Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•septiembre 16, 2014 • Dejar un comentario

XXXIX. Cuatro monedas de oro frente al bosque.

    Por disposición oficial se había declarado Ley Marcial en el pueblo, Stern seguía las órdenes de Marcovick anunciando públicamente un Toque de Queda a partir de las 8:00 PM, el primero desde que se tenía memoria. Aún en tiempos de guerra, no se había logrado tanto nivel de inseguridad y miedo entre las personas y aunque todo parecía estar tranquilo, la Oficina de Control de Migración no se daba abasto por las peticiones de familias que querían abandonar el pueblo. Por su parte, La Asamblea había cerrado los accesos prohibiendo salidas y entradas, reforzando la vigilancia en los puntos de peaje y asignando Agentes de Seguridad en las afueras del pueblo para evitar que alguien escapara, durante los primeros días se había introducido una nueva ley que permitía identificar a todos los residentes, proporcionándoles una “Licencia de Vivienda” con la que podían identificarse así como ayudar a escudriñar una búsqueda más precisa de más infiltrados en el pueblo, y aunque no todos estaban cómodos con la decisión, el Acto de Registro Popular se estaba llevando a cabo exitosamente. La situación no era favorable, y conforme pasaba el tiempo, los rumores sobre la rendición de Alemania estaban en boca de todos, incluso había quienes afirmaban haber visto aviones americanos zurcar las montañas, pronosticando un futuro incierto y con tintes sensacionalistas que solo provocaban más histeria y paranoia entre todos. Cuando se dio conocimiento público de que había sido la misma Asamblea quien había dictado las acciones de Marcovick, se presentó a su División de Agentes de Protección Especial, quienes actuarían únicamente bajo las órdenes del Superintendente.

   La Colina de los Vientos había sido asignada una escuadra especial impuesta personalmente por Marcovick para cuidar la casa; se trataba de un equipo legendario conocido como los “Hammers”, valientes soldados provenientes de diferentes países para servir los propósitos particulares de la Asamblea. Marcovick confiaba en ellos a tal grado de haberlos ocupado como guardaespaldas personales en distintas misiones así que su relación con ellos era lo suficientemente íntima como para haberles asignado un punto estratégico tan importante. Ellos eran Inka Heinemann, Arabella Bhatnagar-Singh, Erika Vriess y Shiratsu Asama, habían estado juntos desde hace quince años, habiendo atravesado por importantes misiones alrededor del mundo eran los mejores en la materia. Sabían que era una misión importante, tal vez la más delicada que habían tenido y estaban tensos. Por las órdenes que escucharon de Marcovick, la mansión Engelberg almacenaba algo de gran valor en su interior y que la ciudad estaba siendo asediada nada menos que por Los Seis, de los cuales habían sido propiamente identificados dos de ellos aunque había indicios de que otros dos más estuvieran involucrados. Los Hammers sabían que la leyenda Los Seis estaba solo a la altura de su peligrosidad, y si estaban implicados en el caso no iba a resultar ser un trabajo sencillo; en todo momento permanecían alertas, aunque procuraban no acercarse demasiado a la casa ya que habían notado un cierto malestar físico que nadie sabía explicar, y aunque no se alejaban mucho como para perder de vista la casa, preferían guardar su distancia.

*

   Esa noche, Darla había olvidado cerrar el granero, era tarde y aunque sabía que no podía salir ni siquiera dentro de su propiedad, el granero descansaba a unos veinte metros de la granja, así que se sintió confiada de salir unos momentos, tomó su saco, un candil y salió al intemperie mientras Lucius dormía. ¿20 metros? Parecía más un kilómetro y una extraña sensación le cogió por la espalda, temblando instantáneamente haciendo que encogiera su cuerpo. En la impenetrable oscuridad y el siseo del viento notó una extraña presencia que se apreciaba a lo lejos, a su izquierda frente a los árboles. Esa figura estaba de pie mirándola, parecía un hombre arrastrando algo en una posición muy extraña, se le quedó viendo unos momentos y se detuvo en seco, quedando exactamente a la mitad del camino entre la granja y el granero. Ella levantí el candil para intentar alumbrar en la dirección del extraño y notó un movimiento rápido, eso se agachó y comenzó a correr erráticamente hacia ella, moviéndose como un espantapájaros en el viento, agitando sus largas y escuálidas extremidades. Darla corrió todo lo que pudo mientras gritaba. Entró al granero y azotó la puerta cerrándola por dentro y apagó el candil. Lo que sea que estaba del otro lado golpeaba la puerta y la empujaba frenéticamente, hasta que a lo lejos se escucharon unos perros que venían delante de algunos agentes. El intruso retrocedió, dejó caer algo y se desplazó hacia el sur con los perros detrás de él hasta que desaparecieron en la espesura del bosque. Un par de agentes se quedaron atrás después de escuchar el llanto de Darla, notando que frente a la puerta había cuatro monedas de oro, así que pensaron que era un bandido que había intentado atacar a la joven, sin embargo Darla sabía que eso difícilmente podría ser identificado como un ser humano. Durante varias noches siguieron apareciendo monedas cerca de la granja VanFleet, pero después de muchas búsquedas nunca encontraron al responsable.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•septiembre 8, 2014 • Dejar un comentario

XXXVIII. El bermejo en sus ojos.

   Stern y Marcovick aguardaban en la sala de espera de la clínica mientras los padres de la muchacha estaban dentro, se escuchaban llantos cortos y susurros, como si quisieran evitar que alguien más escuchara lo que hablaban, y tenían toda razón para temer, el pueblo estaba inquieto y al ser la única sobreviviente directa del ataque estaba claro que todos querían saber qué ocurría con ella, qué sabía al respecto y cómo logró sobrevivir. La prensa había estado rondando la clínica las últimas dos horas pero a petición de Marcovick no se les había permitido el acceso, la situación era muy tensa y nadie estaba tranquilo. El capitán no había dormido en dos días y el cansancio lo asediaba por dentro como una ráfaga de sueño golpeando sus ojos cada diez minutos. Cuando llegó el momento en que sus padres salieron de la habitación, hablaron unas palabras con Stern quien les prometió bajo juramento que atraparía a los responsables, Marcovick guardó silencio total, solo tenía en mente poder hablar con esa chica y averiguar todo lo que pudiera sobre el incidente. Los cuatro entraron silenciosamente uno por uno como si fuera una peregrinación.

   Estando adentro, el aura era fría y seca, el lugar se invadía con una quietud tremenda que solo era interrumpida por la atroz vista de la pobre muchacha que permanecía tumbada en la cama, inmóvil y cubierta con vendas, con la mirada ausente y apenas respirando con ayuda de unos aparatos extraños que emitían un sonido arrullador y casi somnífero. Con el aliento cortado, Stern saludó a la chica, Marcovick seguía callado mientras el Capitán hablaba con los padres de ella, solo intercambiaban miradas y lentamente se fue acercando a ella sin prestarle atención a los demás. Hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para poder escuchar su entrecortada respiración, y en voz baja y tranquila comenzó a interrogarla delicadamente.

-¿Tu nombre es Jeanette Guillard, no? ¿Sé que es un momento muy difícil para tí pero necesito hacerte algunas preguntas.- La pobre chica apenas logró asentir con la cabeza, comprendía que Marcovick tenía serias intenciones de ayudarle; cuando su familia llegó de Francia luego de escapar de la ocupación alemana, al entrar al pueblo fue el mismo Superintendente quien los recibió, y Jeanette, aún pequeña se grabó en su mente la mirada heroica y noble de un hombre que en otro contexto pudiera haberle intimidado, por eso aceptó devolverle el favor, una ayuda por otra ayuda, así que hizo todo lo que pudo para mantenerse tanto cuerda como estable. A su modo de entender y con toda la lógica posible que le caracterizaba a una alumna destacada de Sociología Criminal, no tuvo entrañas para poder explicarse lo que vio en esa persona, así que se limitó a narrar casi detalladamente su horrible experiencia, aunque cada vez parecía perturbarse más, y por su cansancio así como un miedo irreversible hacía pausas largas como pensando de qué manera poder continuar sin que sonara una locura. Se sentía avergonzada, violada, ultrajada, y ni siquiera podía comprender por qué o incluso quien sería capaz de almacenar tanta locura despiadada en su interior, por lo que a momentos se le quebraba su voz, y luego de apretar los ojos y los puños durante unos minutos volvió en sí misma, y hablando en su nativo francés se dirigió directamente a los ojos de Marcovick, quien comprendía perfectamente todo lo que decía.

-Sí, había visto antes a esa persona, jamás le hablé, ni supe quien era.

-Su nombre es Yelena Balanescu, creemos que es una infiltrada que vino desde Rumanía, sin embargo…

-No. Ese no es el nombre que me dijo.

-¿Qué nombre te dijo?

-No quiero decirlo, es como, si estuviera ofendiendo a Dios y a las buenas costumbres.

-Jeanette, por favor, necesito que me lo digas, es vital para la investigación. ¿Qué nombre te dijo?- Marcovick se notaba preocupado, el Capitán lo había notado desde hace unos momentos, era una desesperación tan notoria que incluso rivalizaba con el dolor de la chica. Stern, con su pesado cansancio de días sin poder dormir por momentos alucinaba y perdía la noción así que decidió tomar asiento junto a los padres de Jeanette, que tomados de la mano miraban consternados al jirón que les habían entregado por hija.

-...sus ojos, sus ojos eran rojos como el infierno, tenía cuernos y cola, y a mi oído susurró su nombre blasfemo, un nombre ridículo y atroz que pronunciarlo me convertirá en una pecadora sin salvación...- Con sus dedos dibujó una cruz en la sábana mientras volvía a apretar los ojos. Sus padres pidieron que se detuviera, que dejaran descansar a su hija, pero Marcovick estaba aterrado, comprendía que ese horrible nombre del que hablaba no era algo para hablar libremente así que buscó en su maletín papel y tinta y se lo dio a ella quien intentó escribir sin ver. Habiendo terminado apartó su mano y no volvió a hablar en todo el día; cuando Marcovick levantó el papel, lo sintió tan pesado como el plomo y al momento de leer la raquítica letra pudo descifrar algo que le erizó los vellos de todo el cuerpo y heló su sangre. Dudó un segundo, apretó el papel en su mano y se quedó meditando al lado de la cama, mientras ella lloraba. Sus padres le rogaron a los hombres abandonar el cuarto y dejar descansar a Jeanette, Stern accedió e indicó su decisión a Marcovick, quien luego de unos momentos se levantó en silencio, palpó la mano de la chica y le dijo algo al oído, aparentemente tranquilizándola, notando una relajación total en su semblante. Al incorporarse giró su mirada a los padres de ella y con una sonrisa estoica les dijo “Gracias por su cooperación, pueden estar seguros que nada volverá a ocurrirles, personalmente me aseguraré de que así sea.”, entonces abandonó la habitación. El capitán ya estaba esperando afuera, miró a Marcovick quien ya había borrado su famélica sonrisa de su rostro y mientras caminaban le preguntó “¿Qué le dijo a la chica?”

-Le dije lo que era necesario decir. Jeanette solamente fue un hecho aislado, es a Christine y Nadia de quien debemos estar pendientes. Por si las dudas refuerce la seguridad en el hospital durante unos días, y por favor vaya a su casa a dormir, parece que en cualquier momento de va a desplomar, amigo.

-En cuanto termine el papeleo dormiré, todavía quedan cosas que hacer. Pero dígame ¿Qué opina de lo que dijo la chica? Es una historia difícil de creer.

-Sin embargo pasó, ésto lo confirma.-Ya afuera de la clínica, levantó su puño agarrotado que aún sostenía el papel que ella había escrito. Entonces le pidió un cigarrillo, después de recibirlo intercambió la bola de papel por su encendedor e hizo una señal con la cabeza. -Léelo, pero no lo digas, y quémalo.

Confundido Stern desdobló el papel e hizo un esfuerzo por intentar leer la caligrafía cursiva de una chica con apenas pulso suficiente para escribir sin mirar, y entonces logró distinguir dos palabras que se le quedaron grabadas en su memoria, en medio de la hoja estaba escrito: “MAIJA SHAIR“, de momento no le encontró importancia pero siguió las indicaciones del hombre, y le prendió fuego al papel mientras lo echó a un bote público de aluminio donde al poco tiempo se consumió, entonces aceleró el paso para tratar de alcanzar a Marcovick que estaba por llegar al automóvil.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•agosto 24, 2014 • Dejar un comentario

XXXVII. Intriga y decepción.

   Con hoy, hacían ya dos días Marcovick se había quedado en el pueblo, aplicando presión a los medios y tratando de poner orden al caos moral y popular que recorría todo el valle. Se redactaron los obituarios de las víctimas del tiroteo y se les dio sepultura en el cementerio del norte, solo sus familias directas fueron, tanto era el terror de ese lugar que ni siquiera estaban seguros de querer enterrarlos ahí, pero no había otra alternativa, pues era el único cementerio con espacio disponible para tantos servicios al mismo tiempo. Durante el sepelio se hizo notar la ausencia de un párroco, el vicario que residía en la iglesia había muerto hace dos años y no se había realizado ninguna transferencia desde entonces, además, dados los incidentes misteriosos que ocurrieron hace poco, la iglesia estaba vacía, nadie se acercaba ni para asomarse por curiosidad, aún estando a un costado del panteón. Las palabras oficiales fueron dichas por el Superintendente en compañía del cuerpo policial evitando extender su tiempo y yendo al punto. Cuando todo terminó, las familias se fueron mientras que Marcovick, rezagado hizo notar al Capitán una presencia del otro lado de la cerca, en el patio trasero de la capililla; con arma en mano siguieron el rastro de esa extraña visita hasta que se toparon con un muro sólido y alto, sin indicios de que alguien hubiese pasado por ahí, así que dieron media vuelta y regresaron al camino. La iglesia era un lugar bastante desolador con amplios corredores y profundos ángulos oscuros que a la par de la roca fría, daba una sentimiento de olvido e intranquilidad; desde que fue abandonada nadie volvió a entrar ahí hasta que Stern junto a un equipo entró a investigar finalmente, pero sin resultados favorables. Ahora que ya ni mantenimiento recibía, daba una impresión peor. 

-¿Qué fue lo que vio Señor? ¿Había alguien ahí?

-Me pareció ver una persona a lo lejos, asomando la cabeza en aquella esquina, pero no encontramos a nadie…

-Es extraño, durante el funeral me dio la sensación de que alguien nos miraba desde adentro de la iglesia, obviamente no vi ni dije nada para evitar que cundiera el pánico en las personas, ya han recibido demasiada información terrible últimamente.

-Sí, también sentí lo mismo, pero no había nadie… y ahora con lo que acabo de ver no dudo que algo este pasando ahí dentro ¿Echamos un vistazo? Podría ser que Yelena se esté escondiendo ahí.

-Es una posibilidad, entremos.

   Aunque alguien se esforzó mucho por cerrarlo, el portón se encontraba forzado, con su cerradura violada aparentemente a hachazos, con un empujón se abrió gimiendo y levantando una capa de hojas secas que se habían acumulado extrañamente en su interior. Ya no había velas encendidas así que la única luz que había dentro era la de los ventanales y eso daba un aspecto terrorífico al lugar. Los dos caminaron unos pasos hasta encontrarse con unas latas vacías, alguien había estado alimentándose ahí, más adelante encontraron unas cortinas usadas como sábana y más latas. Un ruido se escuchó a la altura del altar, revelando una figura homógenea que estaba de pia detrás del retablo, en eso algo corrió detrás de ellos y apuntándolo con su pistola Marcovick gritó “¡Alto ahí!”, entonces esa persona se agachó de rodillas cubriéndose la cabeza.

-Por favor no me maten, prometo que no he robado nada de aquí solo he estado durmiendo, por favor…

-¿Quién eres tú y por qué estás aquí?- Preguntó nervioso el Capitán.

-Me llamo Heinrich Poppe, vivía con mi familia en la calle Winters, pero mi esposa me echó hace dos días. Por favor no le digan a nadie que estoy aquí, no me maten, solo busco refugio.

-¿Heinrich Poppe? ¿Tú trabajabas con Blažej Kostka en su viejo pub, no es así? Tuve varias quejas sobre tus impertinencias alcohólicas hasta que de pronto desapareciste, se creyó que alguien te había pegado un tiro. Así que te echaron ¿Eh? No me sorprende. Señor Marcovick, le pido una disculpa, al parecer era este pobre infeliz quien había estado viéndonos… ¿Señor? ¿Me escucha?- Marcovick mantenía su mirada de nuevo sobre el altar, tratando de buscar algo que había estado ahí, giró la cabeza y dio media vuelta a donde estaba el capitán.

-Dígame, señor Poppe. Sabe por qué la iglesia está abandonada ¿Cierto? 

-Sí, algo escuché sobre una vieja loca que dijo haber visto al diablo aquí adentro, o algo así. Pero yo no he visto nada, aunque ayer en la noche escuché el viento colándose por las ventanas de la cúpula, pareciera como si fueran suspiros o murmullos. Yo no creo en todas esas tonterías que han estado diciendo, no he visto nada, pero no me siento muy cómodo aquí, es como si alguien más estuviera aquí adentro, de hecho pasada esta noche pensaba irme de aquí.

-Deberías regresar a tu casa, cobarde, y revindicarte. No estás en el pueblo para holgazanear y desperdiciar tu vida ¿Sabes? Si no vuelves hoy con tu familia regresaré por tí y te meteré a prisión ¿Entendiste?

-Sí señor, entiendo. Después de todo, haber saltado por la ventana solo hizo que me lastimara el tobillo, además la comida se me está terminando, solo traje lo que pude cargar de la alacena en mis manos, regresaré la cortina y también…

-¿Ventana? ¿Entraste por la ventana?

-Sí señor, admito que fue muy siniestro pero de haber sabido que la puerta estaba abierta, no habría tenido que verme como un bandido.

-Entonces la puerta ya estaba abierta… interesante. Capitán, vayámonos de aquí, perdemos tiempo. 

-Si Señor, además hoy en la mañana recibí noticias de la chica sobreviviente del tiroteo, parece que ya despertó. Apuesto a que necesitamos hacerle una visita.

-Sin duda alguna, capitán, sin duda alguna.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•agosto 19, 2014 • Dejar un comentario

XXXVI. El extraño caso de la autocontemplación a través de los ojos de alguien más.

   Christine abrió los ojos con una pesadumbre equivalente a todas las horas de sueño involuntario que tuvo desde la noche anterior; estaba recostada sobre un diván extrañamente cómodo, con la cabeza puesta sobre un cojín tubular que la sostenía perfectamente mientras sus párpados intentaban acostumbrarse a ser usados de nuevo. No había mucha luz pero la poca que había era tan atrayente como para dirigir su borrosa mirada en esa dirección, sin embargo antes de poder identificar la fuente luminosa notó que frente a ella estaba sentada una figura inusualmente familiar; esa persona estaba sentada de una forma elegante y totalmente inmóvil, sí, era una persona muy delgada, con la espalda asombrosamente recta y la frente en alto pero con la mirada puesta sobre Christine, sus manos descansaban una sobre otra encima de su pierna izquierda. Detrás de ella se podía apreciar un viejo candelabro que, por la perspectiva simulaba que fuesen un par de alas de metal que se extendían detrás de sus hombros, sus rodillas estaban juntas al igual que sus tobillos con una ligera inclinación a la derecha, presentando toda su figura como una composición en espiral perfectamente proporcionada, como si fuese una pintura al óleo en un retrato aristócrata del siglo pasado. Al lograr reconocer en su totalidad a la persona que tenía enfrente, Christine trató de incorporarse pero se encontraba tan débil que en el primer intento le fue imposible, derribándose sobre su codo derecho y enterrándolo en sus costillas dejando escapar un gemido grave y corto, al segundo intento logró sentarse pero en una forma muy peculiar, con las piernas totalmente abiertas y la espalda curveada, dejando claro el contraste absoluto con relación a la otra persona. Sus pálidas piernas amarillentas brillaban al compás de su desfachatez inocente y despreocupada, la falda se le había arriscado hasta la mitad de sus muslos aunque sus calcetas sigueran atoradas por debajo de sus rodillas; tal espectáculo no produjo ningún malestar a Nadia, a pesar de su incorruptible postura y hermetismo, comprendía perfectamente que Christine seguía siendo una niña después de todo, y como una niña necesitaba protección, lo cual, precisamente es lo que preocupaba. Nadia siempre se había especializado en cuidarse a sí misma, nunca alguien había dependido de ella y por ende jamás le había ayudado a nadie, todo esto le era nuevo y genuinamente le llenaba de terror. Mientras una miraba a la otra, el ambiente comenzaba a atenuarse, la casa carecía totalmente de electricidad, y puesto a que todo se iluminaba por medio de velas el claroscuro que caracterizaba la morada era espeluznante. Afortunadamente la mañana comenzaba a asomarse en el horizonte y lentamente el uso de las velas iba perdiendo importancua hasta que los primeros rayos de luz cálida golpearon los ventanales que aún dormían detrás del diván, incluso con sus pesadas y gruesas cortinas los enclenques haces se las ingeniaban para colarse. Nadia finalmente hizo el primer movimiento, bajó sus manos a los lados del sillón y se impulsó hasta ponerse de pie, sin decir nada caminó hasta la ventana y tomó la cortina con sus delgados y largos dedos para deslizarla cuidadosamente dejando pasar todo el esplendor. La luz era violenta y provocó que cerrara sus ojos agachando la cabeza, enseguida se dio media vuelta y caminó de nuevo a la sala donde descansaban dos tazas de té, una vacía y la otra llena. Tomó la taza llena y la acercó a Christine, colocándola sobre la mesita que estaba entre las dos.

   -Te quedarás aquí un tiempo. A consideración del superintendente Marcovick, y bajo la supervisión del capitán Stern, se me ha concedido tu tutela temporal hasta nuevo aviso. Conoces las reglas de la casa, no subir al ático, no entrar al claustro y por ende, no entrar a mis aposentos. Tu habitación será la de huéspedes, tendrás tu propio baño y ropero, donde encontrarás algunas prendas ahí si necesitas. Espero que no tengas problemas en alimentarte con vegetales y té, porque es lo único que hay. Te recuerdo que es preferible que no salgas de noche, principalmente al jardín. Puedes usar la biblioteca, el cuarto de música y el Solarium pero no podrás salir al pueblo porque no es seguro. Por todo lo demás, te doy la bienvenida.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•agosto 4, 2014 • Dejar un comentario

XXXV. Estremeciendo el corazón de la sinceridad.

   Marcovick se inclinó para colocar a Christine en un sillón viejo con un estampado de terciopelo púrpura, la madera parecía tallada a mano con un diseño barroco floral, probablemente de origen francés por su elegancia y refinamiento aristocrático. La sala estaba repleta de objetos viejos, algunos muy raros y exóticos que probablemente era mejor no especular sobre su origen, retratos de la familia en la cómoda, pinturas en la pared de personas que en algún momento estuvieron vivas. El lugar olía a polvo y madera apolillada con un curioso buque a libro viejo que, acentuado por el curioso aroma que expedía Nadia era sin duda un carrusel de sensaciones ilícitas e intrigantes. Lucius, particularmente procuraba captar todo a su alrededor, principalmente por curiosidad ya que nunca había visto tantas reliquias raras en un solo lugar; cuando Marcovick se sentó frente a Nadia comenzaron a platicar sobre temas extraños que ni Lucius ni el Capitán comprendían pero igual preferían poner atención.

-…es peligroso dejarla sola, espero que entiendas que es mejor mantenerla aquí. Aunque represente un riesgo mayor. No he podido hablar con su madre, las comunicaciones están reducidas incluso para La Asamblea, mientras la guerra perdure, será difícil hacer contacto con el exterior, particularmente con Inglaterra.

-Podrá quedarse indefinidamente si eso es lo que necesitas. Veré la manera de que esté cómoda aquí, pero no me responsabilizo de sus actos, si quiere irse, se irá.

-De preferencia te pediría que no se lo permitieras. Trata de convencerla de quedarse por voluntad propia, no quisiera tener que encerrarla como hemos hecho contigo…

-Vaya que tiene valor para resaltar esa clase de analogías. Aceptaré mantener aquí a la chica, estará a salvo pero dígame, esto tiene algo que ver con los Seis, han vuelto a aparecer ¿no? He sentido su presencia desde hace algunos meses, no obstante, parece que todavía no se han reunido todos.

-Me disculpo por mi grosería, pensé en voz alta. Por otro lado, francamente espero que no sea así, parte de mí se niega a aceptarlo pero parece que tienes razón; hemos estado investigando a través del cuartel de policía todos los reportes de situaciones extrañas en el pueblo y eso me levanta muchas sospechas, aquí el Capitán no me dejará mentir ya que es él mismo quien ha redactado la mayor aparte de las actas. ¿Capitán, podría venir un momento?- Stern enderezó la espalda cuando escuchó que lo llamaban, se levantó pesadamente y caminó hacia el otro lado de la habitación donde estaban Nadia y Marcovick. Lucius se quedó sentado atrás sosteniendo la mano de Christine mientras miraba con desdén lo que estaba ocurriendo, y de alguna forma tratar de comprender todo lo que hablaban.

-Capitán, ¿Podría contarnos acerca de los casos más extraños que han reportado últimamente? Me refiero a los clasificados como Inexplicables, según el archivo.

-...bien, pues, además del accidente del tiroteo de hoy por la mañana he estado recopilando actas y archivos sobre lo que yo llamo casos inexplicables, como usted menciona; en estos expedientes se habla de fenómenos inusuales que han pasado en el pueblo los últimos meses, hablo de apariciones misteriosas, luces extrañas en el cielo, ruidos inquietantes en la noche, cosas así…

-Sobre las apariciones misteriosas ¿qué podría decirnos al respecto?- Marcovick era sin duda muy inquisitivo a pesar de la notoria incomodidad del Capitán para hablar sobre el tema. Stern dio un suspiro y se quedó pensando unos segundos, hasta que sintió la presencia de Lucius detrás de él, estaba parado con las manos en los bolsillos y con una expresión casi siniestra, aunque claramente interesado a pesar de lucir un poco escéptico.

-Los primeros casos fueron acerca de aves misteriosas, eran vistas en el cielo por las noches e incluso dicen que llegaron a atacar a algunas personas, aunque nunca me tocó ver una víctima a decir verdad. Otros casos fueron los de un tipo raro asechando en los bosques, principalmente en las afueras del coto de caza, la parte más alejada del pueblo dentro de la misma localidad, las descripciones aunque variadas coincidían en que se trataba de un viejo, probablemente ermitaño viviendo en alguna cueva al pie de las montañas, nunca lo confirmamos. Otro reporte, el que más me ha preocupado es sobre la vieja iglesia que está junto al cementerio, dicen que dentro se aparece una sombra o un ente que no habla pero que se escucha respirar y que se queda “mirando” fijamente a quien entre ahí, el primer caso sobre eso fue de la señora Kovaltchkova, quien lamentablemente murió de un arresto cardíaco un día después de haber reportado la aparición del ente.- 

   Antes que Marcovick pudiera continuar con sus preguntas Lucius intervino dando su propio veredicto acerca de las apariciones misteriosas, resaltando la “visión” que tuvieron él y Christine sobre Nadia en el pueblo… además de confirmar la otra “cosa” que vieron, atrayendo la atención de Marcovick que se contuvo de sermonear a Lucius por su interrupción, pidiéndole explicar a qué se refería, cuando le dio su descripción de lo que vieron, Marcovick se dejó caer sobre el asiento en un gesto de derrota, con la mirada preocupada y un tono de voz débil y perturbado:

-No hay duda, definitivamente son ellos; esas aves gigantes no son aves, esa criatura que describes Lucius, es la responsable de esas apariciones, pero solo es una, y por desgracia la peor. Capitán, el anciano extraño del bosque tampoco es una alucinación, al igual que la sombra de la iglesia… y dado lo que sucedió hoy en la Universidad, es posible que esa tal Yelena Balanescu no sea más que una de ellos.

-¿Ellos? ¿A qué se refiere con “ellos”? ¿De qué habla?- Lucius se acercó aún más hasta encontrarse cara a cara con Marcovick, quien al verse acorralado por la mirada del muchacho y del Capitán no tuvo más remedio que sincerarse, miró a Nadia unos segundos y notó que hizo un gesto con la cabeza, claramente dándole permiso para hablar.

-(…) hablo sobre los “intrusos” hijo… y son seis en total. Parece que cuatro ya están aquí, faltan dos más, y cuando eso suceda muchacho, las cosas en este pueblo de verdad se van a poner feas.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•julio 26, 2014 • Dejar un comentario

XXXIV. El camino sobre tierra sagrada.

   Para el momento en que Nadia abrió la horrible cerradura de la reja, un extraño viento corrió desde el otro lado de la casa hacia afuera, como si algo quisiera escapar de ahí pero sin tener el valor suficiente como para poder cruzar el portal de pesada herrería que gemía por la edad mientras se movía apenas un metro hacia adentro. Entonces volvió a cerrar, y un segundo después abrió de nuevo. Lucius perdió el control de su propio peso y cayó con una rodilla en el suelo sin soltar a Christine de sus brazos, perjudicándose más la espalda además del extraño cansancio que le invadió hace unos momentos, no tuvo más remedio que aceptar orgullosamente la ayuda de Marcovick quien se ofreció para cargar a la muchacha, mientras el capitán se acomodaba el sombrero y saludaba cordialmente a Nadia, dando las buenas noches y actualizando el motivo de su visita, la cual, aparentemente ella ya había antelado, sin embargo no contemplaba más de dos personas.

-¿Quién es él?

-Nadia, este muchacho es Lucius VanFleet.- Contestó Marcovick mientras cruzaba la reja.

-…VanFleet ¿Es esto una broma de mal gusto, superintendente?

-¿Broma? Discúlpeme señorita, pero yo estoy aquí por Christine.- Lucius notablemente estaba molesto, y mientras se incorporaba su tono de voz fue elevándose, Stern la hizo una seña para que calmara su temperamento, mientras Nadia cerraba lentamente la reja.

-Solo esperaba a dos personas y ya entraron. Esperen afuera.- El capitán y Lucius se quedaron congelados mirando a Nadia. Marcovick intervino delicadamente, con un tono de voz inusualmente respetuoso, aún para él.

-Ellos dos vienen con nosotros Nadia, déjalos entrar.

-No tengo autorización para dejar entrar a estas personas.

-Yo lo autorizo.

-¿Asume la responsabilidad de dejarlos entrar?

-¡Sí Nadia!  (…) asumo la responsabilidad. Ahora abre la reja por favor.- Marcovick le sostuvo la mirada unos segundos hasta que no pudo hacer más y la desvió, Nadia siguió viéndolo un momento más, cerró los ojos, suspiró, giró mecánicamente y volvió a abrir la reja.

-Adelante.

   El capitán agreadeció y dio el primer paso haciendo una reverencia al cruzar la reja mientras que Lucius, más molesto y confundido que nunca solo pensaba “¿Autorizar? ¿Responsabilizarse?” Sabía que Engelberg era excéntrica pero esto definitivamente le sacaba de sus casillas. De pronto sintió la pesada mirada de Nadia y reaccionó espabilándose, por primera vez notó el verdadero color de sus ojos y se sintió intimidado, eso, además de su tono de voz tan tenue y monótono solo hacía que le recorriera un escalofrío en la espalda mientras pasaba junto a ella. La reja se cerró detrás suyo con un crujido sordo como si fueran costillas quebrándose con un martillo. Cerró y abrió de nuevo, entonces volvió a cerrar con la pesada llave, se dio unos segundos para pensar y dio media vuelta, todos su movimientos parecían perfectamente estudiados, como si hubiese ensayado antes y por momentos hasta parecía llevar la cuenta de algo. Mientras caminaban (en silencio obviamente) Lucius notaba que el extraño viento se había detenido, ya no sentía esa sensación de que algo caminaba detrás de él, pero no estaba tranquilo, los malestares físicos aún estaban presentes, entonces se percató que el capitán también se encontraba alterado, casi caminando de manera automática. Al ir avanzando, Lucius se alcanzó a percatar que Nadia no pisaba las uniones del camino, evitando también grietas y secciones de pasto (seco) que en algún momento creció en las hendiduras. Había nevado hace dos noches pero la casa se veía normal, sin rastro alguno de nieve, era extraño porque ni el camino ni el ambiente eran particularmente cálidos. Los árboles daban miedo. Poco a poco se acercaban más al portón de la imponente casa, aún por fuera se apreciaba el titánico volúmen de la mansión pero de cerca era simplemente ridículo ya que no era más grande que la Universidad, salvo que esta ultima no producía ese efecto gótico de incertidumbre y vacío, lo cual solo provocaba que de manera inconsciente pareciera ser masiva. Cuando llegaron al portón, Nadia volvió a hacer el mismo ritual con las llaves y una vez más pidió autorización para dejar pasar a todos, crispando los nervios de Lucius quien prefirió pensar en su hermana.

-A partir de aquí seguirán mis indicaciones: no hablarán sin ser requerido, no deambularán por la casa sin permiso y no tocarán nada… ah sí, por su propia seguridad, procuren no decir sus nombres.- (“¡¿Qué rayos significaba eso?!) Lucius prefirió ahorrarse el coraje, esperando que todo terminara lo más rápido posible, incluso lamentándose de haber llegado tan lejos, si bien todo lo hacía por Christine, otro porcentaje de él lo había guiando empíricamente por curiosidad, pero no pudo contenerse: -¿Entonces cómo debemos llamarnos? ¿Muebles? Por algo tengo nombre…-

-Guarda silencio. En estos momentos estás entrando en la casa Engelberg, donde es sabio acatar las indicaciones de Nadia. Ten más respeto.

-Esto es absurdo.

   El enorme portón se abrió pesadamente. Nadia cruzó primero seguida por Marcovick, después el capitán y al final Lucius, quien primero volteó a sus espaldas: a lo lejos pareciera que había alguien de pie frente a la reja principal pero estaba tan lejos como para cerciorarse mejor. Recibió una indicación de Stern para que pasara y avanzó un poco, se detuvo en el último peldaño y volvió la mirada hacia atrás pero no había nada, entonces entró rápidamente.

~Katzenberg.

Mein Engel über den Himmel ~ IV. “La Cacería”. (cont.)

•julio 20, 2014 • Dejar un comentario

XXXIII. Canción de mil soledades y un recuerdo.

   El camino era silencioso, nadie hablaba y el ambiente se encontraba sumergido en una profunda catalepsia verbal; ocasionalmente los baches del camino hacían saltar el carro provocando que Stern maldiciera intencionalmente para romper el silencio. Mientras Christine seguía inconsciente Lucius pensaba para sí mismo: “Sólo Dios sabe por lo que está pasando esta pobre criatura” una y otra vez, la tenía entre sus brazos y por momentos la miraba para percatarse de su estado.

-Darla va a matarme, debe estar muy preocupada.

-¿Prefieres bajarte? Todavía hay tiempo para retroceder.- Dijo Marcovick con una voz tenue y casi impaciente.

-No. Christine necesita de mi ayuda además…- Antes de terminar fue interrumpido por Stern respondiéndole: “Estará bien con nosotros“, pero esas palabras no provocaron reacción alguna en Lucius, quien después de una pausa continuó. -…además, tengo curiosidad sobre todo esto ¿Qué tiene de importante la casa Engelberg? ¿Por qué de pronto es “el lugar más seguro”? Ya he estado ahí y no me parece especial, solo es tétrica y solitaria, precisamente como la persona que vive ahí.- Por un momento Stern miró con el rabillo del ojo a Marcovick después que Lucius dijera eso.

-Nadia, su nombre es Nadia, Lucius. Esa casa es fue erguida casi un siglo antes de la fundación del pueblo, debiste verlo en la escuela. La casa misma está protegida por la Asamblea, nadie entra o sale de ahí sin nuestro consentimiento.- De nuevo palabras al aire, Lucius cada vez se enfadaba más, solo quería ayudar a Christine y olvidarlo todo, tantos secretos y mentiras no le daban suficiente interés como para seguir discutiendo contra un muro, sin embargo, su naturaleza inquisitiva le prohibía quitar el dedo del renglón por el momento.

-…pues en la escuela no me enseñaron nada acerca de su Asamblea o el poder que ejercen sobre todo el pueblo.- De nuevo, el silencio volvió a dominar el ambiente. Stern no quitaba la mirada del camino, más allá de la débil luz de los faros no se podía ver casi nada; el camino era rocoso y con demasiada yerba creciendo en señal de no haber sido utilizado en mucho tiempo. A lo lejos y mucho más arriba las luces del pueblo comenzaban a disiparse y una extraña luz cubría el terreno poco a poco. De un momento a otro un par de llamas se vieron encender a lo lejos: eran dos faros que dirigían el camino hacia la casa Engelberg que se asomaba más allá de una vuelta.

   La subida a la Colina de los Vientos era como un remolino, mareaba a quien quisiera acercarse y eso lo sabía Lucius (la primera vez que fue a jugar ahí de niño recuerda haber padecido mareos, incluso unos de sus amigos llevó a vomitar al cabo de un rato. Todos cayeron fatigados antes de llegar a la cima donde originalmente era su reto. Las siguientes ocasiones fueron subiendo más hasta que finalmente encontraron la casa pero fueron ahuyentados por la servidumbre, desde entonces se mantenían al margen), todo era igual, el camino horrible, los árboles tenebrosos y esa sensación extraña de vacío en el estómago y un leve dolor de cabeza. Stern también sintió lo mismo y de pronto se le vino a la mente aquella vez cuando encontraron el cadáver, las personas así como él mismo sintieron ese efecto, sin embargo por la emoción y la sorpresa tales síntomas fueron omitidos momentáneamente; al siguiente día las dos clínicas del pueblo reportaron casos generalizados de malestar estomacal e incluso sangrado nasal, al cabo de un par de días todos los pesares desaparecieron.

   Lucius notó que se acercaban a la casa, y que tanto él como Stern se mostraban afectados de la misma manera, el capitán incluso llegó a perder el control del volante por unos segundos. Marcovick parecía estar bien, no presentaba ninguna señal extraña, mientras que Christine gemía por momentos, como si estuviera soñando. La velocidad fue atenuando hasta que el carro se detuvo por completo.

-El camino ya no es transitable a partir de aquí, tendremos que continuar a pie, ya estamos cerca.

-De acuerdo, bajemos. ¿Lucius, necesitas ayuda con la chica?

-Por supuesto que no, gracias. Yo puedo llevarla.- Lentamente deslizó sus brazos por encima de Christine y abrió la puerta, puso los pies en el suelo y estiró su espalda, miró al capitán que se mostraba aún más cansado, forzando los ojos y deteniéndose en el cofre de su automóvil. “El aire es muy pesado aquí arriba, es curioso, debería ser al revés“. Lucius se agachó y gentilmente tomó a Christine por sus hombros y la acercó a la puerta, pasó un brazo por debajo de sus piernas y el otro en su espalda logrando levantarla fácilmente (su pequeña estatura y complexión eran realmente útiles en este momento), su espalda volvió a su posición normal y por la presión sintió un dolor lumbar que lentamente fue desapareciendo. Marcovick ya estaba caminando y llevaba algo de ventaja. Cuando Lucius pasó cerca del capitán los dos continuaron juntos. “¿Ella está bien, chico?” ~ “…sí, nada más está durmiendo.”

   Mientras caminaban, los dos tenían una sensación extraña, como si alguien o algo fuera siguéndolos. Naturalmente sus ojos no captaban nada cuando volteaban instintivamente. Después de un par de minutos se perdía totalmente cualquier rastro de luz artificial, solamente los dos faros rojos de la casa iban acercándose más y más. Lucius no podía creer que hubiese algo como esto en la tierra; la casa era brillante y marrón, como una mancha en el cielo rodeada de árboles negros. El viento golpeaba las ramas produciendo un sonido parecido al de la lluvia. Una melodía solitaria y triste. Miles de hojas cantaban al ritmo del viento. Christine, aún en sueños, soltaba lágrimas de sus ojos, tal vez, dentro de su propia conciencia alterada sentía el llanto y la sinfonía de los árboles. Lucius tenía la impresión de haber llegado a otro mundo, era tal y como lo recordaba, aunque hubiese estado ahí hace un mes. De pronto, vio pasar en su mente toda su niñez y todas las cosas extrañas que vieron él y sus amigos ahí. El capitán hablaba algo sobre su hermano que vivía en Köln, platicaba asuntos personales que tal vez nunca se hubiesen escuchado de él, tal vez también hubiese tenido el mismo tipo de regresión.

   Cuando tocaron la luz de los faros, Lucius trastabillaba débilmente pero intentaba demostrar su fortaleza ante Marcovick, quien ya los estaba esperando ahí; debajo de la luz formaba una silueta casi siniestra de la que solo destacaba el cigarrillo que se consumía con velocidad. Era un hombre corpulento, alto e imponente, con el cabello rubio y facciones fuertes, un mentón prominente y una nariz afilada que solo resaltaba el azul profundo de sus ojos. Sin duda verlo en una situación como esta y sin conocerlo debería ser realmente intimidante. En el momento en que llegaron a donde estaba él, su cigarrillo ya se había consumido. Actualizaron sus estados y de pronto se hizo un silencio, los tres voltearon a su derecha y se encontraron con la mirada de Nadia Engelberg que esperaba del otro lado de la reja principal con una mano descansando sobre el cerrojo mientras que en la otra sostenía un llavero con llaves exageradamente grandes y viejas.

-Los estaba esperando, acérquense.- Su voz era profunda y tenue, casi inhumana. Lucius se sintió sobrecogido al confirmar visualmente que era ella a quien había visto aquella noche junto con Christine hace dos meses. Un sentimiento de soledad invadió los corazones de los tres hombres que obedientemente se acercaban a la reja.

~Katzenberg.

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 336 seguidores