Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•julio 26, 2014 • Dejar un comentario

XXXIV. El camino sobre tierra sagrada.

   Para el momento en que Nadia abrió la horrible cerradura de la reja, un extraño viento corrió desde el otro lado de la casa hacia afuera, como si algo quisiera escapar de ahí pero sin tener el valor suficiente como para poder cruzar el portal de pesada herrería que gemía por la edad mientras se movía apenas un metro hacia adentro. Entonces volvió a cerrar, y un segundo después abrió de nuevo. Lucius perdió el control de su propio peso y cayó con una rodilla en el suelo sin soltar a Christine de sus brazos, perjudicándose más la espalda además del extraño cansancio que le invadió hace unos momentos, no tuvo más remedio que aceptar orgullosamente la ayuda de Marcovick quien se ofreció para cargar a la muchacha, mientras el capitán se acomodaba el sombrero y saludaba cordialmente a Nadia, dando las buenas noches y actualizando el motivo de su visita, la cual, aparentemente ella ya había antelado, sin embargo no contemplaba más de dos personas.

-¿Quién es él?

-Nadia, este muchacho es Lucius VanFleet.- Contestó Marcovick mientras cruzaba la reja.

-…VanFleet ¿Es esto una broma de mal gusto, superintendente?

-¿Broma? Discúlpeme señorita, pero yo estoy aquí por Christine.- Lucius notablemente estaba molesto, y mientras se incorporaba su tono de voz fue elevándose, Stern la hizo una seña para que calmara su temperamento, mientras Nadia cerraba lentamente la reja.

-Solo esperaba a dos personas y ya entraron. Esperen afuera.- El capitán y Lucius se quedaron congelados mirando a Nadia. Marcovick intervino delicadamente, con un tono de voz inusualmente respetuoso, aún para él.

-Ellos dos vienen con nosotros Nadia, déjalos entrar.

-No tengo autorización para dejar entrar a estas personas.

-Yo lo autorizo.

-¿Asume la responsabilidad de dejarlos entrar?

-¡Sí Nadia!  (…) asumo la responsabilidad. Ahora abre la reja por favor.- Marcovick le sostuvo la mirada unos segundos hasta que no pudo hacer más y la desvió, Nadia siguió viéndolo un momento más, cerró los ojos, suspiró, giró mecánicamente y volvió a abrir la reja.

-Adelante.

   El capitán agreadeció y dio el primer paso haciendo una reverencia al cruzar la reja mientras que Lucius, más molesto y confundido que nunca solo pensaba “¿Autorizar? ¿Responsabilizarse?” Sabía que Engelberg era excéntrica pero esto definitivamente le sacaba de sus casillas. De pronto sintió la pesada mirada de Nadia y reaccionó espabilándose, por primera vez notó el verdadero color de sus ojos y se sintió intimidado, eso, además de su tono de voz tan tenue y monótono solo hacía que le recorriera un escalofrío en la espalda mientras pasaba junto a ella. La reja se cerró detrás suyo con un crujido sordo como si fueran costillas quebrándose con un martillo. Cerró y abrió de nuevo, entonces volvió a cerrar con la pesada llave, se dio unos segundos para pensar y dio media vuelta, todos su movimientos parecían perfectamente estudiados, como si hubiese ensayado antes y por momentos hasta parecía llevar la cuenta de algo. Mientras caminaban (en silencio obviamente) Lucius notaba que el extraño viento se había detenido, ya no sentía esa sensación de que algo caminaba detrás de él, pero no estaba tranquilo, los malestares físicos aún estaban presentes, entonces se percató que el capitán también se encontraba alterado, casi caminando de manera automática. Al ir avanzando, Lucius se alcanzó a percatar que Nadia no pisaba las uniones del camino, evitando también grietas y secciones de pasto (seco) que en algún momento creció en las hendiduras. Había nevado hace dos noches pero la casa se veía normal, sin rastro alguno de nieve, era extraño porque ni el camino ni el ambiente eran particularmente cálidos. Los árboles daban miedo. Poco a poco se acercaban más al portón de la imponente casa, aún por fuera se apreciaba el titánico volúmen de la mansión pero de cerca era simplemente ridículo ya que no era más grande que la Universidad, salvo que esta ultima no producía ese efecto gótico de incertidumbre y vacío, lo cual solo provocaba que de manera inconsciente pareciera ser masiva. Cuando llegaron al portón, Nadia volvió a hacer el mismo ritual con las llaves y una vez más pidió autorización para dejar pasar a todos, crispando los nervios de Lucius quien prefirió pensar en su hermana.

-A partir de aquí seguirán mis indicaciones: no hablarán sin ser requerido, no deambularán por la casa sin permiso y no tocarán nada… ah sí, por su propia seguridad, procuren no decir sus nombres.- (“¡¿Qué rayos significaba eso?!) Lucius prefirió ahorrarse el coraje, esperando que todo terminara lo más rápido posible, incluso lamentándose de haber llegado tan lejos, si bien todo lo hacía por Christine, otro porcentaje de él lo había guiando empíricamente por curiosidad, pero no pudo contenerse: -¿Entonces cómo debemos llamarnos? ¿Muebles? Por algo tengo nombre…-

-Guarda silencio. En estos momentos estás entrando en la casa Engelberg, donde es sabio acatar las indicaciones de Nadia. Ten más respeto.

-Esto es absurdo.

   El enorme portón se abrió pesadamente. Nadia cruzó primero seguida por Marcovick, después el capitán y al final Lucius, quien primero volteó a sus espaldas: a lo lejos pareciera que había alguien de pie frente a la reja principal pero estaba tan lejos como para cerciorarse mejor. Recibió una indicación de Stern para que pasara y avanzó un poco, se detuvo en el último peldaño y volvió la mirada hacia atrás pero no había nada, entonces entró rápidamente.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•julio 20, 2014 • Dejar un comentario

XXXIII. Canción de mil soledades y un recuerdo.

   El camino era silencioso, nadie hablaba y el ambiente se encontraba sumergido en una profunda catalepsia verbal; ocasionalmente los baches del camino hacían saltar el carro provocando que Stern maldiciera intencionalmente para romper el silencio. Mientras Christine seguía inconsciente Lucius pensaba para sí mismo: “Sólo Dios sabe por lo que está pasando esta pobre criatura” una y otra vez, la tenía entre sus brazos y por momentos la miraba para percatarse de su estado.

-Darla va a matarme, debe estar muy preocupada.

-¿Prefieres bajarte? Todavía hay tiempo para retroceder.- Dijo Marcovick con una voz tenue y casi impaciente.

-No. Christine necesita de mi ayuda además…- Antes de terminar fue interrumpido por Stern respondiéndole: “Estará bien con nosotros“, pero esas palabras no provocaron reacción alguna en Lucius, quien después de una pausa continuó. -…además, tengo curiosidad sobre todo esto ¿Qué tiene de importante la casa Engelberg? ¿Por qué de pronto es “el lugar más seguro”? Ya he estado ahí y no me parece especial, solo es tétrica y solitaria, precisamente como la persona que vive ahí.- Por un momento Stern miró con el rabillo del ojo a Marcovick después que Lucius dijera eso.

-Nadia, su nombre es Nadia, Lucius. Esa casa es fue erguida casi un siglo antes de la fundación del pueblo, debiste verlo en la escuela. La casa misma está protegida por la Asamblea, nadie entra o sale de ahí sin nuestro consentimiento.- De nuevo palabras al aire, Lucius cada vez se enfadaba más, solo quería ayudar a Christine y olvidarlo todo, tantos secretos y mentiras no le daban suficiente interés como para seguir discutiendo contra un muro, sin embargo, su naturaleza inquisitiva le prohibía quitar el dedo del renglón por el momento.

-…pues en la escuela no me enseñaron nada acerca de su Asamblea o el poder que ejercen sobre todo el pueblo.- De nuevo, el silencio volvió a dominar el ambiente. Stern no quitaba la mirada del camino, más allá de la débil luz de los faros no se podía ver casi nada; el camino era rocoso y con demasiada yerba creciendo en señal de no haber sido utilizado en mucho tiempo. A lo lejos y mucho más arriba las luces del pueblo comenzaban a disiparse y una extraña luz cubría el terreno poco a poco. De un momento a otro un par de llamas se vieron encender a lo lejos: eran dos faros que dirigían el camino hacia la casa Engelberg que se asomaba más allá de una vuelta.

   La subida a la Colina de los Vientos era como un remolino, mareaba a quien quisiera acercarse y eso lo sabía Lucius (la primera vez que fue a jugar ahí de niño recuerda haber padecido mareos, incluso unos de sus amigos llevó a vomitar al cabo de un rato. Todos cayeron fatigados antes de llegar a la cima donde originalmente era su reto. Las siguientes ocasiones fueron subiendo más hasta que finalmente encontraron la casa pero fueron ahuyentados por la servidumbre, desde entonces se mantenían al margen), todo era igual, el camino horrible, los árboles tenebrosos y esa sensación extraña de vacío en el estómago y un leve dolor de cabeza. Stern también sintió lo mismo y de pronto se le vino a la mente aquella vez cuando encontraron el cadáver, las personas así como él mismo sintieron ese efecto, sin embargo por la emoción y la sorpresa tales síntomas fueron omitidos momentáneamente; al siguiente día las dos clínicas del pueblo reportaron casos generalizados de malestar estomacal e incluso sangrado nasal, al cabo de un par de días todos los pesares desaparecieron.

   Lucius notó que se acercaban a la casa, y que tanto él como Stern se mostraban afectados de la misma manera, el capitán incluso llegó a perder el control del volante por unos segundos. Marcovick parecía estar bien, no presentaba ninguna señal extraña, mientras que Christine gemía por momentos, como si estuviera soñando. La velocidad fue atenuando hasta que el carro se detuvo por completo.

-El camino ya no es transitable a partir de aquí, tendremos que continuar a pie, ya estamos cerca.

-De acuerdo, bajemos. ¿Lucius, necesitas ayuda con la chica?

-Por supuesto que no, gracias. Yo puedo llevarla.- Lentamente deslizó sus brazos por encima de Christine y abrió la puerta, puso los pies en el suelo y estiró su espalda, miró al capitán que se mostraba aún más cansado, forzando los ojos y deteniéndose en el cofre de su automóvil. “El aire es muy pesado aquí arriba, es curioso, debería ser al revés“. Lucius se agachó y gentilmente tomó a Christine por sus hombros y la acercó a la puerta, pasó un brazo por debajo de sus piernas y el otro en su espalda logrando levantarla fácilmente (su pequeña estatura y complexión eran realmente útiles en este momento), su espalda volvió a su posición normal y por la presión sintió un dolor lumbar que lentamente fue desapareciendo. Marcovick ya estaba caminando y llevaba algo de ventaja. Cuando Lucius pasó cerca del capitán los dos continuaron juntos. “¿Ella está bien, chico?” ~ “…sí, nada más está durmiendo.”

   Mientras caminaban, los dos tenían una sensación extraña, como si alguien o algo fuera siguéndolos. Naturalmente sus ojos no captaban nada cuando volteaban instintivamente. Después de un par de minutos se perdía totalmente cualquier rastro de luz artificial, solamente los dos faros rojos de la casa iban acercándose más y más. Lucius no podía creer que hubiese algo como esto en la tierra; la casa era brillante y marrón, como una mancha en el cielo rodeada de árboles negros. El viento golpeaba las ramas produciendo un sonido parecido al de la lluvia. Una melodía solitaria y triste. Miles de hojas cantaban al ritmo del viento. Christine, aún en sueños, soltaba lágrimas de sus ojos, tal vez, dentro de su propia conciencia alterada sentía el llanto y la sinfonía de los árboles. Lucius tenía la impresión de haber llegado a otro mundo, era tal y como lo recordaba, aunque hubiese estado ahí hace un mes. De pronto, vio pasar en su mente toda su niñez y todas las cosas extrañas que vieron él y sus amigos ahí. El capitán hablaba algo sobre su hermano que vivía en Köln, platicaba asuntos personales que tal vez nunca se hubiesen escuchado de él, tal vez también hubiese tenido el mismo tipo de regresión.

   Cuando tocaron la luz de los faros, Lucius trastabillaba débilmente pero intentaba demostrar su fortaleza ante Marcovick, quien ya los estaba esperando ahí; debajo de la luz formaba una silueta casi siniestra de la que solo destacaba el cigarrillo que se consumía con velocidad. Era un hombre corpulento, alto e imponente, con el cabello rubio y facciones fuertes, un mentón prominente y una nariz afilada que solo resaltaba el azul profundo de sus ojos. Sin duda verlo en una situación como esta y sin conocerlo debería ser realmente intimidante. En el momento en que llegaron a donde estaba él, su cigarrillo ya se había consumido. Actualizaron sus estados y de pronto se hizo un silencio, los tres voltearon a su derecha y se encontraron con la mirada de Nadia Engelberg que esperaba del otro lado de la reja principal con una mano descansando sobre el cerrojo mientras que en la otra sostenía un llavero con llaves exageradamente grandes y viejas.

-Los estaba esperando, acérquense.- Su voz era profunda y tenue, casi inhumana. Era la primera vez que Lucius la escuchaba, y la segunda vez que la veía desde que eran pequeños. Un sentimiento de soledad invadió los corazones de los tres hombres que obedientemente se acercaban a la reja.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•julio 18, 2014 • Dejar un comentario

XXXII. El lugar más seguro de todos.

   Cuando Marcovick atravesó la puerta, el silencio invadió todo el cuartel, sabían que en cuanto aparecía el Superintendente las cosas iban a ponerse serias e indudablemente difíciles, así que de manera instantánea se incrementó la presión entre los oficiales. Preguntó por el Capitán y al darle razones se dirigió a su oficina. Dentro el ambiente era aún más pesado, Stern hablaba con un oficial casi a gritos, en un rincón Lucius abrazaba a Christine quien estaba llorando, el teléfono sonaba y Abigail recogía trastes sucios, todo era un caos. Marcovick se aclaró la garganta para hacerse notar y de pronto todo quedó en silencio, incluso el teléfono ya no sonaba, el capitán se puso de pie y el oficial hizo un saludo respetuoso; por su parte, Lucius levantó la mirada y Christine guardó silencio por unos momentos (ellos jamás habían visto a Marcovick en persona, lo ubicaban por todo lo que se decía de él y por ende tenían claro que se trataba de una persona muy importante. De pronto Lucius recordó haberle visto en el retrato grupal que les mostró Meier, quien les comentó que en efecto Marcovick trabajaba para la Asamblea… después de todo ¿Qué rayos significaba eso?). El otro oficial dejó la oficina por órdenes de Stern, quien se dispuso a presentar formalmente a todos, la charola de Abigail temblaba haciendo un ruido bastante curioso. Después de la ceremonia y el protocolo el capitán se dispuso a por lo menos tratar de explicar todo lo que estaba sucediendo, Marcovick no parecía estar sorprendido, no obstante demostraba estar sumamente interesado en develar la identidad de la asesina, así que le pidió a Stern que le mostrara el registro de inmigración, donde eventualmente aparecían todas las personas que entraban o salían del pueblo, minuciosamente leyó nombre por nombre en el enlistado.

-…dices que su nombre es Yelena Balanescu ¿cierto? … Pues no la encuentro aquí. ¿Cuándo se supone que llegó?

-Me dijo que había llegado en la última entrada, hace tres meses, creo. Que había llegado junto con una familia polaca y otra de Checoslovaquia, ella venía de Rumania, o al menos eso me dijo.

-Las dos familias están registradas efectivamente, con fecha y documentos. Sin embargo, no hay ningún registro de Yelena entrando al pueblo ¿Cómo se infiltró siquiera a la escuela? Podría haber falsificado algunos documentos pero es poco probable. No habíamos tenido un caso de infiltración desde...- Marcovick lanzó una mirada inquisidora a Abigail que lentamente avanzaba a la salida, al sentir la mirada del hombre se paralizó e hizo una reverencia.- Todavía no me puedo explicar cómo fue que entraste aquí jovencita, la seguridad del pueblo corre a cargo de agentes de protección impuestos por la Asamblea, no es fácil burlarlos, es como si ya supieras por dónde entrar o salir. Sin embargo tú no has tenido más pecado que padecer hambre, en cambio esta Yelena me preocupa. Sus acciones y conducta no son aceptables ni en tiempos de guerra… ¿Aproximadamente 50 estudiantes fueron asesinados? Debió haber más testigos ¿no capitán?

-Sí, bastantes pero huyeron en cuanto pudieron, sin embargo, logramos rescatar una sobreviviente que apenas pudimos ayudar, se encuentra muy grave, internada en la clínica Este.

-Ya veo, en cuanto mejore quisiera hablar con ella. Aunque hay algo que me causa curiosidad: ¿Qué haces aquí Lucius? De Christine lo entiendo, dada su relación con la sospechosa pero ¿Que asunto tienes aquí? Por lo que veo ustedes dos son bastante cercanos… interesante.

-Christine me mandó llamar. Sí señor, somos amigos cercanos.

-Bien. ¿No le parece curioso tener a estos tres juntos en su despacho Capitán? ¿Por cierto, qué hay de los tutores de Christine? ¿Están ya enterados de la situación?

-No lo sé. Hemos estado tratando de comunicarnos con ellos desde medio día pero no hay noticias. Antes de que llegara usted, dí órdenes específicas de ir a investigar personalmente. No deben de tardar.- Marcovick asintió con la cabeza y todos se sumergieron en un silencio incómodo que se combatía con las miradas. Abigail abrió la puerta y avanzó lentamente, mientras que Lucius tomó una bocanada de aire y encaró directamente a Marcovick. Abigail se detuvo en el arco de la puerta escuchando.

-Señor, disculpe la indiscreción, pero ¿Qué es eso de la Asamblea? He escuchado el término varias ocasiones pero nadie me ha dicho qué es o quiénes son.- De nuevo se hizo un silencio en la habitación, el capitán miraba sorprendido a Lucius alternando su mirada con Marcovick.

-La Asamblea es un organismo que se encarga del orden, seguridad y administración en el pueblo. No hay más que explicar. Entiendo tu curiosidad, pero debes tener confianza en nosotros.- Lucius sabía que no le estaba diciendo la verdad, era una respuesta genérica, pero de momento no pudo contestar por pensar en lo que dijo: “¿Nosotros?” Eso definitivamente confirmaba a Marcovick como miembro de la Asamblea y era natural pensar que ese hombre sabía más de lo que aparentaba, podría ocultarle cosas incluso al capitán. Lucius se sumergió en un mar de pensamientos y conspiraciones, sin embargo su clímax fue interrumpido por una llamada telefónica que aflojó la tensión de manera oportuna. El Capitán contestó apresuradamente, eran los oficiales que envió a investigar la casa de los Schneider: estaban muertos. El fuego interno de Stern volvía a encender, y cuando dijo la noticia en voz alta atacó a todos con una sorpresa que como daga penetró directamente en el pecho de Christine, provocándose un desmayo cayendo en el regazo de Lucius.

-Es peor de lo que pensé… Capitán, esto está saliéndose de control. Debemos intervenir.

-¿A qué se refiere?

-En estos momentos ningún lugar en el pueblo es seguro para Christine, y solo se me ocurre un lugar donde podamos llevarla. Prepare su automóvil, son las 8:50, cierre y aclare todo lo que tenga pendiente, salimos en diez minutos.

   Cuando Stern llegó a su coche, abrió la puerta trasera para dejar pasar a Lucius quien llevaba a Christine en sus brazos, delicadamente la colocó en el asiento y se acomodó junto a ella sosteniéndola con un brazo atravesado. Marcovick se acomodó en el lugar del copiloto y dio órdenes de partir.

-¿Y bien? ¿A dónde vamos?

-Al Oeste capitán, vamos a la Colina de los Vientos. En este momento, la Casa Engelberg es el lugar más seguro que hay.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•julio 8, 2014 • Dejar un comentario

XXXI. El teléfono y dos tazas de té.

   Lucius no tardó mucho en llegar al cuartel, sorprendiéndose por el excesivo movimiento de todos alcanzando a resaltar caras familiares entre la multitud de personas que se empujaban entre sí. Buscó quien pudiera ayudarle y siguiendo indicaciones finalmente cruzó el mar de gente y llegó hasta la puerta del despacho de Stern. Dentro Christine estaba de espaldas mirando hacia afuera y el Capitán en su escritorio llenando una torre de papeles. Antes de que pudiera decirle algo, Christine se abalanzó contra él en un abrazo fuerte y entrañable, como una niña pequeña aferrándose al regazo de sus padres después de haberse caído de un árbol, sus ojos vidriosos y su voz cortada preocuparon de más a Lucius quien se vio forzado a preguntar qué es lo que sucedía. Stern hizo todo lo posible por tratar de explicar a grandes rasgos lo que había ocurrido, pasaron unos minutos en silencio, la mente de Lucius trataba de figurarse lo que le habían contado; la confusión, el llanto de Christine, la multitud de personas fuera, todo era un caos pero intentó conservar la calma. Él por su parte había tolerado la presencia de Lena solo por ser amiga de Christine, sin embargo jamás confió plenamente en ella y hasta donde sabía, Darla tampoco; y era un momento preciso para exclamar “Te lo dije“, pero no le pareció correcto así que se ahorró el regaño, limitándose a consolar a la pequeña mujer que tenía entre sus brazos. La puerta se abrió a sus espaldas y entró Abigail con una charola en sus manos, Lucius volteó rápidamente y se quedaron mirando frente a frente; dibujando una gran sorpresa en sus rostros, ella dio un paso atrás, casi saliendo del despacho, pero fue detenida por orden de Stern, quien le pidió llevarse las tazas vacías; sin decir nada y con la charola cubriendo su rostro rodeó lentamente a Lucius, completamente avergonzada dejando mostrar un rubor excesivo en sus mejillas. Tomó las tazas, las puso en su charola y sin levantar la mirada caminó en silencio hacia la puerta, hizo una reverencia para entonces desaparecer detrás. Después de un silencio incómodo Lucius volteó su mirada hacia el Capitán y sin decir nada, Stern le explicó la inusual presencia de Abigail en el cuartel, dándose a entender brevemente, Lucius prefirió no agregar nada al respecto. “Bueno, ese será su problema, no mío” pensaba mientras llevaba a Christine a uno de los sillones para sentarse y tratar de escudriñar lo que estaba sucediendo. El alumbrado público comenzaba encenderse. Los teléfonos en la oficina sonaban sin descansar.

   El teléfono de Stern sonó un par de veces más hasta que obligadamente atendió la llamada. Era Marcovick, al parecer se había enterado de lo que sucedió y venía en camino, llegaría alrededor de las 8:30 pm. No podía ser peor para el Capitán.

*

   El pueblo estaba calmándose poco a poco, Nadia sabía que algo extraño había pasado en la mañana y desde su balcón podía verse un gran movimiento en la gente así como una débil columna de humo en las afueras del pueblo, posiblemente donde estuvieran los molinos. No lograba entender nada aunque algo se sospechaba. La noche anterior la casa había estado muy activa y era posible que tuviera algo que ver, el cielo sobre el pueblo mostraba una extraña aurora casi invisible que se extendía probablemente unos tres kilómetros a la redonda además de aquel extraño resplandor del otro lado del valle. Se levantó de su silla y entró a la casa. Bajó a la cocina y calentó agua para el té. Sacó dos tazas de la alacena justo en el momento en que el reloj marcó las 9:00 pm.

~Katzenberg.

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•julio 7, 2014 • Dejar un comentario

XXX. Un pensamiento más allá de la desesperanza.

   -Christine, quisiera que te sinceraras conmigo ¿Sabes? Es de vital importancia tu colaboración. Cuando te encontramos, estabas encerrada en el apartamento de Yelena, dices que fue ella quien te encerró, sin embargo no encontramos nada obstruyendo la puerta desde afuera ¿Podrías explicarme eso?

   -No sé exactamente qué explicar. Todo ha sido muy extraño, ayer por la noche vi unas luces extrañas en el cielo, exactamente como aquella vez, hoy cuando quise salir del apartamento no pude abrir la puerta, no iba a salir por la ventana, es un tercer piso. Mire, no sé qué está sucediendo pero el comportamiento de Lena es extraño; nunca vi siquiera que se enfadara, era amable con todos y sí, un poco excéntrica pero nunca tuvo una actitud violenta, odiaba las discusiones.

   -Es sin duda extraño, pero eso no la redime de sus actos esta mañana. ¿Me repites lo que decía esa nota que encontraste, antes de darte cuenta que no podías salir?

   -La tengo aquí en mi bolsillo… debo decir que es algo muy personal, pero si de algo le ayuda a resolver esto… en fín, dice:

   “Chris, sé que no me amas como yo quisiera, pero no te odio ¿Recuerdas la caja negra que encontraste hace dos días? La grande que no te dejé abrir porque era algo secreto y personal. Dentro de ella guardo algunas cosas de mi pasado, incluido un revólver que probablemente ya esté usando para cuando leas esto. Acabaré con tantas vidas como sea necesario para saciar mi amor prohibido, así tenga que conseguir más armas. Porque ya nada me importa, tengo una misión que cumplir y eres una distracción. Te amo. Lena.”

   Tan pronto como Christine terminó de leer las últimas tres palabras, soltó el llanto más desalmado que jamás pudo haber tenido. No tenía idea de qué hacer en estos momentos, se sentía sola, devastada y traicionada ¿Qué podría hacer? ¿Buscar a Lena? ¿Salir del país y buscar a su madre? ¿De qué serviría? Su madre también le había mentido. La ira interior de Christine iba acelerando su ritmo poco a poco. Después de que Stern le acercó un pañuelo hizo una petición. -Lucius, quiero a Lucius por favor, que venga.- ¿Por qué no a los Schneider? El Capitán sabía que ella era muy apegada al joven VanFleet, pero ¿es que acaso no sentía ninguna clase de empatía por sus tutores? No habían contestado el teléfono desde hace ya varias llamadas y eso era preocupante. En la mente de Christine probablemente no había nadie en quien confiar y eso lo sabía Stern, por eso tomó la última oportunidad para ayudarla, aceptando llamar a Lucius a comparecer. Tal vez eso ayudara a hablar mejor a Christine, si necesitaba sincerarse con alguien, y sabía que podía confiar en él.

   -De acuerdo, llamaré a VanFleet, si eso te hace sentir mejor. Mientras tanto piensa en la nota ¿Qué había en la caja negra? Me imagino que fuiste a verla luego de leer eso ¿no? ¿Cosas de su pasado? ¿Una misión qué cumplir? ¿Crees que Yelena sea una espía o algo por el estilo?

   -No vi nada, luego de la nota quise salir, hice todo lo que pude pero la puerta no se abría, por más que grité nadie me escuchó, todo el tiempo estuve acurrucada frente a la puerta hasta que llegaron a abrirla con un golpe- Christine señaló su costado izquierdo resaltando una mancha purpúrea en su hombro, que fue en dónde le cayó encima la puerta. Stern se cercioró de que no fuera una herida severa, entonces caminó hacia el teléfono y buscó el número de la panadería de los VanFleet, esperando comunicarse con Lucius. Mientras tanto, Christine se secaba los restos de lágrimas con sus mangas, dejó la nota de Lena sobre el escritorio y caminó a la ventana. El día iba muriendo y había dejado de nevar.

~Katzenberg.

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•junio 30, 2014 • Dejar un comentario

XXIX. Los párrafos olvidados en el alba.

   El movimiento en el cuartel de policía se encontraba en su apogeo apenas entrado medio día; había estado nevando desde hacía ya dos horas y el viento cortaba la piel de quien se atreviera a salir desprotegido a las calles. El Capitán Stern intentaba contestar dos llamadas al mismo tiempo y por momentos parecía que todas las personas sólo podían comunicarse por medio de gritos y ruidos estruendosos, lo cual era especialmente molesto para Christine, quien permanecía sentada dentro de la oficina del capitán, con la cabeza baja y las manos apretadas sobre su regazo, bañada en lágrimas e incómodamente sola. Desde que había llegado, Stern no había dirigido la palabra, solo la pasó a su despacho y salió apresurado, dejándola ahí adentro pensando mil tormentas. Después de un tiempo y cientos de mareas emocionales volvió a abrirse la puerta, Stern entró cansado y suspirando para dejarse caer sobre su silla, se dio unos momentos y entonces lanzó una mirada a su costado izquierdo.

-Hemos llamado a los Schneider pero nadie ha contestado. ¿Sabes si salieron o trabajan fuera?

-Todas las mañanas van a los molinos o a recoger leña… tal vez están ahí.

-De acuerdo, daremos un tiempo más.- Stern se acercó su taza para darle un sorbo pero se percató que apenas le quedaban unas cuantas gotas. Luego de una mueca levantó la voz y tranquilamente pronunció un nombre extraño que llamó la atención de Christine. A los pocos segundos la puerta se abrió revelando a una jovencita de cabello negro y recogido, con la piel blanca como la nieve, sus ojos reflejaban un café rojizo imposible de ignorar. Después de traerle más café notó la mirada de Christine y amablemente se acercó a ella con una sonrisa cálida.

-Hola, me llamo Abigail Rosenthal, mucho gusto ¿Cómo te llamas tú?

-…me llamo Christine, Christine Silverman.

-Es un placer ¿Te puedo ofrecer algo para tomar? Sólo tengo café pero podría conseguir algo de té si gustas.

-Gracias, pero no quiero.

-¡De acuerdo! Si necesitas algo no dudes en decirme.- Dio media vuelta y salió con la misma sonrisa que portó todo el tiempo. Stern recalcó la sorpresa de Christine después de ver a Abigail sirviendo en el cuartel, marcando una especial confusión ya que jamás había oído hablar de ella.- Es una buena muchacha ¿sabes? llegó aquí acusada de robo por parte de tu amigo Lucius VanFleet, al parecer la chica había logrado entrar al pueblo después de haber pasado malos momentos. Cumplió su condena y quedó en libertad, sin embargo no había dónde colocarla ni quien quisiera tomarla a su cuidado así que se quedó aquí, acondicionamos su celda a modo de habitación, después de todo nos encariñamos mucho con ella luego de conocerla, es lo que le ha dado espíritu y amor a este lugar, todos la quieren y procuran y ella, por su parte trata de dar todo sobre sí para llevar una vida limpia y honesta. Digamos que tiene un poder especial para agradarle a las personas y tranquilizarlas en momentos críticos, tal vez te serviría hablar con ella.- El tono de su voz se tornó condescendiente de un momento a otro remarcando la empatía que tenía hacia Abigail. Christine recordó de pronto que Darla llegó a mencionar algo sobre el robo de granos en su molino y que habían capturado al responsable, sin embargo Lucius nunca  mencionó nada al respecto.

-Cuando la encontramos fue un momento difícil, ya que al seguir sus huellas eventualmente se descubrió un accidente al borde de la carretera, hasta hoy seguimos sin comprender qué pasó o de quien se trataba, es un total misterio… no sé por qué te cuento esto.- Dio un sorbo a su café y prosiguió hablando de cosas poco interesantes para Christine, hasta que llegó el momento de tocar el tema de Yelena Balanescu. De pronto un escalofrío recorrió la espalda de Christine haciéndola temblar de miedo. Su día apenas comenzaba.

~Katzenberg.

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•junio 19, 2014 • Dejar un comentario

XXVIII. Nevando en el infierno.

   Una muchacha se arrastraba por debajo de una mesa queriendo buscar una salida, un momento oportuno para escapar de la biblioteca, sus piernas estaban paralizadas y apenas podía respirar, sus ojos desorbitados miraban al piso rojo que sentía moverse violentamente de un lado a otro, como si de un terremoto se tratara, un temblor de ansiedad y pánico que invadía hasta lo más profundo de su médula. Débilmente logró atravesar la puerta a gatas, ocasionalmente tropezaba con un cadáver, a veces era alguien conocido, a veces era alguien que jamás había visto. Su enfermiza esperanza se aferraba al lejano sonido de las sirenas de policía que se hacían más fuertes cada vez. Un balazo. Bajó su cabeza automáticamente en terror mientras temblaba llorando lagrimas bermejas y amargas. Otro balazo, ésta vez más cerca. Se acurrucó sobre sí misma en una esquina del pasillo, cerca de una maceta. Dos balazos más. Tres. Uno más. Las sirenas por momentos ensordecían por el llanto de las almas de los infelices gritos penetrantes y llantos acortados por las balas, todo se resolvía en una sinfonía maldita que pintaba de rojo todo aquel que la escuchaba. Rojo. Ese era el color del día, el color de la vida, del cielo, de la tierra, de las paredes, de los libros, de las ventanas. Subió la mirada unos momentos intentando ver hacia dónde escapar, sabía que estaba en un segundo piso así que no podía saltar por la ventana, aunque lo llegó a considerar cuando frente a ella alcanzó a percibir el cuerpo de su maestro yaciendo bajo el del intendente que colgaba por el pasamanos de las escaleras. No quería pasar por ahí pero era la única opción, las escaleras llevaban al corredor que conectaba con el gimnasio, sería relativamente fácil escapar por ahí. Con trabajos logró incorporarse, sintiendo un peso en la espalda que por momentos le doblaba sus atrofiadas piernas. Intentó correr pero sus pasos no respondían correctamente, así que se apoyó en la pared dejando tras de sí varias oraciones que en su cabeza iban maldiciendo. Casi con los ojos cerrados bajó las escaleras, se detuvo en el descanso cuando escuchó otro disparo, ahora más cerca, tal vez incluso en el pasillo donde estaba hace unos momentos, se incorporó y aceleró mientras una caminata casi rítmica se escuchaba más cerca, asustada bajó los últimos escalones tras darse cuenta que alguien iba siguiéndola, corrió gritando por ayuda antes de chocar con el cuerpo de alguien, haciéndola perder el equilibrio y cayendo de costado con la cara frente a las escaleras por donde bajó. Tal vez jamás había sentido tanto miedo en su vida, es probable que ni siquiera se hubiese imaginado pasar por una situación así; en el descanso de las escaleras había alguien de pie con un revólver en la mano derecha y una cuchilla en la izquierda, no estaba segura de quien era aunque parecía reconocerla por momentos, momentos en que olvidaba que esa persona parecía tener algo moviéndose en la espalda así como lo que aparentaban ser dos cuernos sobre su cabeza saliendo de la sien. Era absurdo, pensaba: “Es el diablo, el diablo ha venido por mí.” Tras un parpadeo la persona comenzó a bajar los escalones y ahora lucía perfectamente normal, salvo esa mirada que brillaba como dos linternas en la oscuridad de la noche. Sabía que iba a morir, iban a matarla y no podría hacer nada al respecto. No quería morir, no estaba preparada, solo pensaba en su casa, en la paja del granero, en la comida de su madre, robar licor de la alacena, reír con sus amigos ¿Quién en su sano juicio hubiera preparado a alguien para un momento como este? No tenía sentido, era horrible y por más que quería razonar o encontrar una justificación era inútil. A lo lejos se escuchó un vidrio quebrarse, afuera había mucho ruido y alguien gritaba en un megáfono; la persona que estaba frente a ella se distrajo un momento mientras volteaba, así que la chica aprovechó el momento para lanzarle un libro mientras avanzó corriendo pasillo abajo rumbo al gimnasio. Cuando llegó de nuevo un terror apocalíptico invadía su cordura, la piscina estaba teñida de rojo mientras que esporádicamente se podían ver restos de personas flotando, no pudo contener su miedo dejándose caer de rodillas mientras mojaba templadamente sus faldas. Un disparo le dio en el hombro haciéndola caer por las gradas hasta llegar al borde de mármol que anticipaba la piscina, la caída probablemente le habría roto una pierna y ahora comenzaba a desangrarse. Miraba lo blanco del techo mientras sus ojos comenzaban a desenfocar lentamente; escuchó hablar a la otra persona, decía algo extraño y sin sentido, parece que había alguien más ahí pero no podía ver nada. De pronto una sombra se acercó lentamente y se arrodilló entre sus piernas, algo extraño y cálido se deslizaba por sus piernas, se sentía como el pelo de un gato, eso erizaba instintivamente su piel, bajó la mirada para percatarse que se trataba de ella, el diablo que había matado a todos: Yelena Balanescu, quien empuñaba suavemente una cuchilla que movía lentamente sobre su ropa rompiendo la costura de los botones hasta abrir completamente su blusa (de nuevo algo parecido a dos cuernos aparecían sobre la cabeza de Lena), sus ojos brillaban como llamas mientras algo que no eran sus manos le sujetaba el muslo derecho. Dejó el cuchillo en el suelo y acercó sus manos frías a la piel de la pobre chica, parecía tener las uñas demasiado largas, como garras de algún animal, le puso la otra mano en el cuello y mientras le arrancaba el sujetador apretaba lentamente para ahogar el grito de desesperación. Su cuerpo temblaba  la sangre alteraba su ritmo, enrojeciendo sus mejillas, causando también un efecto en su pecho. Al liberarle el cuello deslizó sus garras hasta abajo explorando toda la superficie de su piel mientras que con la otra mano le tapaba la boca, una de sus rodillas la presionó entre las piernas. En su mareo bajó la mirada para ver que una extremidad anexa que salía de la parte de atrás de su cadera serpenteaba por el piso hasta alcanzar el cuchillo que descansaba unos centímetros más allá de sus manos.

   -¿Alguna vez has escuchado cantar a los ángeles en el cielo durante el ocaso? Sus voces penetran en lo más profundo de tu cuerpo, como estacas manchadas con orgullo infame y arrogante. ¿Qué garantía puedes tener de que ellos no tomen tu cuerpo y lo devoren? Que te arranquen la mente y la violen consecutivamente hasta vejar todos tus recuerdos y tu patética felicidad. Dime qué se siente el calor de tu infierno cuando es atravesado por la ventisca helada de mi sexo.- Mientras lo decía con su mano libre tocaba perversamente el cuerpo de ella, autoerotizándose a sí misma.

   -¿Quién… eres tú?- Lena se inclinó hasta poner sus labios junto al oído derecho de la chica y pronunció un nombre tan aterrador que solo podría haber sido citado de un maleficio, después lamió su lóbulo seguido de una mordida juguetona casi arrancándole el arete. Se incorporó lentamente y sonriendo sumergió su daga en el abdomen de la chica lentamente hasta quedar el mango al descubierto, le descubrió la boca y besó sus labios ensangrentados mientras giraba el cuchillo como abriendo una cerradura. Al poco tiempo la chica comenzaba a ahogarse en su propia sangre y su respiración se volvía errática hasta casi detenerse por completo al cabo de un par de minutos. Se escuchó un disparo de fuera que aparentemente golpeó el costado de Lena derribándole a un lado de la chica. Un pequeño duelo de fuego se coordinó como una coreografía terrible que hacía retumbar el piso, se escuchaban pasos, gente corría, todos gritaban, pero nada tenía sentido. La chica era testigo de cómo se apagaba su mirada, todo se desvanecía poco a poco hasta que antes de perder el conocimiento pudo resaltar la silueta de unos policías que se acercaban a ella, dentro de sí aun ardía una llama de esperanza que antes de apagarse volvió a encender un ligero esbozo de tranquilidad. Al cabo de unos segundos caería inconsciente mientras alguien la levantaba.

~Katzenberg.

 
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