cara con la cruz que le cayera encima unos segundos después. Tres hombres muertos en menos de cinco minutos. Stern y Marcovick corrieron hacia la ventana que había roto Poppe y lograron escabullirse afuera mientras escuchaban a lo lejos la risa psicótica de Maija; al levantar la mirada la vieron de pie frente a ellos y sobre una lápida apuntó con su rifle al automóvil de Stern, haciéndolo estallar luego de dispararle al tanque se combustible.

-¡Vengan por mí, bolsas de carne! A menos que tengan problemas para “levantarse”. No se preocupen, he estado con viejos más decrépitos que ustedes, y también he podido con todos. Síganme si pueden ¡Cerdos, cerditos, cerditos pequeños al matadero!- Los agentes y policías comenzaron a dispararle mientras ella retribuía disparando al azar casi bailando y escondiéndose detrás de las tumbas. La escena dantesca de una jovencita jugando a la muerte con hombres experimentados en combate mientras su preciado automóvil se incendiaba parecía estar ocurriendo lentamente en la cabeza de Stern. “¡Vayámonos de aquí!” Los hombres caían mientras la despiadada asesina era perseguida por los callejones que rodeaban la calle. “Todos están muertos, capitán”. Siete oficiales y tres agentes yacían en la calle y en el cementario mientras otros dos hombres aún perseguían a la agresora por los los oscuros recovecos del pueblo. Se escuchaban disparos a lo lejos, al cabo de unos minutos todo era silencioso. Stern se incorporó mientras miraba su amado automóvil en llamas, Marcovick, ya de pie miraba a la iglesia consternado, hizo un movimiento y se dio cuenta que en la cornisa del campanario había de pie una figura escuálida que extendía sus alas intimidándolo. “Es Leila” Pensó mientras recibía la indirecta de alejarse del lugar, miró de nuevo a la iglesia, descifrando en las penumbras un cuerpo extraño y absurdamente alto que se asomaba por el ventanal roto, mirándolo fijamente a los ojos “Eso es demasiado”, tomó al capitán del brazo y se alejó cojeando mientras amanecía. Ya en el cuartel envió una alerta por radio a los Hammers: “Cuatro se han revelado, ojos atentos, faltan dos“.

~Katzenberg.

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•septiembre 23, 2014 • Dejar un comentario

XL. Por el deseo de vivir.

   Shiratsu había estado investigando sobre la mansión Engelberg y los extraños efectos fisiológicos que provocaba su cercanía, durante sus días de entrenamiento realizó diferentes estudios sobre las casas protegidas por la Asamblea, pero no recordaba haberse topado con ésta en particular, y aunque había registros acerca de la mansión, no se encontraba ninguna clase de especificación. Todo el lugar era muy extraño y eso no lo dejaba tranquilo.

-¿No les parece extraño?

-¿Qué cosa? ¿El fabuloso olor que nos rodea por las noches o el hecho de que no sabemos qué sucede aquí?

-Un poco de los dos. Llevamos un par de noches en este lugar y hay algo que me molesta. De hecho, todo el valle me resulta muy peculiar. El tiempo parece pasar demasiado lento… en especial en esta colina. Hemos sido llamados para proteger una casa pero ¿Por qué no podemos acercarnos sin sentir nauseas o dolor de cabeza? Es como si estuviera protegida por algún tipo de sello que no conozco, y los conozco a todos.

-Naturalmente debe estar protegida por algo. Marcovick no nos lo dijo pero se entiende, aunque a mi parecer, luce más como un hechizo de contención. Es como si se hubieran esforzado mucho para mantener alejados a todos…

-…o prohibir que algo saliera. Piensa en esto Bela, todos sabemos que la casa Engelberg es la capilla sixtina de las casas encantadas. Tiene mucha importancia para la Asamblea y no solo eso; parece que Los Seis están interesados en algo que está adentro ¿Sabes lo que eso significa? Significa que todos los mitos que escuchamos de niños son ciertos: “Los Seis Apóstoles de la Destrucción” existen y son muy reales. Y si los cuentos son verdad, esa casa debe funcionar más bien como un recipiente. Lo que sea que esté adentro y que ha sido custodiado por la familia Engelberg desde hace siglos debe tener una importancia histórica equiparable con las cuevas de Lascaux o Stonehenge. No me digan que esto no les preocupa…

-No me preocupa, pero si me llena de curiosidad. Sin embargo me resulta igual de fascinante o aterrador el hecho de que todo el valle esta paralizado, como dices, si el tiempo no pasara por aquí. Además se ve demasiado tranquilo para estar en medio de una guerra mundial. Como si el conflicto no hubiera llegado hasta aquí a pesar de estar en un punto bélico muy fuerte, incluso nosotros tuvimos problemas para venir hasta acá. ¿Qué significa eso?

-No lo sé Rika, todo esto es muy confuso. Jefa ¿Qué piensas al respecto? … ¿Inka? ¿Me escuchas?

   El pequeño cuerpo de Inka estaba de pie frente al acantilado, miraba que a lo lejos rumbo al pueblo, había un horrible espectáculo de luces rojas y relámpagos purpúreos en el cielo. No había nubes ni truenos, todo era silencioso salvo las violentas ráfagas de viento que golpeaban los árboles y agitaban las ramas. El largo y trenzado cabello de Inka bailaba al ritmo del ventarrón, su mirada tanto preocupada como fascinada de pronto se volvió a sus compañeros.

-¿Ven eso? Debe ser una manera horrible de morir.

~Katzenberg.

 
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